Hegel ACAB

Jacques D’Hondt

Presentación

El título que presentamos a continuación, Hegel ACAB, ha sido tomado directamente desde la revista digital Revue Période. El original del profesor Jacques D’Hondt (1920-2012) llevó por título Clandestine Hegel, publicado por vez primera en 1967, en el número 133 de La Pensée. Un año más tarde, aparecerá bajo el mismo título en Hegel en son temps.

La presente traducción ha sido vertida directamente desde el original francés, evitando traicionar las palabras del profesor D’Hondt y del filósofo G. W. F. Hegel. En este sentido, la traducción surge de un genuino y estricto compromiso por difundir la disciplina filosófica.

En relación al contenido del texto, es preciso señalar y advertir ciertos elementos. D’Hondt no tiene por objetivo definir a Hegel como un revolucionario (lo señala expresamente); su objetivo es mucho más modesto. D’Hondt busca responder a una visión equívoca que se ha construido en torno a la figura de Hegel, donde ha sido tachado desde conservador burgués, funcionario de la ley y el orden, hasta ser apuntado como “policía oculto”.

En contra de los relatos e interpretaciones de Lucien Herr y Karl Rosenkranz, D’Hondt describe a Hegel como un filósofo que limitó con la ilegalidad, ya sea por solidaridad, ya sea por convicción intelectual o política. Lo cierto es que Hegel, conscientemente, habría actuado en circunstancias comprometedoras políticamente.

D’Hondt centra su exposición en un hecho relatado por Rosenkranz en su Hegels Leben (1844). Allí se relata cómo Hegel, en la clandestinidad, habría visitado a uno de sus estudiantes detenido bajo acusación de “demagogia”. Cabe señalar que la acusación y persecución de demagogos (Demagogenverfolgung) fue una práctica de censura común y legal –mediante los Decretos de Karlsbad (1819)- en contra de quienes adoptaron posturas públicas liberales, reformistas o contrarias al régimen prusiano. Allí radica la importancia de este hecho. El profesor Hegel en un bote, acompañado por otros de sus estudiantes, navegando clandestinamente en la oscuridad, con el fin de violar la vigilancia policial y poder así llegar hasta el detenido, solidarizar con su estudiante detenido.

Acierta D’Hondt al afirmar que Hegel no fue un revolucionario, pero también acierta en su petición final en contra de quienes construyen falsas imágenes suyas ¡No seamos ingenuos! Hegel fue un filósofo que reflexionó y actuó políticamente en un contexto de violenta persecución y represión. A partir de allí, Hegel reclama absoluta vigencia no solo como un filósofo brillante, sino, antes, como un intelectual comprometido al que es preciso leer entre líneas.

Traducción y presentación de Sergio González Araneda

Hegel ACAB

Los Jóvenes hegelianos que se comprometieron a continuar la obra de Hegel después de su muerte desconocían sus numerosas y comprometedoras intervenciones judiciales. Los archivos de la policía, que ahora nos los revelan, aún no habían sido abiertos. Testigos directos desaparecieron, como Gans, o desertaron del campo hegeliano, como Cousin y Henning. Los fieles guardaron silencio, ya que la persecución de la oposición aumentó.

Parte de la vida de Hegel, quizás la más importante, estaba en peligro de ser olvidada. Afortunadamente, la policía estaba alerta.

Sus malas intenciones fueron más efectivas que la piedad de los discípulos. Limpiaron cuidadosamente los rastros de la acción de Hegel que nos permitieron rehabilitarlo.

Salvaron el honor del filósofo ante el juicio de la historia, porque querían arruinarlo a los ojos de una efímera Santa Alianza. Al pensador de la dialéctica le habría encantado tal “inversión” [renversement].

***

Pero la policía no vigiló toda la existencia de Hegel. No lo seguían constantemente. Se les escaparon unos pocos gestos, unas pocas declaraciones, unas pocas cartas.

Evidencias de diversos tipos nos abren un lado de la vida de Hegel que los agentes del Ministerio del Interior no pudieron examinar. Pero el filósofo, naturalmente, no se tomó la molestia de explicarnos lo que quería ocultar a sus contemporáneos maliciosos. Se trata, por tanto, de pistas fragmentarias: menos con documentos como tales que con las huellas dejaros cuando fueron destruidos.

