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El infinito insoportable : genio y locura en Schachnovelle de Stefan Zweig

Ambos lados, genialidad y locura, se enfrentan en una partida de ajedrez que intenta contestar la pregunta de toda la poética del idealismo alemán, ¿de qué modo el ser humano puede experimentar sensiblemente el infinito?

Feyie Ferrán.

Para la literatura nacida en el romanticismo alemán, el genio y la locura son tópicos centrales en la construcción de la relación entre el ser humano y la posibilidad de lo divino. Un estudioso sobre este tema será Stefan Zweig, quien manifestará su interés por la genialidad en sus libros La lucha contra el demonio y su autobiografía El mundo de ayer. En este breve artículo, nos encargaremos de indagar sobre esta idea en su última novela Schachnovelle (Novela de ajedrez), la que nos servirá para trazar, por un lado, la relación que existe entre el genio y la locura y, por el otro, para explorar cómo ambas estarán caracterizadas por su encuentro con un infinito poético

En 1941, el escritor Stefan Zweig publica en Buenos Aires Schachnovelle (novela de ajedrez), su último trabajo antes de su posterior suicidio junto a su esposa Lotte Altmann exiliados en Brasil. Para muchos críticos y entendidos, esta novela será la obra narrativa cúlmine del autor, en donde se verán sintetizados sus estudios filológicos y su elaborada psicología humanista. El argumento del libro es de una sencillez brillante, durante un viaje en barco, un grupo de aficionados al ajedrez presenciarán una partida entre Czentovic, el campeón mundial de la disciplina, y el Dr. B., un ex prisionero de la Gestapo. El relato contrapone a estos dos hombres como si se tratara de un enfrentamiento entre dos grandes filosofías, por un lado, Czentovic es el genio indiscutido del ajedrez, siendo además completamente inútil en cualquier otra área de la vida y, por el otro, el Dr. B. que padece una locura monomaníatica al estar aislado demasiado tiempo en una cárcel Nazi. 

Para comprender la importancia de esta partida de ajedrez, es preciso que retomemos las palabras que le dedica Zweig a esta disciplina, quizás las palabras más bellas escritas alguna vez sobre la universalidad del ajedrez: 

Cualquier niño puede aprender sus primeras reglas, cualquier chapucero puede ensayarse en él, y, sin embargo, llega a producir, dentro de ese cuadrado de invariable estrechez, una especie peculiar de maestros que no tienen comparación con los de ninguna otra, hombres con un talento exclusivo para el ajedrez, genios específicos, en quienes la visión, la paciencia y la técnica obra en una conjunción de igual modo determinada que en los matemáticos, escritores y músicos, aunque, eso sí, con distinta función y armonía (Zweig, pág. 14)  

En el asombro completo de Zweig, su reflexión señala el genio de un “juego” sencillo y dócil, que tiene como finalidad última la producción de dos conciencias contrapuestas, genios específicos que le encuentran un sentido a la realidad en el reducido espacio de los 64 recuadros del tablero. Con esto, la importancia del ajedrez, no se reduce a la aparición de una conciencia toda reflexiva y predictiva, sino que se basa en la posibilidad de encontrar lo infinito en lo finito. Es así como el genio del ajedrez experimenta para sí un infinito matemático que se encuentra en el centro de cada partida. Cuando dos conciencias se enfrentan, los esfuerzos se concentran en comprender la íntima estrategia del otro, dar cuenta de sus intenciones, su metodología, hasta poder predecir la estrategia que el rival mentó. Pero esto no es, en la práctica, tan sencillo, ya que en cada partida inicial hay 400 movimientos posibles, luego del segundo turno la cifra aumenta a 197.742 posibilidades y ya para el tercer turno la cantidad de combinaciones se calcula en 121 millones, lo que no deja de ascender a cada movimiento del rival hacia el infinito. No obstante, el jugador no tiene la obligación de ser consciente de cada posibilidad, bastará con saber leer al rival y su particular presente. Ahora bien, la pregunta aquí queda sugerida: ¿qué sucedería si alguien quisiera comprender la totalidad combinatoria del ajedrez?

