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Márgenes capitalizados: una posible respuesta del trap a la vida capitalista

Si la música popular representa la identidad, los valores y los márgenes de la vida de un pueblo, cabe preguntarnos por aquellas expresiones musicales nacientes cuya ruptura y quiebre, sin olvidar su herencia, abren nuestro presente hacia nuevos horizontes de sentido.

“Márgenes capitalizados: una posible respuesta del trap a la vida capitalista”, es un texto que nos invita a pensar la relación entre la herencia de nuestro pasado, el dinamismo de un pueblo y el trap. Bajo la hegemonía del capital, la necesidad de fugas y lugares de encuentro adquieren la forma de una toma de posición política.

N. V.

Quisiéramos comenzar con dos citas que parecen ser contraintuitivas en relación con el título de esta columna, pero que rescatan cierto espíritu de lo que podemos llamar música popular: la identidad, los valores y los márgenes de la vida de un pueblo. Raúl Zurita, en el prólogo al libro Desde mi cuarto (2005), del dúo folclórico Quelentaro, decía, “Su música no solo representa la forma más profunda de entender nuestra pertenencia latinoamericana, sus valores, sus sueños, sus recuerdos, sus derrotas, sino algo que trasciende al tiempo. Tal vez, porque nos está mostrando aquel punto central que se mantiene intacto, no tocado, sean cual sean los avatares de la historia, del tiempo y de la vida”. Unos años más tarde, uno de los integrantes del grupo, Gastón Guzmán, expresaba su propia definición del folclore, entendiéndolo como las “expresiones que vienen dentro del niño, y que el tiempo hace madurar, donde su pensar madura en coplas y en cantares (…). Y todo este gran caudal de modos, aires y decires, le pone borde al alma de un pueblo” (2013).

Si lo que llamamos música popular supone la representación de las tradiciones y la vida de un pueblo, hay que entenderla en su carácter histórico y por lo tanto dinámica. Esto no significa un rechazo al pasado, sino, la apertura a un presente cargado de herencia. Si lo popular y sus condiciones dependen del mismo desarrollo del entorno, es natural que sus representaciones artísticas tengan una lógica de constante cambio. Antes, era posible asociar el folclore o la música popular tanto con la tradición de un Chile campesino o con La Nueva Canción Chilena. Hoy, lo popular involucra nuevas caras, nuevas realidades. Ya no es el imaginario rural lo que se nos viene a la cabeza con la palabra popular, ni tampoco vemos un panorama musical que busque explícitamente dar voz al oprimido, con un fuerte compromiso revolucionario, como antaño. La música, al igual que nuestras vidas, han sido atravesadas por un sistema que busca excluir toda imagen que se le oponga. Sin embargo, y de la mano con la tecnologización de nuestras vidas, han surgido distintas expresiones que buscan habitar y representar la vida de los márgenes precarizados del sistema.

Es desde esta diferencia, esta distancia, que se nos llama a repensar nuestra música, a reflexionar cómo nuevos géneros, que no responden tan solo a creaciones de la industria, representan una posición dentro del panorama cultural y político. Es así como pretendemos decir algunas cosas sobre el trap, germinado y producido más en conflictivas poblaciones que dentro de los planes de los grandes sellos discográficos y plataformas de streaming transnacionales. 

En Chile, nos encontramos con una escena marcada por la influencia del trap español y estadounidense, el mambo dominicano y la colaboración constante con artistas internacionales. Una escena que se ha posicionado con gran visibilidad dentro del panorama musical nacional, alejado de las formas tradicionales de producción y que sus líricas buscan reflejar la vida de las poblaciones, el consumo de drogas, el camino delictual, la cárcel, como también sus aspiraciones. Si bien no es posible abordar todas las aristas de esta expresión, nos gustaría recalcar algunos aspectos respecto a su imaginario y sus alcances políticos.

El trap se nos presenta como el relato de las experiencias de ciertos márgenes. Márgenes que son necesarios y producidos por el mismo capitalismo, pero que son excluidos de su cuerpo social. Nos habla de vidas que están en un constante juego entre el adentro y el afuera, condenadas a vivir lejos de los centros urbanos y los beneficios sociales, pero que se les promete que a medida de su esfuerzo podrán escapar de ahí. Sin embargo, reconocen con lucidez lo ficticio de estas promesas y renuncian a la fantasía del “ascenso social” por medio del esfuerzo del trabajo formal y las pautas sociales: saben que detrás de estas promesas recae la sistemática reproducción de sus vidas. Si bien rechazan este camino, no renuncian a los ideales propios del capitalismo, el dinero, el ocio y el lujo, de esos objetos que el mismo capital promete como recompensa frente a la obediencia de sus normas, sino que buscan formas de evadir sus pautas para poder adquirir estos beneficios. No existe una renuncia al lujo, sino al supuesto camino para alcanzarlo.

Esta vía alternativa al lujo está marcada muchas veces por la ilegalidad, parece ser una constante el relato en torno al tráfico de drogas, el robo y la criminalidad. Para salir de una vida marcada por la carencia, se asume el peligro. Es por esto también el que en muchos casos se identifique aquí un discurso anticarcelario, pidiendo la libertad a de presos, y recordando constantemente a los muertos. ¿Los muertos de quién? Es sabido que lo que conocemos como sistema judicial cumple la misión de reproducir la pobreza y las diferencias sociales, más que en la “justicia como tal”. El preso siempre es el pobre, no solo como un slogan, sino que en sus propias experiencias, ya sea en el Sename o la cárcel. Y en esto, justamente, es posicionada la música y la construcción de toda una escena propia, autónoma de toda directriz de la industria. Otro camino posible. Es por esto que nos encontramos frente a un género prolífico y de crecimiento explosivo. 

Es en este sentido que también reconocemos una reivindicación de valores alejados del individualismo y la competencia que asociamos a la vida capitalista. Ante la individualidad, el encapsulamiento y la ausencia de vida común, rescatan el apego a la comunidad, la retribución con el barrio, la amistad, la familia y la lealtad. En otras palabras, se rescata la vida que aún podemos encontrar en algunas poblaciones, y que se opone a las lógicas que encontramos en los barrios con nombres grandilocuentes y los sectores con más recursos que asimilan sus vidas con las normas sociales del capital. La búsqueda no es tan solo de fines materiales, sino también de vivir de otra forma, en donde la comunidad sea rescatada del olvido, en donde valores como la solidaridad y el compañerismo no sean vacíos. Es así como, de la mano del desarrollo musical, han surgido distintas instancias que buscan potenciar estas lógicas, como por ejemplo, la Coordinadora Social Shishigang o la plataforma de difusión musical PRIMO, que buscan el fortalecimiento de este tipo de espacios.

Para finalizar, quisiéramos retomar y reformular las palabras de Zurita y Guzmán. Vemos en estas expresiones musicales la representación de nuevas pertenencias, de sus valores, sus sueños, sus recuerdos y sus derrotas, ya no de una esencia intacta, atemporal, sino de un presente atravesado por su propio pasado, por los avatares de la historia, del tiempo y de la vida. Expresiones de niños excluidos, que al madurar nos presentan los nuevos cantos, que muestran los bordes del alma de nuestro pueblo. Si bien sabemos que el trap no es el único representante de la nueva música popular, consideramos relevante su reconocimiento como parte de esta, lejos de la burda imagen que busca el vaciamiento de su contenido.