No tenemos que imaginar una actividad clandestina permanente, incesante y fructífera: algún vestigio de tal acción habría sobrevivido hasta nosotros; o al menos la policía lo habría descubierto.

Dadas las condiciones políticas de la época, caracterizadas por la debilidad del movimiento progresista, y su aislamiento dentro de la nación alemana, no era posible ninguna actividad ilegal de gran envergadura. Hegel no tenía la intención de entrar en un conflicto frontal con las autoridades establecidas, su pensamiento político no alcanzó tal firmeza. No fue un revolucionario.

Sin embargo, a todas sus intervenciones legales, pero opositoras, con la policía y la justicia, se suman ciertas incidencias, incumplimientos de leyes y reglamentos, indicios de insubordinación y testimonios de amistad para los “demagogos”. Así surge un personaje muy diferente del que Lucien Herr caracterizó en estos términos: “Hegel resultó ser durante toda su vida el hombre de la intelectualidad pura, sin vida pública, el hombre con una poderosa imaginación interna, sin encanto y sin simpatía, el burgués con virtudes modestas y monótonas, y, sobre todo, el funcionario que era amigo de la ley y el orden, realista y respetuoso”.

Rosenkranz, en su Hegels Leben, publicada en 1844, nos ofrece un ejemplo del “respeto” de Hegel por “la ley y el orden”, en una época en que el gobierno prusiano reprimía con la mayor brutalidad. ¡Su historia no carece de sabor!

“La benevolencia de Hegel -dice Rosenkranz- se dejó llevar hasta los límites de lo fantástico. Demos solo un pequeño ejemplo. Debido a sus relaciones políticas, uno de sus oyentes estaba en la prisión que daba al río Spree. Los amigos del detenido se pusieron en contacto con él, y como creían que era inocente, como efectivamente lo demostró el juicio, intentaron mostrar su solidaridad navegando a medianoche, en bote, por debajo de la ventana de su celda e intentando entablar una conversación con él. El intento ya había tenido éxito una vez, y los amigos, que también eran estudiantes de Hegel, lograron contar la situación del tal forma que él también decidió unirse a una expedición. ¡La bala de un carcelero muy bien podría haber evitado al convertidor de demagogos cualquier esfuerzo adicional! También parece que, en el agua, la sensación de extrañeza de la situación se apoderó de Hegel. En efecto, una vez que el bote se detuvo ante la ventana, la conversación debía comenzar y realizarse en latín, como medida de precaución. Hegel se limitó a unas pocas generalidades inocentes, preguntando al detenido, por ejemplo: ¿Puedes verme? Como casi estaba al alcance de su mano, la pregunta fue algo cómica, lo que provocó risas, a las que incluso Hegel se unió bromeando socráticamente en el viaje de regreso”.

En su texto, Rosenkranz nos entrega, a la vez, tanto un hecho como su interpretación. Pero ¿la interpretación coincide con el hecho?

Distingámoslos.

En primer lugar, el hecho: el profesor de filosofía de la Universidad de Berlín merodea en compañía de estudiantes “demagógicos”, en un barco, a medianoche, al pie de los muros de la prisión estatal, y entra en contacto, en latín, con un detenido encarcelado bajo la acusación de ¡actividad demagógica! Rosenkranz hizo su escrito en 1844. Sin duda todos los demás testigos seguían vivos. Sin duda alguna.

A continuación la interpretación. ¿No fue la sugerencia de Rosenkranz adaptada a las circunstancias? Después de todo, su Hegels Leben fue publicado bajo una mirada atenta.

La lectura del Hegel puede variar.

Un poeta puede probar el encanto de esta aventura, su romanticismo, su sentimentalismo, su ligera ironía. Basta componer unos pocos versos: ¡En el agua!

¡Pero los policías de von Schuckmann no son poetas! Si estuvieran viendo la escena, ¿cómo la entenderían?

Habían arrestado al detenido por sus conexiones políticas con otros “demagogos”. Ahora un grupo de individuos sospechosos aprovechó la noche para engañar a la vigilancia de los carceleros y hacer contacto con el prisionero. Acción política ilegal y concertada. ¡Eso es lo que hicieron!

Entre ellos, ¡sorpresa! El profesor Hegel. Aquí hay un tipo atrapado en circunstancias comprometedoras. La mayoría de las víctimas de la represión, sabemos, no han hecho tanto.

