Comunismo ácido: psicodelia, conciencia y revolución

Mark Fisher: melancolía de la resistencia

Si pudiésemos caracterizar, de alguna manera, la figura de Mark Fisher, sería desde el gesto constante por intentar comprender la realidad fuera del esquema teórico del liberalismo. Esa obligación por pensar la cuestión del comunismo —o si se prefiere, comunidad— asumiendo su dimensión trágica. Por nuestra historia, marcada por la melancolía y la resistencia de quienes querían hacer el mundo otra cosa, pero fueron abatidos por la violencia de quienes no pudieron simplemente concebir el mundo como un lugar menos cruel. Su obra transita, dicho de manera breve, por esa inquietante pregunta que podríamos formular del siguiente modo: ¿es posible pensar un estadio pre-capitalista de la realidad? En efecto, los vínculos entre los modos de producción del capital y el deseo nos parecen señalar que nadie quiere restarse a los “beneficios” del capitalismo. Como señalaría Gilles Deleuze y Félix Guattari, resulta imposible obviar la dimensión material-histórica del deseo, pues, éste comprende a la sociedad y sus formas políticas.

Nos encontramos, entonces, con la pregunta de fondo: ¿el deseo y el comunismo se pueden reconciliar? ¿Por qué se tiende a vincular la figura de anti-capitalismo con el ascetismo del anarco-hippie drogado? ¿Podemos suprimir esa realidad histórica del deseo que bien señalan Deleuze y Guattari? En nuestras sociedades capitalistas el deseo aparece peligrosamente deseando su propia represión. Atestados de microfascismos en que comenzamos a desear esa misma cosa que nos domina y explota.

En el presente texto vemos algunas de dichas inquietudes abordadas por Fisher, desde la particularidad de la dimensión de la psicodelia, las drogas, el deseo y su peligroso vínculo con el capitalismo y el hedonismo depresivo.

Fabian Videla Z.

Comunismo ácido: psicodelia, conciencia y revolución[1]

Hablaré sobre capitalismo y conciencia. Algunos de ustedes, quizás, leyeron mi libro Realismo capitalista, y un problema recurrente con los años ha sido definir qué es el realismo capitalista; suelo decir que es un concepto, una idea o una creencia, donde el capitalismo es presentado como lo único viable o que es un sistema económico-político realista. Pero esto no es lo más preciso puesto que las personas, en su día a día, no están pensando en el capitalismo y no importa que sea este el único sistema presentado como válido.

Diremos, por tanto, que la mejor manera de pensar al realismo capitalista sería en lo que llamaremos deflación de la conciencia. El surgimiento del realismo capitalista —propondré de manera cruda y esquemática—, el surgimiento del sentido de las relaciones sociales capitalistas, de sus concepciones y formas de subjetividades, es que se nos presentan como inevitables e imposibles de erradicar. El auge de este sentido está directamente correlacionado con la recepción del concepto de conciencia desde la cultura. Si volvemos hacia los ‘60 y los ‘70, que es el periodo crucial del desarrollo de lo que llamamos “neoliberalismo”, es para plantear que no debemos entenderlo recurriendo a sus propios términos, es decir, donde se publicita a sí mismo mediante el discurso de una libertad individual fundamental, sino, más bien, para pensarlo como una estrategia que directamente apunta hacia aplastar las formas de conciencia que florecían y se extendían en aquellos años.

Hay tres formas de conciencia a las cuales nos referiremos y se interrelacionan en una productividad fascinante, pero que desde el punto de vista del capitalismo son formas extremadamente peligrosas.

La primera es la conciencia de clase. Si hiciéramos viajar en el tiempo a alguien de la mitad de los ‘70 hasta ahora, una de las cosas que más notaría acerca de la escena política sería la desaparición de la clase como una conceptualización fundamental. Esto fue escrito en el modelo socio-político dominante en EEUU y en el Reino Unido, la social democracia, imperante también en el resto de Europa, como una forma de concordia entre el trabajo y el capital que asume la existencia de diferentes intereses de clase que deben ser reconciliados, de alguna manera. El New Deal en los EEUU fue similar: lo que ocurrió desde ahí es la eliminación del concepto de clase o, más bien, la eliminación de la conciencia de clase, la cual, por supuesto, no fue la eliminación de las relaciones de clase. Wendy Browns refleja esta fórmula de la siguiente manera: “resentimiento de clase sin conciencia de clase”. Ello también aparece como el nervio más atacante del libro de Owen Jones (The Demonization of the Working Class): tenemos formas de odio de clase, de humillación de clase, de subordinación de clase, pero sin la organización con las que solían ser combatidas y sin la forma de una conciencia de clase que podría exponerlas para luego combatirlas. Estas organizaciones estaban extendidas en los ’70, los sindicatos son los más obvios, pero habían de todo tipo y de todas las formas; como la autoeducación de la clase trabajadora en medio de la mercantilización de la educación y su propagación como Sociedades Anónimas, donde esta últimas pueden, en parte, ser vistas como un intento por modificar y subyugar el potencial de la autoeducación que iba en aumento.

