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Desbordando el canon desde escrituras femeninas y nuevos lenguajes

En el campo de las artes y la literatura chilena existen dos aspectos importantes que comienzan a gestarse en la década de 1980: un nuevo lenguaje y un auge de escritoras. Este dato no es menor si consideramos la evidente brecha de género que ha tamizado año a año el veredicto del mayor galardón literario de Chile.

Catalina Muñoz-Quevedo F.

“La literatura chilena es macha y su estética es occidental”

– Carmen Berenguer, Naciste pintada (1999)

En el campo de las artes y la literatura chilena existen dos aspectos importantes que comienzan a gestarse en la década de 1980: un nuevo lenguaje y un auge de escritoras. Por un lado, es innegable que todas las personas de los ámbitos literario y artístico comenzaron a replantearse el lenguaje a partir de dicha década, a raíz del contexto dictatorial, de manera tal que las creaciones se pudiesen adecuar a la censura de la dictadura chilena; los creadores jamás fueron subyugados, sino que encontraron signos y símbolos con los cuales articular narrativas que abarcasen la realidad histórica, la violencia institucional y el descontento colectivo de aquellos años. Nelly Richard (2007) nos confirma que existe una extensa lista de artistas y literatos que sostuvieron su obra bajo estas prácticas creativas: 

La serie de restricciones y de prohibiciones que imperan en lo social durante el período militar es tal que empuja las obras a querer desobedecer —al menos dentro del arte— los límites y las limitaciones. La abolición de las fronteras entre los géneros artísticos es una transgresión a las reglas aprisionadoras de la creación que opera como una metáfora del deseo político utópico (mientras tanto negado) de remodelación de la totalidad del campo social.

(pp. 89-90)

Por otro lado, como adelantaba en el párrafo anterior, durante este periodo comienza a vislumbrarse un auge de mujeres escritoras: en el año 1985 Juan Villegas publica la Antología de la nueva poesía femenina chilena, documento de gran valor histórico que nos revela diecinueve nombres de mujeres poetas. No podemos negar la satisfactoria curatoría editorial puesto que todas estas poetas han trascendido hasta hoy, siendo un claro ejemplo de esto que cuatro de las exponentes de dicho libro son candidatas al Premio Nacional de Literatura del presente año: Carmen Berenguer, Teresa Calderón, Elvira Hernández y Rosabetty Muñoz. Este dato no es menor si consideramos la evidente brecha de género que ha tamizado año a año el veredicto del mayor galardón literario de Chile. Dentro de este despegue de mujeres en las letras, cabe destacar también el I Congreso Internacional de Literatura Femenina, realizado en Santiago durante agosto de 1987. Alejandra Castillo (2019) manifiesta que existen cruces entre literatura y política en el circuito local de la década de los 80 y que éstos no sólo refieren a un puño femenino sino también a un discurso feminista que comienza a articularse y plasmarse (pp. 121-125). A pesar de que el panorama inicial para estas autoras fue un tanto desfavorable, debido a que eran leídas escasamente o desde el estereotipo, fueron un precedente para las generaciones posteriores y para la resignificación del cuerpo en el lenguaje. Como afirma Soledad Fariña (2018):

¿Cuáles son los temas o problemas atingentes a la literatura femenina? Los primeros temas surgen desde el campo mismo de la creación. La relación cuerpo-escritura, planteada por las teóricas francesas Hélène Cixous y Luce Irigaray, y difundidas en las sesiones de preparación al encuentro, fue importante para que algunas escritoras abordaran la cuestión del sujeto en la escritura, la noción de diferencia, y la fricción o lugar conflictivo de este sujeto con la “cultura universal”.

(p. 116)

No es azaroso que sea justamente en aquel momento cuando se impulsan dos grandes hitos para la reconfiguración literaria chilena, ambos marcados por su relación histórica con los márgenes de la hegemonía cultural: por un lado, la nueva construcción de signos desde los límites y, por otro, la nueva escena de voces relegadas por tantos años. Es en este marco desde donde podemos analizar dos textos: El Padre Mío de Diamela Eltit y Naciste pintada de Carmen Berenguer. El primero de ellos, publicado en 1989, es la transcripción de un trabajo realizado por Diamela Eltit, mediante el registro de Lotty Rosenfeld, durante 1983 y 1985. En este texto dividido en tres partes (coincidentes con los tres años de trabajo) donde la única voz es la de un hombre vagabundo, se construye un relato que tensiona el orden institucional de lo privado —propiedad y espacio—, presentando los bordes simbólicos y concretos de los sistemas de producción. Siguiendo las lógicas neoliberales, el cuerpo emerge como único bien perteneciente al Padre Mío, que deviene como cuerpo anónimo en su recorrido físico y lingüístico a través de los sitios eriazos de la comuna de Conchalí.

