Comunismo ácido (Parte 2)

Mark Fisher

La tercera forma de conciencia, desarrollada en este periodo y que el neoliberalismo también tuvo que subyugar, fue principalmente teorizada y puesta en práctica por feministas socialistas en el primer feminismo socialista, y va en la rúbrica de la autoconciencia feminista. En la práctica, su aspecto clave consistía en que las personas pudieran hablar de sus sentimientos para luego relacionarlos con las estructuras. De este modo, cuando las personas se juntaban y compartían, rápidamente notaban que tenían problemas en común y que estos nos eran su culpa. Cosas por las que se les había alentado a culparse, y a sentirse inadecuados, estaban realmente relacionados a las estructuras del patriarcado y del capitalismo, los cuales, interrelacionados, tocaban todas las esferas de la vida. Esto les llevaba más allá del modelo estándar leninista de la actividad revolucionaria, el que estaba completamente relacionado al trabajo manual y a la subordinación dentro de las fábricas, pero que, sabemos, estaba desapareciendo en el Norte Global y sobreviviendo parcialmente con bastante melancolía alrededor de la acción política de izquierda. Pero si tomamos esta óptica, esta perspectiva de la autoconciencia feminista, donde la pregunta por el trabajo se vuelve más general, incluyendo la labor doméstica conjunto a toda labor que conlleva y permite la reproducción de la sociedad por sí misma —y que va más allá de la mercancía—, parte del poder de la autoconciencia feminista es este contagio molecular: cualquier grupo de personas puede juntarse en esta forma de conciencia.

Aquí podemos notar que el punto central de todo lo que he hablado es el poder transformador de la conciencia por sí misma, que no es sólo una conciencia izada o simplemente los hechos y nuestro reconocimiento de ellos, sino que cuando las personas desarrollan una conciencia de grupo, cuando desarrollan una conciencia de clase, no es simplemente registrar de manera pasiva algo que ya es verdad; sino que pueden llegar a constituirse por sí mismos como un grupo que ya ha cambiado el —así llamado— mundo. Entonces, la conciencia es inmediatamente transformadora, y hay movimientos en donde la conciencia se convierte en la base de otras formas de transformación. Esto, por supuesto, ocurre en niveles distintos, y la autoconciencia feminista no se trata necesariamente sólo de grupos de encuentro; podemos volver hacia el ejemplo de la cultura popular, la que, particularmente salida desde la contracultura, fue una forma de autoconciencia feminista.

Y esto es en parte el por qué el capitalismo debe desarrollar la estrategia, que sí hizo, de lo que llamaría ingeniería libidinal y realidad libidinal. La ingeniería libidinal son todas las maquinarias de las relaciones públicas, publicidad, desarrollo de marcas, que el capitalismo desplazó de una manera intensa en los ‘70 y los ‘80, en particular, para poner fin a las esferas de una conciencia en aumento. ¿Para qué eran si literalmente nadie estaba convencido por la National Public Radio? ¿Cierto? Deberías ser un imbécil para creerlas pero, de cualquier manera, todavía sirven a su función. Cuando, por ejemplo, escuchamos: “Upper crust, esta pasión por los sandwiches”, y sabemos que nadie es un apasionado de los sándwiches y que nadie es engañado por ello; pero no importa, porque sirve a una función. Upper crust ni siquiera es el peor. Están los baguette afuera de la estación que valen 6 libras esterlinas, y aunque toda nuestra experiencia de lo evitado nos dice que este sándwich es seco y horrible —y siempre es así—, no importa, lo compramos igual. El caso es que no creemos en su publicidad pero ello no impide que pueda hacernos dudar de lo que realmente ya sabemos.

Creo que el punto de la autoconciencia feminista es que debemos tener confianza en lo que sentimos. Que podamos sentir lo que ahora sabemos que podemos sentir, que no nos atasquemos en nuestros sentimientos y que podemos confiar en ellos dadas sus causas reales. Una de las mayores deflaciones de conciencia es la producción de la ansiedad. Si estás ansioso, es suficiente para controlarte. El problema central que el capital tuvo, especialmente levantado por la contracultura, fue cómo reclutar a las personas de vuelta al trabajo. El cual tuvo éxito. Este fue el punto de la contracultura: “no iré a trabajar, ¿por qué molestarme si es miserable?”. Lo que temían era que la clase trabajadora se volvieran hippies a larga escala. Este sería un gran daño, y, así mismo, el más interesante movimiento de los ‘70 —en lugares como EEUU—, en donde había toda clase de crossovers: entre el black power, la influencia de la contracultura y los sindicatos con esta nueva forma de socialismo demócrata. Allí, realmente, es el espectro del socialismo democrático, o un comunismo libertario, en donde el neoliberalismo fue organizado para prevenirlo. Su momento central fue el aplastamiento del gobierno de Allende en Chile. ¿Por qué? Porque ahí estaba todo lo que el capital temía. Porque no era el estereotipo soviético de una burocracia estalinista de arriba-abajo, un triste monolito. Chile contaba con un sistema socialista de internet, Cybersyn System, un modelo que buscaba devolver el poder a los trabajadores hacia una democracia en su propio lugar de trabajo. Las olas de este socialismo democrático, que llegaron hacia EEUU y Europa, y donde estuvieran, era lo que debía ser detenido, eliminado, incluso como posibilidad de su existir. Reemplazandolo con este obligatorio individualismo.

