Alma nos sobra: una radiografía musical del estallido social

 

Francisco Millan G.

“No lo vimos venir”, fue la icónica frase con que la que, en ese entonces ministra vocera de gobierno Karla Rubilar, se referiría a la revuelta social iniciada el 18 de octubre del 2019. A través de esta declaración dejó en evidencia la desconexión de la clase política con la sociedad, tanto de sus carencias y sus demandas. Pero esta explosión de rabia, unión y el deseo de querer cambiar las cosas es la letra reflejada de una canción que se viene escribiendo hace casi 40 años.

Desde que el primer escolar saltó el torniquete, sonaron acordes y en internet circulaban videos de alumnos del Instituto Nacional organizados para evadir en masa el pago del metro. Lo mismo hacían las alumnas del Liceo 7 el 14 de octubre. Esta protesta ante el alza de “30 pesos” dio inicio a un acontecer nacional, y fue musicalizada con distintas canciones como “Estampida” de Ska-P y “No somos nada” de La Polla Records, pero, sobre todo, hubo una que explicaba todo y que siempre estuvo en nuestro imaginario colectivo, que es “El baile de los que sobran” de Los Prisioneros, pero,  ¿es posible pensar a Chile, nuestra idea de pueblo,  bajo una sola canción, un único himno que la represente?

El Estallido Social más allá de reafirmar diversos mensajes en las letras de cantantes y bandas ligadas a los movimientos sociales, también creó una explosión creativa y artística, en la cual la música jugó un papel clave como actor social. En cuestión de días, músicos y músicas se hacían parte con mensajes de apoyo en redes sociales, los himnos comenzaban a florecer nuevamente y versiones de antiguas canciones se escuchaban en las manifestaciones. En Valparaíso un solitario saxofonista recorría las calles sitiadas por militares entonando la melodía de “El derecho de vivir en paz” de Víctor Jara. En Santiago esta canción era versionada por artistas como Mariel Mariel, Fernando Milagros, Camila Moreno, Gepe, Gianluca, Princesa Alba, entre otros, en un videoclip aprobado por la misma Joan Jara. Mon Laferte interpretaba “La carta” de Violeta Parra, Nano Stern redactaba casi un poema diario y Tata Barahona descargaba su arsenal de canciones en una seguidilla de lives nocturnos en Instagram. En los balcones de edificios, tímidos músicos intentaban hacer lo suyo y en las marchas solitarios guitarristas peleaban por hacerse notar entre cánticos y golpes de cucharones contra ollas.

Los masivos cacerolazos nocturnos inspiraron a Ana Tijoux a poner su grano de arena en una canción apresurada, pero concisa, titulada simplemente como “Cacerolazo”. La traición y la fuerte represión ejercida por Carabineros de Chile hacia su propio pueblo, se hizo notar en “Paco Vampiro” de Alex Anwandter. Mon Laferte también se sumó a esta temática meses después con “Plata Ta Tá”. 

Todo esto nos dio una palmada en la espalda. Lo que para algunos fue oportunismo, para otros fue motivación. Pero lo cierto es que vivimos un momento apreciado en nuestra historia musical chilena, que difícilmente volvamos a ver de esta forma. Los conciertos callejeros fueron muestra de eso. El pequeño y autogestionado ciclo de conciertos denominado “Que no nos callen”, reunía en una plaza o parque a bandas y artistas como Los Jaivas, Pedro Piedra, Catana, Bronko Yotte, Princesa Alba y Polimá Westcoast, sin distinción, sin pretensiones, sin dinero de por medio, sin buenos equipos, solo corazón y esta idea en la boca de que se puede cambiar las cosas. Lo mismo se repetía en Puente Alto con Pablo Chill-E, Mon Laferte tocando en la plaza El Descanso de Valparaíso o los pequeños conciertos en la cúpula de la Plaza Ñuñoa que reunía a bandas como los BBS Paranoicos y Los Prisioneros Miguel Tapia y Claudio Narea.

Dejando fuera lo apresurado que puede ser el crear una canción a raíz de un contexto del cual aún no hay reflexión ni menos resolución, se puede dejar en limpio que la música chilena estuvo a la par con este movimiento social que explotó en un país que necesita cambios desesperados. Los y las artistas nacionales, al menos en su mayoría, siempre han estado a favor de las causas sociales y esta fue la prueba de fuego para demostrarlo.

La música chilena no fue la única que estuvo presente, tenemos distintas señales, casi políticamente correctas, de artistas internacionales. Hubo un momento en el que todo el mundo tenía puesto los ojos en Chile, y fue reflejado en las distintas imágenes de apoyo que subió Tom Morello de Rage Against The Machine, también en Alex Kapranos, de Franz Ferdinand, que escribió en su Twitter “Mi corazón está roto por Chile”. Por otra parte, Roger Waters enviaba un fuerte mensaje y grababa un solitario cacerolazo con un atardecer de fondo. Faith No More enviaba su apoyo con una foto en su Instagram y en Disonantes.cl, Trurston Moore, de Sonic Youth, dedicaba palabras enviando su energía y cuestionándose: “Los músicos y artistas que estamos aquí, ¿qué podemos hacer?”

Por otro lado, tenemos lo mucho que dejó estos meses de manifestaciones pre-pandemia con la masificación, incluso internacional, de la figura del perro Negro Matapacos. Resulta casi obvia la cantidad de bandas, colectivos y canciones que ocuparían este nombre o harían alusión al can. El ejercicio es fácil: solo basta con buscar en YouTube “Matapacos” y nos veremos enfrascados en un viaje alucinante por bandas de punk, trap, cueca chora, indie, pop, reggaetón y cumbia que han hecho homenaje a este perro que representó a miles de manifestantes durante el estallido social.

No es nuevo que todo movimiento social necesita una banda sonora, una imagen y representatividad. Pero la que tuvo el estallido social del 18 de octubre, no tiene canción, himno o imagen específica. Es diversa y multitudinaria, no se encasilla, no suena a nada específico, no hay ningún artista que se represente por sobre otro u otra y no tiene un estilo o género musical, sino que los tiene todos. Es una banda sonora que suena profesional y principiante, es famosa y emergente, es de Chile e internacional, es ese pequeño impulso que logró paralizar a un país completo y que marcará un antes y un después en nuestra historia.