El segundo texto es publicado en el retorno a la democracia, específicamente en el año 1999. Este escrito enmarca el cierre del siglo pasado y avista síntomas de nuestro presente, adoptando varias voces mediante la crónica, la poesía, el pastiche y el collage. Al igual que El Padre Mío, está escrito en tres partes: “Casa cotidiana”, “Casa de la poesía” y “Casa inmóvil”. El primer apartado tiene como lugar el centro neurálgico de Santiago: la Plaza Italia, espacio político y social que concentra manifestaciones públicas del ayer y del hoy. En este se vislumbran personajes y espacios característicos, así como noticias y acontecimientos que demarcan el panorama de la urbe santiaguina. La segunda parte transcurre en un prostíbulo, tomando las palabras de las prostitutas, como Brenda y Nina, quienes encarnan la clandestinidad y el maltrato social estigmatizante y machista. Finalmente, en la tercera parte rescata varias historias de mujeres que fueron prisioneras durante la dictadura militar, de las cuales sólo se nos reportan sus iniciales y lugar de detención.

Como ya mencionaba, los márgenes son el punto de conexión entre ambos textos, ya que los personajes son figuras que habitan los bordes de la sociedad civil, en donde los límites de lo privado y lo público comienzan a ser difusos. Eltit expresa con claridad este punto al introducir El Padre Mío:

En algún lugar era posible suponer que en sus cuerpos estaban impresos los grafismos de todos los otros —lo institucional— que encarnaban en ellos un destino posible, alarmante, al traspasar la frontera de la ley transitoria de la ciudad: la ocupación permanente del espacio público. de la vía pública a costa de una voluntaria intemperie existencial.

(p. 14)

Otra característica importante a destacar es el carácter testimonial con el  que se plasman los relatos referidos, dándole fuerza a la construcción de una historicidad al margen de los anales institucionalizados. De esta manera, ambos textos contribuyen a la memoria local a partir de las subjetividades de actores sociales de los que poco se habla, con muy poca o derechamente nula participación en decisiones macrosistémicas: personas fuera del sistema y/o personas que el sistema quiere fuera de él, o sea, un segmento de la sociedad que habita los márgenes.

Desde las transcripciones de Berenguer (1999) podemos tomar como ejemplo los siguientes pasajes: “Yo me llamo Clara de las Nieves Morales, tengo 34 años, y me apodaron La Chinoska, no como dice el diario: Ninoska, porque ellos mienten” (p. 151); “Cuando fui detenida iba con mi hijo de dos años y un hermano. Esa imagen es difícil de olvidar […]. C.R. Borgoño 1470.” (p. 195). Es así como inician algunos testimonios de mujeres que encarnan la clandestinidad; una por el oficio ejercido y otra por su encarcelamiento ilegal. 

Por supuesto, estos dos textos no son los únicos que existen bajo esta misma línea. Eltit y Berenguer han desarrollado una extensa obra literaria desde y sobre los márgenes. Esta última aúna ambas ideas al criticar la dualidad patria/patrón: 

“Los símbolos patrios fueron el bastión de las articulaciones en el discurso femenino por esos años, como en la novela Por la patria de Diamela Eltit y el poemario A media asta de mi propia autoría. (…) La poesía de mujeres surge entonces en una rearticulación opositora a la dictadura de Pinochet.”   

(2018, pp. 47-48).

Dicha  escritura desde los  márgenes  se ancla  desde la necesidad  de un nuevo lenguaje en determinado contexto nacional, así como desde el cuestionamiento —propiciado por autoras— a la hegemonía masculina del canon literario. Esta nueva arista de la literatura chilena que nació en la década de 1980 perduró en la transición a la democracia y repercute hoy en las nuevas generaciones de escritores, ampliando los discursos, las maneras de relacionar corporalidad y texto, tensionando los bordes y, por qué no, identidades y roles de género.

Referencias

Berenguer, C. (1999). Naciste pintada. Editorial Cuarto Propio.

Berenguer, C. (2018). Poesía/Texto/Escritura/Femenina/Feminismo. En Ramón, M. (comp.), Literaturas y feminismo. Editorial Sangría, pp. 45-48.

Castillo, A. (2019). Crónicas feministas en tiempos neoliberales. Editorial Palinodia.

Eltit, D. (1989). El Padre Mío. Francisco Zegers Editor.

Fariña, S. (2018) La escritura de mujeres en el Chile de los 80. En Ramón, M. (comp.), Literaturas y feminismo. Editorial Sangría, pp. 111-125.

Richard, N. (2007) Márgenes e Instituciones: arte en Chile deste 1973. 2ª. Ed. Metales Pesados.