Nuestro primer personaje, Czentovic, es el campeón mundial de la disciplina y, a diferencia de cualquier otro “genio” conocido, este carecía de cualquier cualidad digna de admiración además de su indiscutible talento para el ajedrez. Su maestría en el tablero es inversamente proporcional a cualquier otra arista de la vida humana, siendo incluso incapaz de escribir su nombre sin una falta de ortografía. A este sujeto, arisco y reservado, le era ajeno cualquier habilidad imaginativa y productiva: “carecía en absoluto de la facultad de proyectar el tablero de ajedrez sobre el campo ilimitado de la fantasía” (Zweig, pág. 8). Su figura nos presenta al genio mecánico que, con completo entendimiento de una disciplina, de él no nace nada nuevo, nada profundamente creativo, su genio es su capacidad de leer el tablero de forma particular y ateniéndose al momento presente. Nada lo distrae ni turba en su proceso de lectura y esa cualidad lo convertiría en imbatible. La diferencia con el genio romántico es evidente, el genio de Czentovic no se define como “la potenciación máxima de cualquier facultad del espíritu” (D’Angelo, pág. 147), sino como una “potencia impersonal que lo impulsa” (Agamben, pág. 12). Esto quiere decir, que Czentovic practica el ajedrez no como voluntad propia, sino como una acción completamente despersonalizada y desinteresada, es, en otros términos, el portador del genio. Lo que nos obliga a plantearnos la idea de genio de otra manera, debido a que Czentovic no solo posee la habilidad, el talento, de un genio específico, sino también su personalidad, lo que en el tablero de ajedrez se expresará como el completo dominio de sí al enfrentarse al otro, porque este infinito no se le presenta como tal, el tablero sería finito porque del otro lado hay un sujeto finito jugando. La victoria de Czentovic, en última instancia, es la completa conservación de su genio íntimo e involuntario. 

Del otro extremo, el Dr. B. se nos presenta como un personaje misterioso que nos cuenta cómo fue prisionero de la Gestapo en Austria, con la intención de dar una explicación a su indiscutible destreza en el ajedrez, nos cuenta que en largos meses de doloroso encierro este juego fue su única vía de escape. A diferencia de los campos de concentración, la Gestapo destinaba a ciertos personajes a un aislamiento total con el fin de obtener algo de ellos (información, fortunas, contactos, etc.), el Dr. B. aislado en una habitación que el la define como “la nada” pasa meses sin tener ningún estímulo externo. Esto es así hasta un día en que logra conseguir un libro que, para desgracia de él, no sería Shakespeare, sino un compendio de las mejores partidas de ajedrez de la historia. Un libro codificado y, a primera vista, imposible de leer. De ahí, con el pasar de los meses no solo jugó las 150 partidas mentalmente, sino que terminó hastiado de ellas e impulsado a jugar al ajedrez contra sí mismo. Este envenenamiento ajedrecístico lo llevaría a su particular manía, provocándole cuadros de fiebre excesivas cuando jugaba una sola partida. La pregunta que se nos presenta es, ¿cómo es que opera esta manía en el Dr. B. y en qué se basa? Para Aristóteles en el Problema XXX existe una diferencia entre ek-stasis (953a 17) como “salida de uno mismo” y Manía (954a 32), traducida como “obsesión”. Es curioso ver como ambos momentos se presentan en la locura del Dr. B., ya que no solo estaba en un cuadro mono-obsesivo, sino que para jugar el debía salirse de sí y posicionarse del otro lado. Esta locura era producto de la imaginación radicalizada del Dr. B., en donde su potencia creativa no se limitaba al genio presente en Czentovic, más bien acudía a la profundidad teórica que ya advertimos del ajedrez. Para el Dr. B. el infinito teórico del ajedrez no era algo ajeno, sino que era la manera en la que jugaba cada partida contra sí. En una reflexión que hace el narrador de la obra, se nos dice: “todas las especies de monomaniacos, enclaustrados en una sola idea, me han interesado desde un principio, pues cuanto más se limita un individuo, tanto más cerca se halla, por otra parte, del infinito” (Zweig, pág. 12). Esta idea que impulsa toda la novela, es la advertencia de un tipo de genialidad solo posible por la locura, pues, es la experimentación del infinito matemático oculto en un tablero de ajedrez. ¿Se imaginan analizar cada probabilidad hasta el infinito en todo momento? La tarea no solo resulta imposible, sino que parece ser una práctica destinada a la tragedia. Cada vez que Dr. B. jugaba una partida, en realidad su mente abierta al “abismo infinito” (Zweig, pág. 67) jugaba cada partida posible, haciendo que la materialidad del tablero fuera un obstáculo en su labor creativa. Es Schelling en su filosofía del arte quien considera que el genio es aquel que posee el acceso desde lo particular a lo infinito, pero en esta ocasión este es presentado por la figuración de la locura

