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Espacio crítico

Mesianismo cyberpunk

Neo-Tokio es la ciudad prometida: abatida, destruida, marginalizada, catalizada en sus procesos, en su inmunidad interna que busca protegerse de un enemigo interno inexistente: experimentando su límite, ¿No es este, acaso, también nuestro presente?

Juan Celis Ortiz

“¿Qué pueden ser estos sino los juguetes de un dios loco quién nos hizo para construírselos?”

Chris Marker, Level five

Para nadie es ajena la obsesión que el mundo actual tiene con su autodestrucción. Las distopías y los temas apocalípticos se han vuelto parte de un imaginario común que, bajo un contexto pandémico, se profundiza. Y más allá de evaluar la verosimilitud de estas obras, lo que no deja de ser importante es que ellas denotan que nuestra cultura, al ficcionar su acabamiento, se precipita en una experiencia límite. De modo que esta clase de temas no funcionan como una evasión de la realidad o un ocioso divertimento, sino que nos posiciona en una actitud reflexiva respecto al presente: a la difícil posibilidad de entrelazar el sentido de la historia, el poder y la política. En este sentido, no debemos pasar por alto que el imaginario en torno a Akira haya resurgido durante el “estallido social” en Chile, y que se haya afirmado en estos momentos de pandemia. 

La seducción puesta en juego no es propiciada únicamente por la estética cyberpunk, sino por la identificación que, paradójicamente, se produce. La realidad se asemeja más a la ciudad de Neo-Tokio, con sus ominosos neones y multitudes anónimas, que al modelo de polis griega o civitas romana que, construidas funcional y geométricamente, darían origen a nuestra cultura. Claro está que los solitarios personajes outsiders que dan sentido a esta ciudad, cuya forma de organización es la del clan o la manada, nos son más cercanos que los estereotipos de individuos autosuficientes, plenos de juventud y belleza que el cine hollywoodense o las novelas de fantasía nos ofrecen. Con ello, lo que queda abierto es la interrogación acerca del porvenir de esta ciudad y sus habitantes, cuestión que nos arrastra directamente al asunto del apocalipsis. 

El filme Akira (1988) transcurre en Neo-Tokio, ciudad levantada sobre las ruinas del viejo Tokio que hace 30 años sufrió una inexplicable explosión. Neo-Tokio se caracteriza por su estética cyberpunk, dominada por la oscuridad y los neones, sus rascacielos, el control militarizado de su población, la radical diferencia entre el hampa y el lujo, y un permanente estado de excepción —el cual, sabemos ya con toda certeza, nunca es igual para todos. Como cualquier otra ciudad, se sostiene a costa de la subyugación de los cuerpos, el complot económico, las traiciones políticas y las insurrecciones populares. Se configura así una ciudad que, en contra de toda memoria, repite su historia. Pero bajo este paisaje se teje un plan: tomar el control de la “energía absoluta”. Energía donde se funda la promesa de la historia, su comienzo y su fin, la salvación y la pérdida. Se consolida, pues, el mesianismo: inminencia de una re-aparición y deseo de su re-surrección. Todas estas intenciones, por supuesto, son mantenidas en secreto, o, más bien, constituyen un secreto: el secreto del que está por-venir.

Este re-velar, es decir, guardar en el otro algo aún oculto para uno mismo, el secreto como promesa del por-venir, constituye el gesto más romántico de la humanidad: sacrificar y devorar a todo otro, hasta que el otro comenzó a ser uno mismo. Sin embargo, para que todo termine, el desastre y la historia, sólo bastaría con des-velar este secreto, es decir, sacar de uno mismo algo ocultado de sí en el otro. Puesto que se haya ahí, y no en otro lugar, la energía esencial de la vida, y, por tanto, de su enigmática evolución hasta este instante. La promesa de un Mesías que porte en sí el secreto des-velado —la “energía absoluta”— es mantenido bajo una conjuración discreta, silenciosa y en las sombras, misteriosa; siglos de un continuo y bélico juego por su hegemonía, con un destructivo avance que le es complementario, es justamente la posibilidad misma de tener una Historia: la historia humana. Su fin, como bien es relatado en el film, y en contra de todas las sospechas internas, marca el inicio de la misma obra: su comienzo es su desaparición —y la llegada de un otro Mesías nos es prometida. 

Remitiéndonos al pensamiento de Jacques Derrida, empleando, en ello, su lectura deconstructiva, podríamos responder a la fuerza mesiánica de la pureza del siguiente modo: el absoluto es la muerte. El Dios prometido no puede ser sino la Muerte: la vida es su diferencia. La promesa del Mesías, por tanto, es que nunca hubo secreto alguno más allá de su absoluta ausencia. El absoluto, entonces, no es un ser. Si vamos más allá, nos daremos cuenta que aquella “energía absoluta” no puede comenzar nunca como absoluta: debe contaminarse, impurificarse, es decir, dejarse encentar —herir para comenzar. La manifestación del absoluto solo es posible en la destrucción de los seres. Akira, entonces, no es una experiencia de la vida sino de la muerte, de una muerte que no comienza, es decir, condenada a suprimirse en el mismo instante de su aparición: aquello no co-existe en la vida. Quedaría así manifiesta la importancia de la puesta en escena en Akira: el absoluto solo puede vivir como representación.

Así, Neo-Tokio, es la ciudad prometida; abatida, destruida, marginalizada, polarizada, una ciudad llena de conflictos, azotada y desolada; catalizada en sus procesos, en su inmunidad interna que busca protegerse de su misma inmunidad, es decir, de su enemigo interno inexistente: ciudad que está llevando su propia configuración hacia su límite. ¿No es este, acaso, también nuestro contexto presente? En ella, su cara hegemónica es la del Mesías como el poder del progreso puro: en nombre del cual se expanden las zonas de sacrificio, la militarización de los territorios usurpados, los contratos ilegales de extracción, la desertificación del suelo, las mejoras de armamento para las fuerzas policiales o las leyes que favorecen su matriz sacrificial. Este Mesías puede tomar distintos rostros: un discurso étnico, la promesa de un discurso político que proponga una solución final a los problemas, o bien la esperanza de que el progreso ciego de una economía —“reactivarla, cueste lo que cueste”— logrará aquello. Repensar Akira es cuestionar nuestro presente, es preguntarnos si acaso es posible pensar el poder, la política y la idea de comunidad fuera de un absoluto, fuera de una unidad que fagocite la multiplicidad de los seres, y es entender que el Mesías viene únicamente a destruir el mundo, a suprimir cualquier otro porvenir posible: el Mesías es la imposibilidad de pensar un nosotros.

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