El neoliberalismo, entonces, fue fundamentalmente organizado para aplastar a la conciencia de clase donde quiera que este apareciera. La estrategia de McCarran consistió en una violenta y brutal destrucción de los sindicatos que apelaba, junto a ello, al individualismo; y el resultado fue la desocialización. Aquello lo podemos ver en la retirada de los lugares comunes de reunión en favor de los hogares individuales, los cuales se volvieron más conectados mediante incentivos que, desde la televisión por satélite hasta el desarrollo actual de los smartphones, volvieron más patalogizados a los espacios públicos, a su afuera. El declive de la conciencia de clase retiró a sus agentes, destruyó su organización y, con ello, también la infraestructura que le permitía existir. Nada de esto es accidental, sino que fue deliberado. David Graeber, en el caso del Reino Unido, tiene razón cuando dice “¿dónde estaban los líderes mundiales en la subordinación de la clase?”; porque los productos financieros son sólo un código para esta subordinación que es el mayor proyecto producido de exportación del Reino Unido: cómo subyugar a los trabajadores y, hasta el momento, les ha funcionado de maravillas.

La segunda forma de conciencia, que bien puede resultar escandalosa respecto de la anterior, aunque se conjugan de maneras fascinantes, teniendo sus más interesantes desarrollos en los ‘60 y los ‘70, es la conciencia psicodélica. Debemos repensar la naturaleza extraña y extranjera del mundo en esos años porque nos remite a las drogas, y específicamente al LCD, pero expandida más allá de quienes están actualmente utilizándola. La experiencia clave acerca de esta relación, de cierta manera, entre experiencia y pensamiento, es que fue ampliamente extendida en esos años y en su posterioridad. Por ello, debemos pensar en la escala de este tiempo movido también por los famosos The Beatles, los cuales, en su modernismo cultural, a medida que crecían en popularidad también empujaban y alentaban cada vez más la experimentación de las personas.

Entonces, estaba esta conciencia psicodélica cuya noción clave es la plasticidad de la realidad que se opone a la permanencia, a lo fijado, a lo inmutable, cosas que mencionamos al inicio, donde la realidad es algo a lo que nos debemos ajustar (esto último es el tono del realismo capitalista, su interior). La fórmula neoliberal del “somos geniales”, “somos libres”, “podemos hacer lo que queramos” —lo que, por supuesto, sabemos que no es así—, tiene este otro lado que es el de “si no te gusta, debes adaptarte a ello tal como está”, “si quieres conservar tu trabajo debes trabajar más horas, debes aceptar más responsabilidades, porque, aunque no te guste, así son las cosas” (el patrón que se encarga de resolver esto es una suerte de gerente clave en este estadio del capitalismo). Este sentimiento de resignación, de fatalismo, hoy tan extendido y producido a nivel sistémico, se dirige exactamente a eliminar el concepto de la mutabilidad, es decir, a la plasticidad de la conciencia; y eran estas drogas las que, con sus viajes, condujeron a las personas fuera de una realidad actualmente dominante que se vio expuesta a sí misma sólo como una forma de organización donde podrían haber muchas. Esto no quiere decir que la expansión en el uso de drogas nos guiará inmediatamente a la revolución —lo que, por supuesto, no hizo—, pero esto es parte de un problema: la impaciencia. Durante la contracultura de los ’60, la gente comenzó a salir rápidamente del discurso dominante y asumió que las cosas serían de aquella manera en adelante y que todo se seguiría desde ahí. Pero uno de los valores que más necesitamos en este momento es una especie de calma revolucionaria. Había una suerte de impaciencia en aquel periodo y un sentimiento de que todas las estructuras históricas de estratificación que estaban dominando la vida humana a tal punto podrían ser disueltas con sólo una generación, y no fue tan rápido como se esperaba. Ahora son más tenaces que en aquel entonces. La apuesta correcta era por la tenacidad de aquellas estructuras y el largo proceso para desmantelarlas.

 

Traducido por Juan Andrés Celis

[1] Traducimos, con ligeras modificaciones para facilitar la lectura, una conferencia pronunciada en Londres, el 23 de Febrero del 2016, en el marco de una actividad del “CCI collective” con el nombre de All of this is temporary.