Ya expuestos ambos lados, genialidad y locura se enfrentan en una partida de ajedrez que intenta contestar a la pregunta de toda la poética del idealismo alemán (del cual Zweig no era ajeno), ¿de qué modo el ser humano puede experimentar sensible e inteligiblemente el infinito? La intención de nuestro artículo no ha sido generar conclusiones al respecto, pareciera ser que el acceso a lo infinito por parte del Dr. B. se hace insoportable, algo que destruiría cualquier consciencia y que terminaría por hacer intraducible todo lo que venga del reino de lo infinito a un lenguaje presumiblemente de lo finito. Así, sabia es la distinción de Platón en el Fedón al señalar que: “hay dos especies de locura (manía), una producida por las enfermedades humanas, y otra por un cambio de nuestros valores habituales provocado por la divinidad” (265a), ya que la locura del poeta nace de este fatum trágico exterior al propio sujeto, un acceso no solicitado al infinito que termina por ser la perdición del juicio y la voluntad. El desenlace de la obra quedará para el lector interesado de este tema, pues la resolución final del texto ilustra con magnífica piscología los embates que se producen entre el genio y la locura. Esta reflexión podría encaminarse a un estudio más elaborado sobre una poética del infinito, asumiendo que quienes han entrado a este reino han padecido grandes problemas –como los del Dr. B.– en sus vidas, como Hölderlin, Kleist, Rimbaud, Rilke y, para nosotros, los casos de Gabriela Mistral o Juan Luís Martínez. 

Para redondear esto último, se puede advertir que la personalidad de Gabriela Mistral esta envuelta por una gran melancolía, que arrastra desde su juventud por una serie de desengaños amorosos y por el poco reconocimiento en su país, esta tensión entre su genialidad y su salud termina siendo central para entender su poesía. La locura, por otro lado, radica en la autoexigencia que poseía con su trabajo, en donde la lengua castellana pasa a ser este infinito que debe soportar en la medida que su labor poética es hacerlo florecer. Esta actitud que atraviesa toda su obra es caracterizada por Eduardo Anguita como el Cristo con la cruz, en donde ella asume todo lo pesado y tormentoso. Por otro lado, el caso de Juan Luis Martínez resulta muchísimo más complicado de analizar. Es sabido que los últimos años del autor fueron marcados por una pesada enfermedad, pero el acercamiento a su obra La nueva novela nos permitiría ver cómo es un intento por lidiar con el infinito intertextual en el que la combinatoria del lenguaje se produce. Su apodo, “el loco”, está marcado por una serie de hechos biográficos que dan cuenta de su temperamento, un hombre excéntrico y apasionado que con su libro Poesía chilena llega al punto febril de la locura, haciendo desaparecer cualquier capacidad combinatoria, y produciendo, quizás, la posibilidad de un infinito poético

Bibliografía

Agamben, G. (2005). Profanaciones. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Anguita, E. (2017). Tres formas del ser chileno. Recuperado de http://letras.mysite.com/eang030717.html

Aristóteles (2007). El hombre de genio y la melancolía. Barcelona: Acantilado.

Careaga, R. (2017). Juan Luís Martínez después del silencio. Revista Santiago. Recuperado de http://revistasantiago.cl/literatura/juan-luis-martinez-despues-del-silencio/

D’Angelo, P. (1999). La estética del romanticismo. Madrid: Visor.
Platón (1988). Diálogos III. Madrid: Gredos.
Zweig, S. (1999). La lucha contra el demonio.

  • (2012). El mundo de ayer. Barcelona: Acantilado.
  • (2013). Novela de Ajedrez. Barcelona: Acantilado. 

Una respuesta a “El infinito insoportable : genio y locura en Schachnovelle de Stefan Zweig”

Destaco tremendamente la narrativa del texto y me deja estas reflexiones:
– La lectura del rival en el tablero, como lo que nos enseña con su estilo de juego, poesia y personalidad incluso.
-El buscado acceso al infinito y lo divino, que posiblemente se halla mediante la “limitación del individuo”, como es el caso del Dr B, o bien, personas quienes por retiro espiritual acudieron voluntariamente a un espacio de limitacion (desierto), Claudio Naranjo y San antonio abad.
-Me agradó la expresión ocupada del “envenenamiento ajedrecístico”, clave para ponerse en los zapatos del Dr B.

Dan ganas de leer la obra, con esta gran presentación.

Saludos

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