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Víctor Jara: melancolía y resistencia

En “Víctor Jara: melancolía y resistencia”, Fernando Abbott explora la herencia de nuestra memoria y nos enfrenta a una responsabilidad más allá de toda linealidad de la Historia. A 47 años de su asesinato, y a pesar del intento por despolítizar su imagen, negando su legado, el vivo recuerdo de Víctor Jara asedia nuestra memoria y nuestra vida. Un espectro que logra torcer un tiempo diluido en la sonoridad de una canción de protesta.

Fernando Abbott D.

Hoy, justamente hoy, el espectro de alguien que fue llevado violenta y cobardemente a la muerte nos golpea con toda su fuerza. Una distancia de 47 años. Un fantasma que responde al nombre de Víctor Jara. Es de esperar, por supuesto, que afloren las reflexiones en torno a sus aportes en el campo musical y la trayectoria del proyecto revolucionario latinoamericano, lo cual, creemos, debemos entender según una consideración simple, elemental, y a su modo, brutal: toda esta experiencia de rememoración nos arrastra a consideraciones sobre el tiempo y los seres. Al decir “hace algún tiempo, alguien fue llevado a la muerte”, percibimos que aquel tiempo no se relaciona con una idea lineal y acumulativa del tiempo, sino que en el instante del recuerdo su distancia se diluye; del mismo modo que ese alguien, oscilando entre el anonimato y la singularidad, nos habla de su fiel pertenencia a esos otros “alguien” que conformaron una comunidad.

O digamos esto al revés: los Estados y las instituciones se sirven y se legitiman según una linealidad del tiempo y la idealidad de ciertos sujetos que lo componen, dígase próceres, héroes y padres fundadores. En el orden del cálculo y el dominio, será necesario estar orgulloso, e incluso jactarse de la permanencia de una institución a través de los años. Ahora bien, este esquema en nada se condice con la rememoración de Víctor Jara. Por el contrario, pareciera que en ella el tiempo es otro. Y esto no es algo místico, ya que este tiempo-otro no es otra cosa que una memoria que rechaza la Historia (con mayúscula, la lineal Historia de los Vencedores), una memoria que resiste. Pero, ¿quién o quiénes componen el soporte de esta memoria? 

Sostenemos que hoy, al pensar a Víctor, somos llevados repentinamente a la experiencia de una memoria que excede lo histórico y lo biográfico, precisamente porque tocamos en ello una cuota de futuro, el futuro de un vivir-en-común. Más aún, lo que deseamos subrayar es que dicha tensión entre un pasado y un futuro es una marca expresa en su trabajo musical, el que sostiene la paradójica armonía entre un pasado trágico y un futuro posible. Tal marca es la melancolía. ¿Por qué escuchar a Víctor Jara nos llena de tristeza y alegría, de sentirnos parte de un luto y de un carnaval? ¿Por qué nos hace sentir tan solos y tan acompañados?

Comencemos mencionando un reciente hecho vergonzoso: la utilización de una canción de Víctor por parte de un partido de derecha en la campaña por el Rechazo. Ante la indignación y las acusaciones, algunas de las respuestas de la UDI fueron que aquella frase, patrimonio de todos, expresa una máxima que es ajena a toda ideología política, ya que únicamente nos habla sobre algo tan básico como la seguridad. Esta respuesta es sorprendente. Y tras su ridiculez y su descaro se ejerce una violencia simbólica que, veremos, nos arrastra a los asuntos del tiempo, los seres y la memoria.

En un primer punto, la utilización de esta frase es una tosca inversión del espíritu “comunitario” que anima la canción original. La paz del “derecho de vivir en paz” es, para Víctor, la paz del hombre con el hombre –para usar una frase clásica– expresada en una forma de comunidad que reconoce a todo ser como coexistiendo con los demás. Para la derecha, por el contrario, aquella “paz” es la seguridad militarizada frente a la imposibilidad de dicha comunidad, es más bien la paz de un sórdido Leviatán en donde atomizados y celosos individuos deciden asociarse para sobrevivir. Dos esquemas incompatibles, cuya diferencia radical intenta ser eliminada por una colorida e higiénica campaña.

En Mitologías (1957), Roland Barthes nos explica que los mitos son violentas técnicas de significación que tienen como objetivo apropiarse de significantes ricos en sentido, neutralizarlos, y en aquella operación verter un significado ideológico, un concepto, que debe tener como característica ser natural e incuestionable, es decir, ser mitológico. El mito –el de la supuesta esencia de una raza, nación o corpus moral– es una función de segundo grado, es decir, de manera parasitaria: se infiltra en un signo o imagen que le pueda ser útil, lo habita, y lo flexiona para que sostenga y valide lo que él desee. A través de la mitologización, algo histórico y contingente se hace pasar como natural. 