El individualismo del neoliberalismo ha tenido que ser siempre vigilado. Siempre ha estado el peligro de que la conciencia pueda ser alzada otra vez, el peligro de que cuando la gente se junta desarrollarán una conciencia colectiva que tendrá éxito sobre esta miserable y atormentada forma de individualismo —que es una condición supervisada. Creo que nos encontramos ahora en esta encrucijada. Fundamentalmente, esta forma de explotación capitalista o súper explotación capitalista ya no es una explotación de la mercancía. Si volvemos al periodo de la explotación de las mercancías, nos encontraremos allí con un cierto grado de nostalgia: porque aquel capitalismo era una forma de explotación dialéctica donde ella, la mercancía, debía involucrar a los trabajadores. Ellos debían producir y ser explotados para producir, donde la mercancía estaba separada de los trabajadores como un extracto de su labor. Ahora, en cambio, tenemos una forma de explotación más directa: ya no de la mercancía sino de la promoción de uno. ¿Por qué podrías ser inducido a trabajar por nada, en particular si estás en el sector cultural? Porque debes promoverte a ti mismo y recibir remuneración promocional. Y esta inyunción de promovernos a todas horas es ahora nuestra segunda naturaleza —y ciertamente naturalizada a través de las redes sociales. Y, nuevamente, es algo en lo que no pensamos. Lo que permite esto es una fantasía del capital de que puede vivir enteramente sin trabajadores: “¡te hace a ti un favor!”. Puesto que es el trabajo el que te permite desarrollar y acumular esta suerte de capital de reputación, entonces, “¡son estas cámaras las que te hacen un favor al darte trabajo! ¡No deberías esperar ser tan bien remunerado!”. Y esta es claramente la lógica en este momento. No obstante, no me parece que pueda ser sostenida durante mucho tiempo porque ha alcanzado actualmente el nivel de una distopía. En algunos años nos daremos cuenta cuán horrible ha sido aquel periodo que acabáramos de pasar, que aún atravesamos.

En términos del alcance del capital, que está dentro de cada área de nuestro tiempo y de nuestra conciencia, ha sido habilitado por los recientes desarrollos tecnológicos. Hasta que tuvimos smartphones, el capital no había podido administrarnos e inyungirnos las 24 horas de la semana. Esto sólo ha sido posible con estas plataformas tecnológicas y, aunque esta no es la única manera en que los smartphones podrían ser usados, la razón de que el capital prácticamente los regale es porque permite esta forma de súper explotación; donde nunca estás libre del trabajo, del espectro del trabajo, o del espectro de la ansiedad. Por supuesto, esto no significa que todos estemos empleados, sino que la clave es que no lo estemos aunque siempre dispuestos a ello. Entonces, la diferencia entre una persona empleada y otra desempleada tiende a disminuir, porque la manera inútil en que la segunda llena su día a día es más o menos la misma que la de la primera. Creo que esto tiene que ver con que la cuestión de la conciencia es la cuestión del tiempo.

Ha sido instalado en este país —Inglaterra—, líder mundial en la materia, una especie de pánico ansioso del tiempo, en donde la sensación que domina en su carencia. Estamos, de este modo, constantemente apurados, agitados, y el único instante en el que no lo estamos es cuando sabemos que tenemos que hacer otra cosa. De nuevo, esto es un espasmo digital de los smartphones, más allá, el miedo a perderse algo y el miedo de no perder (síndrome FOMO) es el lado positivo hedónico de ello, y el lado negativo sería el miedo a olvidar alguna obligación. Pensemos en la imagen estereotípica del tiempo psicodélico de la contracultura: el tiempo era dilatado, y mientras urgencias más lentas eran removidas más lucidez y diferentes tipos de sueños experimentaban. ¿Qué es la ideología sino una forma de soñar el tiempo que vivimos? Y el sueño en que vivimos hoy en Gran Bretaña, 2016, es el sueño de una ansiedad constante dominado por las urgencias. ¿Cómo son los sueños de la ansiedad? Si hay una cosa que debemos hacer, no podremos pensar en nada excepto en esta cosa y, por supuesto, cuando la terminamos, otra más llega —y debemos olvidar aquella que previamente habíamos realizado. Así, toda nuestra vida transcurre como una serie de emergencias incrustadas entre sí. Y esto es suficiente, es la meta y la estrategia para imponer aquella forma de tiempo en nosotros: el tiempo de un negocio perpetuo desprovisto de funcionalidad alguna. Hay gente cuyo trabajo inventado es hacer que esto nos guste, son los “gerentes de calidad”, y no están allí para entregar calidad alguna.