Los potenciales investigadores nunca habrían admitido la versión de Rosenkranz. ¿Hegel sólo sintió la “extrañeza de la situación” durante la expedición? ¡Vamos! En el relato de Rosenkranz todo apunta a la premeditación. Hegel, especialista en reflexión, tuvo tiempo para meditar: ¿cómo no iba a entender que embarcarse, en tales condiciones, era comprometerse políticamente?

Además, ¿sus estudiantes habrían recurrido a él si no hubieran conocido su orientación política?

Rosenkranz afirma la “inocencia” del detenido, y al mismo tiempo intenta presentar a Hegel como un “convertidor de demagogos” (Demagogenbekehrer). Dos tesis incompatibles y falsas.

Si el prisionero no hubiera sido realmente un “demagogo”, no habría surgido la necesidad de “convertirlo”.

Pero Rosenkranz, por otro lado, muestra claramente que Hegel no lo visitó con esta intención, que no intentó presentarse ante él en el papel de un agente ideológico del gobierno. Los carceleros suelen conceder a las “ovejas”, que destruirían la moral, un fácil acceso a los presos políticos.

Si Hegel planeaba servir a los propósitos de la policía, ¿por qué elegir la lengua latina, incomprensible para delatores y carceleros? ¿Un “funcionario respetuoso”, como dice Lucien Herr, un “convertidor de demagogos”, como lo llama Rosenkranz, habría tenido que temer el disparo de un carcelero? Los misioneros de la resignación a veces se disfrazan de amigos de los rebeldes para ganar su confianza. Pero lo hacen de forma segura y sin miedo. Mientras Hegel se mueve sigilosamente sobre el agua, en la oscuridad, mientras todas las luces se apagan, en silencio, y su corazón late.

El susto de Hegel, en el momento de actuar, demuestra la sinceridad de su empresa. Había decidido, con sus estudiantes, hacer un gesto de solidaridad. ¿Este gesto ayudó al detenido? Podemos dudarlo. Pero claramente estableció un sentido de complicidad con quienes lo llevaron a cabo; les dio coraje y consolidó las convicciones que lo inspiraron.

No debemos exagerar la importancia de este incidente. Sin embargo, revela una cierta audacia, casi imprudencia, por parte de Hegel. Aunque siguiendo los caminos trillados de día, cuando no puede evitarlo, es un hombre que, de noche, se permite extrañas libertades.

En cualquier caso, no debe pensarse que Hegel no tenía claro lo que estaba haciendo. No tenía nada en él de los inocentes que pueden ser manipulados por un truco para hacer más de lo deseado. Él sabía cómo usar el timón.

Conoce las trampas y los peligros. No se expone inconscientemente a riesgos. Los aceptó, cuando así lo decidió. Tenía experiencia.

Durante su juventud, un régimen tiránico le había enseñado a ocultarse. Participó en actividades clandestinas desde muy temprano.

Recordemos las condiciones en las que los “seminaristas” vivían en la Stift de Tubinga, en la época de la Revolución Francesa. Organizaron en secreto un club político revolucionario donde Hegel demostró ser el orador más apasionado. Allí los periódicos franceses circularon en secreto. Estaba prohibido recibirlos, transmitirlos o leerlos: los Stiftlers comentaban juntos su contenido.

Hölderlin, Schelling y Hegel participaron en la plantación de un árbol de la libertad [ícono de la Revolución Francesa], pero esto sólo se sabrá más adelante. El club Stiftlers ayudó a la huida a Francia de un camarada particularmente comprometido, y tomó bajo su ala a los soldados de la República prisioneros de los Aliados, organizando a veces su fuga. ¡Schelling fue acusado una vez de haber hecho contacto con los ejércitos de la Revolución, en tiempo de guerra! Hegel perdió su inocencia política muy pronto.

En Berna, en Frankfurt, escribió ensayos con un espíritu completamente heterodoxo, textos inéditos, que, de hecho, permanecieron desconocidos hasta 1907.

Compuso tratados políticos que, según aconsejaron sus amigos, debería guardarse para sí mismo. Si no publica tantas obras escritas durante este período, no es porque las considere insuficientes, sino que hay razones “externas” que justifican su discreción: miedo a la censura, a la justicia, a una opinión pública hostil, etc. Un hecho significativo: la primera publicación de Hegel fue Lettres de J. J. Cart, una obra revolucionaria que comentó y tradujo al alemán, permaneciendo en el anonimato.

