No es dignidad es imaginación

Ivana Peric M.

La mirada de los comunes

Si en Chile estamos ad portas de un inédito plebiscito es producto de la acción coordinada de millones que colmaron las calles mostrando que otra forma de relacionarse es posible. Aunque se inserte en una cadena de manifestaciones significativas tales como las estudiantiles del 2006 y del 2011, esta tiene el potencial de ser recordada como el hito más importante de la breve historia de este país después del triunfo de Salvador Allende.

Parte importante de lo que distinguió al proyecto de la Unidad Popular fue apostar por la vía democrática para hacer carne el imaginario de una creciente izquierda transformadora. Lo que, sin lugar a duda, exigió abandonar las fórmulas heredadas de los así llamados “socialismos reales” para crear algo nuevo con marcado tinte nacional-popular. Para la consecución de dicho objetivo no sólo fue necesario poner el derecho a su servicio, como célebremente hiciera Eduardo Novoa Monreal, sino que producir un vínculo indisoluble con el mundo cultural. Una muestra de ello fue la construcción del emblemático edificio ubicado al centro de Santiago, el actual Gabriela Mistral (GAM), objeto del filme Escape de gas (2014): tras 275 días, gracias al notable compromiso en el que se encontraron en pie de igualdad obreros y obreras, arquitectos y artistas, se inauguraba una obra que anticipaba los tiempos por venir. Fue una señal de tanta potencia que luego del golpe de Estado se transformó en la sede de la Junta militar que deliberadamente borró toda marca de aquel revolucionario esfuerzo artístico popular.

Ese vínculo indisoluble entre política y cultura está también presente en Ahora te vamos a llamar hermano (1971) de Raúl Ruiz. El filme muestra la visita de Salvador Allende a la Araucanía luego de que se dictara la primera ley indígena que, entre otros asuntos, estableció un procedimiento de restitución de tierras para ser administradas colectivamente por las comunidades indígenas. En tan sólo 13 minutos Ruiz nos permite ver que la posibilidad de hacer carne dicho imaginario se halla en el encuentro entre la singularidad de quienes hablan su propia lengua, el mapudungun, y aquel rostro imponente en el que está impreso un proyecto original que por primera vez los considera. Ni la épica de un pueblo homogéneo que avanza por las Alamedas como sujeto a una coreografía, ni un líder carismático que habla con la vehemencia de quien cree en algo. El pueblo aparece cuando dichas lógicas se yuxtaponen en favor de la creación de una nueva forma de mirarse a la cara. Por eso es tan importante el “ahora” que participa del título del filme: no es que con la dictación de la ley se haya constituido esa alianza viva con los mapuche, sino que sólo cuando pueden hablarle en su propia lengua a un Allende que visita sus tierras se constituye un modo de estar en común que, además, adopta la forma de un carnaval.

Con la arremetida de la Dictadura no sólo se pulverizó la posibilidad de avanzar en un proyecto nacional-popular, sino que se estableció la ominosa separación entre política y cultura. La cultura pasa a ser vista como un espacio de divertimento importado que contribuye a que la ciudadanía “descanse de la política”, que es exactamente la formulación que José Merino usa para describir el objetivo de la propia Dictadura en otro filme, Pinochet y sus tres generales (2004) de José María Berzosa. En esa línea, el mismo Ruiz decía que la máquina hollywoodense persigue dominar el imaginario mundial: detrás del establecimiento de reglas para que sus películas sean entendidas sin importar las fronteras y a las que también se someten los y las cineastas inmigrantes, se esconde la finalidad de reducir la imaginación a una forma unívoca negándole lugar a la experimentación. El cine se convierte entonces en un mero producto industrial de entretenimiento disponible para su fácil consumo. Ruiz se resistió a ese modelo narrativo hegemónico que obliga a que todos los elementos de una historia se ordenen alrededor de un conflicto entre quien quiere algo y otro que no quiere que lo obtenga, oponiéndole en el autoexilio el anudamiento de imágenes heterogéneas capaces de jugar con el ritmo del pensamiento.

Más allá de los esfuerzos desplegados, la Dictadura logró instalar silenciosamente esta funesta separación que tiene como resultado otra muerte: la de la imaginación que había sido el motor de la Unidad Popular. Lo que dio lugar al absurdo de ser testigos de una transición inmóvil, incapaz de crear una forma distinta a la heredada por el régimen cívico-militar. Frente a esto se podría decir que, a cincuenta años del triunfo de Allende, a partir de octubre se abrió la posibilidad de recuperar eso que nos habían expropiado, de volver a imaginar otro mundo posible. Lo que quiere decir, con Ruiz, que se retomó consciencia de la importancia de las formas. De hecho, él se resistía a que se le aplicara la categoría “autor” (algo obstinadamente, hay que decir) porque para él encerraba el riesgo de ser reducido a una única fórmula de hacer las cosas de manera tal que si se desviaba de ella dejaba de ser autor. Cuestión que se vincula con el énfasis que se ha puesto precisamente a la discusión sobre el mecanismo para la elaboración de una nueva constitución: el mecanismo, se dice, es indisociable de su carácter democrático. Sin embargo, no sólo debería relevarse que sean elegidos exclusivamente para aquella tarea y que el conjunto de quienes participan directamente de su redacción sea heterogéneo, sino que debe atenderse a la forma en la que en ella se distribuirá el poder.

En ese sentido, es necesario advertir el hecho que la discusión acerca del contenido de la constitución se continúa postergando como si de ello dependiera la mantención de una frágil convivencia de las fuerzas que se oponen a lo que representa este gobierno. Pero, como siempre ocurre con lo que se calla, ello es indicativo de la relevancia que tiene: bien sabido es que no es suficiente cambiar la Constitución como si su único defecto fuera su origen, que no da lo mismo cuál sea la constitución aún si se escribe “con faltas de ortografía”. Hay que notarlo porque ahí, en su contracara, está comprendida también la discusión acerca de las formas de hacer política. Con todo, el escaso debate que ha habido parece enfocarse únicamente en la que se llama “parte dogmática” de una constitución, esto es el catálogo de derechos que ella debería reconocer. Sin embargo, para que se vuelva a presentar en la constitución aquel sentido común que se expresó concluyentemente en octubre es fundamental fijar la mirada en la que se llama “parte orgánica” de una constitución. Lo que implica concentrarse en la forma no sólo que adopte el Estado y en las competencias que tengan sus tres Poderes, sino que hacer carne a nivel local y regional una redistribución radical del poder que haga probable que cada persona contribuya desde su propio territorio a la adopción de decisiones acerca de cómo vivir en común.La realización de lo anterior depende justamente de volver a ejercitar la imaginación. Porque para transitar hacia un nuevo modelo político-cultural que no esté subordinado a la economía, y en el que se reemplace la lógica de la competencia y el consumismo por la solidaridad y la cooperación no basta con mirar casos extranjeros. Si no son todas, la gran mayoría de las constituciones siguen vinculadas a la noción liberal según la cual el depositario de los derechos es un sujeto abstracto en el que, empero, parece caber sólo el hombre blanco y propietario. Pero si pudimos ser el laboratorio de un puñado que nos usó como experimento de un neoliberalismo tan extremo como único en el mundo, no hay razón para pensar que no podemos volver a experimentar, ahora siendo mayoría, un nuevo modelo político-cultural que exprese aquel imaginario que comprende la política como el modo que tenemos de estar juntas, cualquiera sea la manera singular en la que se decida vivir.