De esta manera, por ejemplo, podemos analizar la violencia ejercida en este lugar. La derecha, incapaz de producir sus propios signos, fagocita otros: si el significante “El derecho de vivir en paz” históricamente refiere a un significado particular (una mixtura entre los procesos revolucionarios, su estética y sus promesas), el ejercicio de la derecha burguesa consistirá en poblar con un nuevo significado aquel significante para todos válido. Así, en un nivel político y semántico es innegable que “el derecho a…” es una máxima incuestionable, respecto al cual nadie puede estar en desacuerdo, pero la paz que propugna la derecha es la que mutila y dispara a quien no tiene derecho a ella: a quienes niega y excluye, como a Víctor. Dolorosamente, en la misma frase en donde rebosa la plenitud artística de la música de Víctor, nos vemos arrastrados hacia un discurso ideológico que comprende la “paz” en términos individualistas y securitarios, una paz sin historia, sin pasado ni futuro: la paz que destellan las mercancías en las vitrinas.

En un segundo punto, si podemos resumir lo anterior como el problema de la violencia simbólica —un problema entre otros, que este breve texto no puede asumir—, aún queda preguntarnos por qué esta frase, hoy, resuena más que nunca, indicando un horizonte de sentido en el que nos identificamos. En este punto debemos hablar de melancolía y espectros.

En Melancolía de izquierda: marxismo, historia y memoria (FCE, 2018), Enzo Traverso nos exhorta a reflexionar acerca de cómo la melancolía aparece como un sello de la “cultura de izquierda”, entendiendo por ella un heterogéneo conjunto de movimientos que han luchado por cambiar el mundo que habitamos a partir de un principio de igualdad. Implicando esta heterogeneidad una sumatoria de posiciones estéticas, pasiones y modelos utópicos. Una cultura que posee por ello una compleja memoria, marcada por hitos, victorias, pero sobre todo por las derrotas. La dificultad de recordar a los caídos, sumado a los errores que tiñen de imposibilidad un porvenir, vuelcan a quien observa –o escucha– esto en una profunda disposición melancólica: la perspectiva de un presente fragmentado.

Ahora bien, fuera de permanecer atrapados en la evasión del pasado o una terca retórica revolucionaria, a lo que Traverso nos invita es a utilizar la melancolía como un prisma para comprender la compleja historia de las luchas sociales, a modo de ver en ellas una potencia que nos disponga en un paradójico estado de duelo y militancia. Una crítica melancólica, así, es la forma de entender el pasado como “una constelación de emociones y sentimientos que envuelven una transición histórica, [la crítica melancólica es] la única manera en que la búsqueda de nuevas ideas y proyectos puede coexistir con la pena y el duelo por un reino perdido de experiencias revolucionarias”. Y bien, la música de Víctor es profundamente melancólica, críticamente melancólica.

Melancolía que permea justamente en “El derecho de vivir en paz”: canción que colmó las calles del país durante las noches de octubre pasado, esbozando la marca del temor y la esperanza, el duelo por los caídos y los que caerán; como si la lucidez sólo pudiese coincidir con el signo de Saturno. De hecho, la figura misma de Víctor, con su característica cercanía y sonrisa, figuró como un emblema dibujado en las calles; apareciendo no como un héroe patrio, monumental, sino como un compañero caído, sombra de otros compañeros. Porque es la melancolía, creemos, una de las notas características del trabajo de Víctor Jara: aquí, el sonido de niños, allá un perro, los ruidos de una protesta, de un trompe o una percusión latinoamericana, o bien los acordes menores y a ratos disonantes, en donde una voz decae para lanzarse pronto en un espiral de ritmo. En la música de Víctor los fantasmas de los caídos cobran voz, rumor y ritmo: acogidos en un acorde tensado hacia el porvenir.  

Y así. Porque “El derecho de vivir en paz” no es un slogan o una fórmula de campaña: es una canción. Y la música, a diferencia de la sentencia escrita, es movimiento y simultaneidad, es una experiencia distinta del tiempo —lo que precisamente la derecha burguesa intenta neutralizar a través de una campaña ante todo estática, con sus flashes, colores y frases simplonas—. De modo que en el momento en que ella es entonada, tarareada o incluso recordada, una rememoración tiene lugar. En las calles de octubre o en las habitaciones cerradas durante este día conmemorativo, la figura de Víctor aparece –siguiendo el razonamiento de Derrida– como un espectro. Él no es el dato, o un ítem, de una memoria mecánica, sino que es una memoria que nos habita, nos asedia. Es una herencia que hemos de asumir, una ausencia presente, que podemos conjurar o bien recibir. “¡Víctor vive…!” no es recurso retórico: es la evidencia de que el presente está siempre fracturado, enviado al futuro y al pasado.  

Un espectro que refleja a otros espectros –cientos, miles de ellos–, difuminando los años. Un espectro que se acerca y nos susurra una palabra. Una. Como un caparazón donde surgen tormentosos rumores: comunismo.