¿Sabían las autoridades de Berlín que Hegel, en el pasado, había dedicado tiempo a tales tareas?

***

A lo largo de su vida, Hegel tomó precauciones. Existe una brecha constante entre sus opiniones publicadas y sus cartas, así como entre sus cartas “públicas” y sus cartas “privadas”.

Conocía los métodos de la policía de su época. Era consciente de que la policía abría casi todo el correo depositado en la oficina de correos, y a veces incluso enviaban cartas a sospechosos, con el fin de que se traicionaran y delataran. Así es como procedieron con éxito en el caso de Knigge.

Como resultado, cada vez que Hegel quiso expresarse más libremente, usaba lo que su amigo Niethammer llamaba correo “cerrado y privado”, es decir, los buenos servicios de amigos viajeros que entregaban las misivas en mano.

Además, cuando respondía con circunspección las correspondencias aún no identificados, deslizaba en sus cartas expresiones que podían “eximirlo”. Así, en su primera respuesta a Duboc, que aún no conoce, señala de paso, y sin necesidad aparente, que a través de su Filosofía del Derecho ha podido “dar un golpe al pueblo demagógico”.

Pero, ¿qué se debe inferir de este incidente? ¿Deberíamos tomarlo literalmente? Al mismo tiempo, Hegel estaba en correspondencia con Ulrich, uno de los “demagogos” más intensos y violentos. ¿Y bajo qué condiciones?

Las singulares características de la correspondencia de Hegel con Ulrich nos son reveladas por el único documento que sobrevive: una carta de Ulrich a Hegel, fechada el 2 de agosto de 1822. No contiene nada censurable, y es sin duda por esta razón que, excepcionalmente, Hegel no la destruyó. Pero ilumina las tácticas de los dos corresponsales.

Ulrich da las siguientes indicaciones: “Si le agrada responder, lo que me complacería mucho, sería tan amable de dirigir la carta, que como de costumbre, después de haberla leído atentamente, destruiré, al Sr. Eckhardt en Wittmoldt, cerca de Pion-en-Holstei”.

Por lo tanto, Hegel mantuvo correspondencia con un exiliado, en un momento en que estaba siendo buscado por la policía prusiana.

Pero todas las cartas de Hegel a Ulrich, y todas las cartas de Ulrich a Hegel fueron destruidas al recibirlas. Como precaución adicional, Hegel no dirigió sus cartas directamente a Ulrich, sino a un intermediario.

Además, todo hace pensar que ni Hegel ni Ulrich, en estas condiciones, habrían sido tan necios como para confiar a la oficina de correos “pública y abierta” una carta dirigida desde Plön (una residencia eminentemente sospechosa) al profesor Hegel, o desde Berlín a Plön. Una vez más, los viajeros deben haber servido como carteros.

¿Hegel se escribía en secreto de esta manera con otras personas?

De momento es imposible llegar a una conclusión definitiva sobre este punto.

Pero en lo que respecta a la correspondencia, los temores de Hegel siempre fueron muy grandes. Encontramos un divertido ejemplo de esto en una carta que Hegel envía a su esposa, durante un viaje que hizo a Austria.

“Tenga en cuenta que las cartas se leen en Austria y por lo tanto no deben tener ningún contenido político”.

Pero al mismo tiempo se dio cuenta de que esta advertencia era en sí misma peligrosa, porque podía hacer sospechar que la Sra. Hegel tenía ideas políticas censurables y una inclinación a expresarlas. Su propia carta arriesgaba a ser inspeccionada por las autoridades, y no sólo en Austria. Así que cubre su comentario con fórmulas de distracción: “Es innecesario advertirle, (…) lo que en cualquier caso no sucedería, viniendo de usted”.

Tales eran las maneras y los trucos de Hegel. Sólo con precaución los comentaristas deberían usar ciertas declaraciones conformistas de sus cartas “públicas”. Los destinatarios que conocían al autor leyeron entre líneas. Ellos sonrieron en los pasajes que Hegel dedicó a la policía de turno. ¡No seamos más ingenuos que ellos!

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