Consideraciones para una crítica de lo narco en la cultura y el arte latinoamericano

Corina Carranza

Para nadie es desconocido que en los últimos años la cuestión del narcotráfico, desde las páginas policiales, pasando por las de espectáculo, hasta llegar a la sección cultural de diarios y televisión se ha infiltrado en la discusión pública. Así, hemos terminamos por familiarizarnos con las historias de los grandes capos ahora convertidos en íconos de nuestra cultura latinoamericana, la misma que encandila y horroriza al mundo. Las editoriales pronto notaron la oportunidad de renovar sus catálogos dando respaldo a nuevas propuestas cuyo eje central radica en la violencia derivada del narcotráfico. Por supuesto, esta situación no es exclusiva del mercado editorial, el boom que significó la repercusión de la serie Narcos (2015) a nivel mundial reafirma que la “narcoviolencia” es consumida y disfrutada por muchos, tanto así que en el último tiempo estas producciones han ido tomando expresiones cada vez más locales, adaptándose a cada territorio en el que se desenvuelven. 

Sería ridículo pretender que la representación del mundo del hampa, y en especial del narcotráfico, es algo novedoso. El mundo delictual goza de larga tradición entre las letras: la literatura, como el arte en general, nunca ha pedido antecedentes a nadie para permitir ser parte de ella. Lo que sí es un fenómeno relativamente nuevo es el estudio académico enfocado sobre este tema, y en los últimos años enfocado sobre todo al tema del narcotráfico. Con esto ha comenzado la proliferación de conceptos tales como “narcoficción”, “narcoviolencia” y “narcocultura”, los cuales terminan por son utilizados para cobijar producciones e interpretaciones que sólo perpetúan la visión simplista, e incluso caricaturesca, del problema del narcotráfico en América Latina. 

Entonces, podemos preguntar ¿qué es una narconovela o una narcoficción? Estos conceptos intentan ser definidos en la recopilación de estudios llevada a cabo por Brigitte Adriaensen y Marco Kun titulada Narcoficciones en México y Colombia (2016), la cual resulta ser la fuente más citada para los estudios sobre “narcocultura”. La definición que da aquel libro sobre el concepto de “narcoficción” es la siguiente: “Con este término designamos aquellas ficciones que versan sobre el narcotráfico, incluyendo cine, telenovelas, música o literatura”. Bajo esta definición, Brigitte Adriaensen identifica la novela Arrecife (2012) del escritor mexicano Juan Villoro como una “narcoficción”, no solo pasando por alto algo tan básico como el argumento de la obra, sino que también ignora las negativas expresas por parte de Villoro a que su novela sea leída como parte de un corpus sobre “narcoliteratura”. Y es que la propuesta de Villoro intenta abrir las puertas a una discusión mucho más amplia sobre un tema igual de preocupante para nuestros países tercermundistas, y este es la cuestión del turismo, y la depredación ecológica que esta industria representa. Y cabe mencionar que la distancia establecida por Villoro entre su novela y el narcotráfico no se debe a un desconocimiento del tema por parte del escritor, puesto que él mismo ha abordado la reflexión sobre las repercusiones del narcotráfico en la sociedad mexicana en su famoso ensayo La alfombra roja (2009), el cual se vuelve de lectura indispensable para ahondar en el vínculo arte-narcotráfico.

En este punto, es posible cuestionarse sobre cuál es la utilidad de los conceptos narcoficción, narcoviolencia y narcocultura para la producción artística. Mientras la idea de narcoficción siga coaptada por la mitologización del mundo del narcotráfico, muy difícilmente se podrá conseguir de ella una representación coherente con la expresión real de lo narco, de manera que este concepto terminará por volverse un lastre para el estudio del arte, y en especial, para la literatura latinoamericana. Así, las lecturas que se han dado sobre la novela de Roberto Bolaño 2666 (2004) bajo la pretensión de calificarla como una narcoficción, terminan por aproximar de forma peligrosa el trabajo del escritor a una simple parodia de lo narco: personajes arquetípicos que expresan ostentosa y descontroladamente violencia, la cual es llevada a cabo por sujetos marginales sobre cuerpos marginales, quedando todo aquello dentro de los límites de algún infierno terrestre. 

La representación del mal absoluto encarnado en el narco borra gran parte de los vínculos que en realidad le confieren su impunidad, y estos son de tipo político. El entramado de complicidades que se alberga al interior de las diferentes instituciones dependientes del Estado, el financiamiento proveniente del narcotráfico que le permite a los partidos políticos seguir simulando una democracia, obligadamente debe pasar a un segundo plano, pues, dentro de las narcoficciones la atención siempre estará dirigida a la violencia: a la sobreinterpretación del crimen. Un caso similar sucede con la novela del escritor colombiano Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios (1994) que ha sido interpretada hasta el cansancio como una narcoficción, la cual inaugura el género de la “sicaresca”, un híbrido entre la picaresca y los sicarios propios del crimen organizado. Los análisis que envuelven a la novela de Vallejo parecen recaer una y otra vez en torno a la violencia del narcotráfico, dejando en un segundo plano la crítica a la sociedad igual o más corrompida moralmente que los mismos sicarios que desfilan a lo largo de la novela matando por placer..  

Y es que la idea de “narcoviolencia” funciona como un arma de doble filo, por un lado, encaja perfectamente con una serie de narrativas que buscan hacer de ella el tema principal de sus historias, pero esto a cambio de levantar enemigos ideales a los cuales culpar fácilmente de la violencia desatada. Al conferir la responsabilidad del caos en el cual se encuentra gran parte de América Latina a ciertos grupos de narcotráfico, a ciertos cárteles, y representar en ellos los enemigos de nuestras sociedades, terminamos por poner en una posición de marginalidad algo que crece bajo la supervisión y complicidad del Estado. Presentar de esta forma la violencia termina por despolitizar el problema, tal como lo menciona Oswaldo Zavala en Los cárteles no existen: Narcotráfico y cultura en México (2018), se genera así una pantalla perfecta para ocultar la violencia proveniente del Estado, la cual gracias al discurso de la narcoviolencia puede operar de manera impune, ya que supuestamente, él se está encargando de erradicar el mal que envenena nuestras sociedades. Finalmente, la narcocultura procede bajo el mismo parámetro: lo que en un punto pudo entenderse como contracultura que buscaba tensar los límites estéticos hegemónicos, que planteaba un rescate de la música popular tradicional (esto es el caso de los corridos mexicanos) o del imaginario religioso de las clases más precarizadas de la sociedad, ha derivado en un discurso altamente espectacular y, por ende, vacío. La despolitización de la narcocultura sucede allí donde narradores, directores o músicos nos ofrecen una visión aparentemente absoluta del narco, ambientándola con discursos maniqueos que les confieren el rol de perpetradores de la violencia. Esta exposición obsesiva seguirá impidiendo que nos aproximemos correctamente a los matices, a lo que se oculta en las sombras, y que sujeta todos estos hilos impunemente.

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