Entre la catástrofe y la técnica: serenidad en tiempos de crisis global

Álvaro Muñoz Ferrer

El próximo 30 de octubre se conmemoran 65 años de Serenidad, la célebre alocución pronunciada por Martin Heidegger a propósito del natalicio del compositor alemán Conradin Kreutzer. Con la palabra Serenidad, Heidegger buscaba describir una actitud frente a la técnica moderna que nos permitiese, a la vez, servirnos de los objetos técnicos e impedir que estos terminasen devastando nuestra esencia. 

Pero, ¿por qué nuestra relación con la técnica moderna podría “devastar nuestra esencia”? Para comprender esta advertencia primero debemos entender la visión de Heidegger sobre el pensar. De acuerdo al pensador alemán, existen dos modos de pensamiento: el pensar calculador y el pensar meditativo. El pensamiento calculador es propio de la técnica y nos permite planificar y proyectar en base a lo medible. El meditativo, por otro lado, nos exige de un mayor cuidado y entrenamiento. Sin embargo, esto no significa que se trate de una reflexión elevada. Es suficiente, dice Heidegger, “con que nos demoremos en lo próximo y reflexionemos en lo más próximo, en lo que a nosotros, a cada cual, aquí y ahora nos atañe”. Es decir, la reflexión meditativa no es exclusiva de la academia o de la filosofía, sino que consiste en un detenimiento contemplativo al interior de la cotidianidad que cualquiera, a su manera, puede seguir. Habiendo hecho esta distinción entre el pensar calculador y la reflexión meditativa, la advertencia heideggeriana comienza a cobrar sentido: el peligro reside en el hecho de que la técnica moderna puede disponernos de tal modo ante ella que, deslumbrados(as) por su impresionante despliegue, podríamos abandonar la reflexión, reemplazándola por el cálculo como única opción válida del pensar.

Ahora bien, dado que, para Heidegger, lo propio del ser humano es su capacidad de reflexionar – “el hombre es el ser pensante, o sea reflexivo”, dice el filósofo alemán –, lo anterior supone un riesgo ontológico: al desaparecer la meditación, es la esencia del ser humano la que se ve amenazada. He ahí el problema y es en vista de aquello que Heidegger nos invita a cultivar una actitud de serenidad para con las cosas, pues, de este modo, podemos relacionarnos con la técnica moderna manteniéndonos desembarazados(as) de ella. Esta actitud, junto a una apertura al misterio – esto es, un permanecer atentos(as) a lo que yace oculto tras la técnica –, nos permitirá retornar al pensar meditativo incluso en medio de la amenaza técnica, pues nos devuelve a aquello que nos define en cuanto que seres humanos: nuestra capacidad de reflexionar. 

Si bien Heidegger tenía en mente la ciencia atómica en su discurso, nos parece necesario recuperar su reflexión para analizar el avance tecnológico contemporáneo y así constatar que su advertencia adquiere, en los tiempos que corren, una vigencia indiscutible. 

En efecto, la pandemia de enfermedad por coronavirus ha forzado una modificación acelerada de la vida en torno a la presión por conservar la productividad y, en consecuencia, nos hemos visto en la aparente necesidad de intensificar nuestra relación con la tecnología para construir nuevas normalidades. Aquellos(as) que tienen la posibilidad de trabajar a distancia, han visto sus vidas particulares fusionadas con la vida laboral: el hogar es ahora el lugar de trabajo y esto supone un conflicto físico-temporal, pues las jornadas laborales ya no acaban con el abandono del lugar de trabajo, sino que se dilatan en base a una conectividad incesante. En tal sentido, la conectividad permanente y el agotamiento físico y mental que ella conlleva expulsan de nuestras vidas la posibilidad de la reflexión. Por otra parte, la urgencia por retomar aquello que denominábamos “normalidad”, junto con las crecientes carencias afectivas y materiales propias del distanciamiento sanitario y la precariedad del progreso capitalista, parecen condenarnos inevitablemente a la irreflexión. 

Posiblemente la postergación del pensar meditativo sea una consecuencia insalvable mientras la vida esté sometida al riesgo del contagio, pero, ¿qué hay del porvenir? ¿qué ocurrirá con el mundo post-pandemia? ¿volveremos atrás o esta nueva relación con la tecnología devendrá normalidad? A la luz de la advertencia heideggeriana, podríamos caer en la tentación de pensar que las respuestas a estas preguntas no serán esperanzadoras. Más aún, es posible que nos aproximemos hacia una huida más permanente del pensar reflexivo y aquello, por lo que hemos expuesto, agudizará notablemente el riesgo ontológico diagnosticado por Heidegger. Sin embargo, como afirma Hölderlin, la salvación emerge del peligro y, como aclara Heidegger, con peligro no nos referimos a un peligro casual, sino que a el peligro; aquel que amenaza a nuestra esencia y que, en un futuro que vislumbramos como altamente tecnologizado, alcanza su grado mayor. En otras palabras, la pandemia y sus consecuencias amenazan con aumentar el riesgo esencial al que está sometido el ser humano en la era de la técnica moderna, pero aquello representa también su oportunidad de salvación. 

La humanidad del mundo post-pandemia, entonces, deberá enfrentarse a un dilema trascendental: o tiene la capacidad de volver sobre aquello que la define o deviene engranaje de una maquinaria que avanzará con destino insospechado. Con Heidegger, entonces, la invitación debe ser al cultivo de la serenidad en vistas de lo que depara el futuro. Debemos aprender a tomar distancia de la tecnología con aristotélica prudencia para evitar el defecto de rechazarla completamente y el exceso de permitir que nos absorba de manera irreversible. 

¿Es lo anterior posible? Creemos que sí. Nos inspiran Hölderlin y Heidegger, pero también Sartre y su caracterización del ser humano como el ser capaz de superar aquello que lo determina. Somos lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros(as), dice Sartre en Crítica de la razón dialéctica. Si a esta capacidad constitutiva de lo humano la dotamos de una actitud de alerta ante los avances invasivos de la tecnología, nos parece que es posible vislumbrar un porvenir que albergue en el peligro la posibilidad de salvación. A esta capacidad la denominamos superación en serenidad, pues implica una praxis superativa y una actitud de alerta reflexiva ante los embates tecnológicos. El arrojo hacia la acción tan típico de la filosofía sartreana y la actitud contemplativa propia del pensamiento heideggeriano aparecen como insumos intelectuales imprescindibles para un desafío sin precedentes. 

El primer paso de lo propuesto será, paradójicamente, un freno: debemos detenernos hoy, a contrapelo de la urgencia impuesta por la vorágine productiva y la exigencia distópica de un retorno a una normalidad imposible en medio del caos viral, para volver sobre nosotros(as) mismos(as) y pensar meditativamente el futuro. Luego vendrá la difícil – aunque distintiva de lo humano – tarea de superar aquello que la pandemia y sus consecuencias harán de nosotros(as).