Refracciones de una tempestad: ansiedad, revuelta y escritura

Fernando Abbott D. 

En una columna publicada hace algunos días en la revista Carcaj, Vicente Didier apuntaba a criticar la banalidad que caracterizaría el momento “distópico” que atravesamos, y en el que “ordinariez” sería la palabra que mejor describe cierta respuesta general frente a un ineficiente y criminal manejo gubernamental. Esta palabra, que nos es tan familiar, sin embargo puede indicar el punto exacto en que lo familiar, enfrentado a su límite, se adentra en una crisis desbocada. Que en tiempos pandémicos la población que otrora era objeto de entretención para la brutalidad policial figure hoy como un tedioso ganado a gestionar por parte de mezquinos e ineptos tecnócratas, con toda legitimidad hará despertar reacciones como las que Didier esboza.

Una reacción que no es cínica, sino que indica, con pasmo y al borde del colapso, el inicio de un horror: que el corazón de la política —y, dicho sea de paso, probablemente de una cultura— no es sino el vacío, el nihil, de la mercancía. Nada nos es más natural, más obvio, que sentirnos parte de un hervidero humano a veces mercantilizable, a veces no, y que “la política” sea la máscara que gestiona todo aquello. En esta línea, decepcionante así es que cierta retórica nos haya prometido un misterio, un núcleo de sentido por descubrir o disputar que comandaría la realidad humana. Algo que además cierta “ciencia ficción” ha trabajado: 1984, Un Mundo Feliz o Black Mirror serían ejemplos de una distopía ingenua en la medida en que nos induce a pensar y a querer convencernos acerca de la perfección del mal, de una lucha contra una oculta inteligencia que la realidad, en su banalidad, desmiente. Un espectáculo decepcionante, a fin de cuentas. Ordinario.

Como resultado, al parecer inevitable, nos encontramos ante un estado de parálisis que bien se traduce en el descrédito de las utopías, el cual, aún pese a todo, sabe, y siente, que debe mantenerse firme en el momento de la revuelta, en donde debe denunciar la injusticia. Esta tensión es fundamental. Ahora, quisiéramos apuntar lo siguiente: ciñéndonos a esta panorámica, podemos extender la reflexión ya ofrecida y llegar a una serie de consideraciones que pueden dar respuesta a nuestra “ordinaria” situación distópica. 

La columna de Didier exuda ansiedad. Esta consideración podría entenderse de un modo peyorativo, pero es todo lo contrario. La ansiedad bien podría ser una de las marcas características de nuestra cotidianidad. ¿Qué esperar de un conjunto de existencias sometidas a un bombardeo de información innecesaria, de publicidad hipersexualizada y espantosas noticias, vidas volcadas en el infinite scrolling de un mundo que proyecta su desmoronamiento en pequeñas pantallas portátiles? ¿Qué esperar, por lo bajo, sino ansiedad? ¿Y por qué esta ansiedad, además, habría de ser entendida como una culpa, como un elemento digno de vergüenza? Es quizás aquí, en la posible expiación de la ansiedad, en la promesa de su cura, donde el dispositivo que la provoca nos induce a un círculo vicioso.

En la entrevista titulada Revolt and Revolution (Revolt, She Said, 2002), Julia Kristeva señala que la función tanto de la política como de los productos de consumo es prometer el fin de una ansiedad que ellos mismos producen. Bien sea la inestabilidad existencial o el vértigo ante la cruda realidad social, todo ello es enfrascado en una píldora mágica o un discurso político que apunta a su solución final. Nuestras vidas, así, se ven envueltas en un loop infinito de acumulación de productos y discursos vacíos. Y la trampa, es fácil de intuir, es que el elemento redentor no existe ni debe existir: es una mentira operativa que aceita toda la máquina de producción capitalista. Por el contrario, en vez de obsesionarnos con una abolición de la ansiedad, Kristeva nos exhorta a otorgarle una dimensión afirmativa: la repulsión y la ansiedad son aspectos esenciales de la libertad, y ello porque nos enfrentan a un instante reflexivo, en donde la crítica de sí mismo y del mundo, tal cual son, se despliega de manera autónoma. Tanto el arte como ciertos instantes políticos, nos dirá Kristeva, tendrán la virtud de formar espacios artificiales de ansiedad y repulsión que permitirán al sujeto sumergirse en una reflexión, sin ahogarse. Dicho de manera sintética: hay que ficcionar el caos para poder representarlo, y así poder habitarlo. Enfrentarse y apropiarse de la ansiedad, por ello, no es materia exclusiva de la terapia psicológica, sino que es, política y existencialmente, estar en re-vuelta, en una impetuosa vuelta al sí mismo que lo proyecta en un porvenir, en una transformación —y como es de esperar, sucede que las revoluciones y las instituciones políticas traicionan a menudo el espíritu crítico y anárquico de la revuelta.

Así, es de este estado cataléptico, el cual nos atrevemos a designar como ansiedad, del cual es necesario apropiarse: y el problema que surge es que, o bien desconocemos los medios para ello, o no los poseemos. ¿Cómo apropiarse de la ansiedad y hacerla devenir revuelta? Una respuesta, una alternativa a ello, está ya implícita en el texto de Didier: la escritura, la ficción. 

Fruto de la extensa herida colonial e histórica violencia de clase que nos determina, hemos llegado a creer que la escritura —de libros, de leyes— no nos pertenece, y por ello la compramos. Así como unos gobiernan y otros son gobernados, algunos escriben y otros aplauden, y por ello sin dudas podemos hablar de una complicidad de la “ciencia ficción” respecto a un falseamiento de la realidad social, con su retórica de aciagos héroes solares. Ahora bien, leído de otra manera, de acuerdo a lo insinuado por Kristeva —la apropiación de la ansiedad por la escritura— este panorama no indica sino que aún no hemos escrito una ciencia ficción en consonancia a la realidad: no hemos maniobrado todavía la potencia de la negatividad. De modo que no se trata aquí de afirmar o negar utopías o distopías; más bien se trata de adquirir la capacidad de producirlas, y el arte justamente trabaja con la potencia contenida en la partícula “u” de la palabra utopía: el no-lugar, lo no-real, lo apenas posible, que entra en una relación crítica con el lugar y lo real.  

Yo ahora soy un pájaro (Montacerdos, 2019) es un impresionante ejemplo de ello. Pudiendo entenderse como literatura de ciencia ficción, el conjunto de cuentos de Vladimir Rivera —especialmente el primero de ellos— logra a través de un “apocalipsis folk” retratar la violencia característica de la realidad local. Chile como la triste vida de operarios menores en una distópica factoría avícola: los solitarios testigos del extractivismo de un mundo al borde de la destrucción. La lúcida lectura de la realidad social se cruza de un modo perturbador con cierta clarividencia de la literatura, en una coincidencia casi profética que tiñe al texto de una contemporaneidad inesperada: las precarias condiciones de existencia son azotadas, de improviso, por un virus producido en las cadenas de alimento, arrastrando a sus personajes hacia tormentosos estados de ansiedad y vehemencia. Paradójica experiencia de lucidez. 

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