Sumaj Orcko: las permanencias del colonialismo en el archivo

Catalina P. Marrian

Al examinar las marcas de lo colonial, no es extraño pensar en ellas como un tramado en constante actualización, que vuelve una y otra vez a los registros y al cuerpo. Si ponemos atención, lo colonial es visible, identificable e imprime una soberanía en el archivo. Todo aquello puede verse ejemplificado en situaciones recientes, como la vergonzosa utilización comercial de saberes e imágenes de grupos indígenas, o los discursos raciales presentes hace unas semanas en Curacautín y Victoria. Más allá de la justa indignación que esto pueda provocar, estos hechos llaman a reflexionar en qué manera se incurre en una aproximación y apropiación de las sensibilidades indígenas, y cómo ellas, deviniendo emblemas, presagian una identidad en crisis.

Por ello, retornar a las memorias documentales muchas veces conjetura un ejercicio por obligación a fin de interpretar ciertos escenarios. Desde los principios de la conquista en América, se observa un relato de lo que se desconoce, que suprime las valoraciones de lo retratado. En determinados casos, estas denominaciones dieron aspecto a discursos nacionales y prácticas para legitimar soberanía en desmedro de otros. Discursos cuyos criterios y fundamentos aún perduran en los espacios del saber y el poder. De modo que, ¿cómo dimensionar este histórico conflicto de representaciones, y cómo no recaer en actitudes piadosas que disfrazan un espíritu colonialista? 

La obra de Harun Farocki, “The silver and the cross” (2010) podría considerar ideas sobre lo mencionado recientemente. Las imágenes proyectadas en un acotado video, relaciona dos fragmentos a desentrañar: las capturas del presente en la ciudad boliviana de Potosí, enfrentada a su archivación en la pintura de Gaspar Miguel de Berrío “Cerro Rico e Imperial Villa de Potosí” (1758). Aquí, se enhebra una secuencia de violencias coloniales las cuales estarían sintetizadas en el siguiente epígrafe “Los españoles trajeron la cruz y se llevaron la plata”, aludiendo a los procesos de extracción de metales en Sumaj Orcko o Cerro Rico. Considerada uno de los yacimientos más grandes de plata en el mundo, la explotación del Cerro Rico hizo de la ciudad de Potosí una deslumbrante urbe que se nutría de aquello que ocultaba: una ciudad-factoría, en donde la violencia de sus trabajos forzados arrastró a la muerte a un número de víctimas que hoy, debido a su brutalidad y ausencia de registros, no es siquiera posible calcular. 

De modo que Sumaj Orcko aparece, con toda su brutalidad, ante una mirada que no logra comprenderlo del todo. estamos frente a un problema de archivo: la historiografía de aquello contempla heterogeneidades condicionadas a la fidelidad de su escritura, en donde las más antiguas enfatizan el método en que la corona española supo sacar provecho y riqueza mediante el extractivismo de materias, en este caso, de la plata. Las documentaciones de la época son evidentes y describen íntegramente el proceso de amalgamación y “trabajo” realizado por indígenas bajo sistema de mita, un eufemismo de trabajo forzado donde gran parte moría a consecuencia de los derrumbes o por contacto al mercurio. Así, estamos frente a hechos acontecidos hace tantos años, y paradójicamente tan contemporáneos. Coincidencias a tal punto desconcertantes como cuando percibimos que en las fuentes hispanas se reclama el “derecho” a las riquezas ajenas, justificadas en un argumento imaginario:

“(…) decían a los indios que no tocasen allí, que estaba aquel cerro guardado para otros”

José de Acosta – Historia Natural y moral de las Indias. Capítulo 6: Del cerro de Potosí, y de su descubrimiento

Al igual que Colón y algunos cronistas, se da una constante acerca de la relativización de lo nuevo, hablando de un “descubrir” o una epifanía en manifiesto. Se supone que “para ellos” su historia comienza aquí, con el simulacro de lo hallado. José de Acosta fue un misionero Jesuita quien redactó un extenso apartado sobre la labor de las misiones religiosas en América, y gracias a sus suposiciones ha sido posible ilustrar de manera expresa las ordenanzas del modelo social. En un primer instante, centra la estilística en la mitificación de los gestos que, aparentemente sintetiza un territorio existente sentenciado al “descubrimiento” y la apropiación. “Aquel cerro guardado para otros” se justifica en un talante mesiánico, la memoria del conquistador afronta la condición ya preexistente inhabilitando cualquier anterioridad. Su ecuación es por excelencia un neutralizador, el productor colonial en su papel de viajero-turista cumple con la vacuidad necesaria a fin de apocar símbolo que desconozca, finalmente, se establece un ordenamiento de lo sensible como una arbitrariedad hermenéutica, ejecutando un soterramiento en varias graduaciones.

Cuando Farocki sitúa “Los españoles trajeron la cruz y se llevaron la plata”, son identificables un conjunto de problemáticas; en un primer instante se enfrenta la estandarización espacial del colonizador respecto al desplazamiento del colonizado, poniendo en manifiesto su tiempo como efecto fascista donde la intermitencia al ayer es peligrosa, estorbando en su proyecto de civilidad y expansión. Se vuelve a interrogar la propiedad de lo narrado y los registros que posibilitaron este actuar: la figura de un pasado colonial con un presente poscolonial no son más que un espejismo del archivo, nos recuerda que estas operaciones siguen vigentes, son conmutativas y posibles en otras espacialidades. No obstante, nos alerta una cuestión aún más perturbadora: los que fueron a morir para enriquecer a otros aún no han sido contemplados.


Comprendiendo esto, surge una serie de inquietudes -no resueltas- en relación a aquello que nos ha sido prescrito, que invitan a revisar el dispositivo del archivo, y nos fuerza a reflexionar si acaso aún prevalece una imposibilidad de representación, en la medida en que la voz indígena como tal no es considerada una voz válida, debiendo permanecer toda la complejidad de su sensibilidad en el silencio y la oscuridad de la representación: quedando disponible únicamente un consumo estético de saber colonizado. Finalmente, eso nos señala que reconvertir lo ya historizado admite nuevas percepciones que pueden hacer proliferar miradas críticas acerca del carácter arquetípico de las imágenes que son producidas, miradas que logren tensionar las voces autorales y su lugar de enunciación, muchas veces perteneciente a Europa.