Y podemos ver ahí toda la retórica del neoliberalismo sobre la eficiencia. ¡Por supuesto que hace todo más eficiente! ¡Por supuesto que la gente sobre-explotada no está para alguna meta económica! Creo que David Graber tiene razón cuando dice que el neoliberalismo no es una estrategia económica sino una estrategia política, la cual siempre pone por encima toda meta política sobre las económicas. La meta política de subordinar a los trabajadores, de eliminar otro uso del tiempo que es esta impresión de un tiempo abierto, es la meta número uno porque el espectro del tiempo es encantatorio. El motor de la derecha capitalista, el por qué se organizan tanto contra los beneficios de las personas, es porque las personas odian sus trabajos. Así que deben generan toda una aversión hacia y para la gente que no está trabajando. Entonces, constantemente imposibilitan la posibilidad de una vida más allá de este angustioso y miserable sueño ansioso de un trabajo penoso, y les ha funcionado bastante bien. En la Gran Bretaña del Siglo XXI nos estamos acercando a la eliminación de una otra posibilidad, incluso mejor que otras sociedades. Esas son las malas noticias.

Las buenas noticias son que todo esto está viniéndose abajo, y que podemos ver tales síntomas alrededor de nosotros. Para bien o para mal, todas las certezas están desvaneciéndose. Su centro ha desaparecido. Se pronuncian desde el pánico, porque ellos saben, en cierto nivel, que el terreno central que habían posicionado como eterno basado en su orientación ambiciosa, está ahora colapsando y nunca más volverá. Pero, en otra respuesta, esto ha dirigido surgimiento de cierta derecha, específicamente de su horrorífica espectralidad alrededor de una “crisis de migrantes” (que es uno de los peores elementos en la historia europea), el espectro de su retorno. Pero, equivalentemente, podemos ver lo que ha ocurrido en Grecia, en España, en Escocia, e incluso en Inglaterra con Jeremy Corbyn, que es un quiebre respecto de esto. Se trata exactamente de la resocialización en las condiciones de una radical desocialización. Lo que ocurre al rededor del efecto Corbyn es simplemente gente que disfruta estar fuera de sus casas en grupo con otras personas, es una forma simple de la autoconciencia feminista, donde nuestras vidas han sido arruinadas y en donde el capitalismo y el neoliberalismo dicen: “¡es tú culpa!”; pero sabemos que no es así. Viene del modo positivo diseminado no primariamente por los políticos, sino por los medios de entretenimiento: “puedes ser lo que quieras ser”, aunque, más allá, “si eres pobre, o no empleado, es porque no has trabajado lo suficiente”. Y este es también el mensaje dominante de demasiadas formas de terapia en las cuales el capitalismo también endilga: “si te sientes depresivo, es porque no has trabajado lo suficiente”. Y nos repiten una historia positiva otra vez.

Pero podemos ver una conciencia colectiva en las personas, en estas regiones del mundo, y una nueva forma de las estructuras. Y esto ha sido nuevo en mi vida: la izquierda ha aprendido ciertas cosas, sobre todo desde el 2008, en un contexto donde la derecha pareciera no percatarse de nada más; aun sabiendo que usualmente estaba a la delantera. Han pasado siete u ocho años desde la crisis financiera y tienen nada. Pero nuevas formaciones políticas, nuevas formas de pensamiento, nuevas formas de organización, están emergiendo en la izquierda. Syriza pudo haber sido aplastado, y pudo no haber tenido éxito completamente, Corbyn también podría ser derrotado, pero creo que podemos tener confianza que aquellas dos cosas están relacionadas y que hay una nueva ola, es decir, que no habría Corbyn sin Syriza, y que si el primero perece, algo nuevo emergerá luego. Hay una nueva ola y creo que ahora podemos comenzar a surfearla hacia el post-capitalismo.

Traducido por Juan Andrés Celis