«Que lo inesperado sobrevenga»: apuntes para una ficción poética

Simón López Trujillo

Una mariposa de campo, controlada por el parpadeo nacional de sus alas,

vino hasta el borde de mis uñas rojas y allí depositó un huevo de sueño. 

Winétt de Rokha, Oniromancia

En esas primeras semanas del estallido, quizás las más oscuras, cuando bajo el toque de queda los rumores anunciaban centros de tortura en Baquedano, violaciones en comisarías y cuerpos calcinados y baleados por militares en una bodega en Renca, el único libro que pude leer fue Perspectivas sobre la metáfora de Juan Rivano. Esta obra del notable y subvalorado filósofo chileno —hermano mayor de aquel paco escritor que vendía libros a Pinochet— estudia el uso de la metáfora en la historia de la ciencia y la filosofía, donde el lenguaje metafórico cumple un rol fundamental pues, entre otras funciones, nos permite «nombrar lo que no tiene nombre»[1].

Leer sobre metáforas me parecía útil en aquellos días de absoluta incertidumbre, donde la razón estaba siendo literalmente cegada a tiros en las calles, pues pensar se me había vuelto un acto nebuloso y opaco, de senderos interrumpidos. Aun así, mantuve mi esperanza en la «imaginación», en el sentido y la importancia que Immanuel Kant le otorga a esta facultad: «aquella raíz común entre la sensibilidad y el entendimiento», cuya «síntesis trascendental» cumple un rol clave en la deducción de las categorías del entendimiento[2]. Pero también en términos del imaginar como capacidad metafórica, en tanto ficción dislocada y arrojada fuera del presente. Es decir, como esa potencia que tiene la literatura para, siguiendo a Ricardo Piglia, «abr[irse] paso a la incertidumbre de los hechos y la aspiración al sentido». Ya que, como reconoce Piglia, esta sería una herramienta crucial para hacer frente, en contextos de urgencia, a la imposición vertical de lo que se considera como cierto, de lo que se nos obliga a entender por «normalidad»:

Es imposible admitir una sociedad donde la imaginación esté clausurada y donde el principio de realidad se imponga de modo absoluto. Habitualmente hemos definido así a los regímenes totalitarios y la novela —desde el Quijote— ha mostrado la resistencia de lo imaginario frente al autoritarismo de lo establecido [3].  

Con el tiempo, soy cada vez más dado a la idea de que, si la literatura es capaz de pensar según sus propios términos, lo hace precisamente mediante esta facultad imaginativa. Pues la metáfora, ese «artificio para ver algo en términos de algo diferente»[4], suele ser aprovechada por escritoras y escritores cuyas obras se sumergen en otra sintaxis del lenguaje, en otro impulso para rastrear los mundos posibles que se abren en la oscuridad fértil de la imaginación.

De cierto modo, lo anterior guarda relación con el «mesianismo» que el crítico argentino Dardo Scavino encuentra en el Ariel de José Enrique Rodó. Releyendo esta obra de fines del siglo XIX —donde el autor uruguayo se enfrentaba a la tarea monumental de buscar un modelo de modernidad distinto al del imperialismo norteamericano que cernía su sombra por América Latina—, Scavino reconoce la siguiente paradoja: si es que pensamos «a partir de las ideas, los conceptos o las estructuras mentales de nuestra época histórica», pensar un futuro distinto al que ellas nos indican implicaría, entonces, esperar algo que no puede esperarse. Así las cosas, proponer un porvenir distinto al del capitalismo sería un acto mesiánico, un hecho inalcanzable pues, precisamente, no sabemosaún cómo hacer para alcanzarlo: «la paradoja del mesianismo arielista consiste entonces en que esperamos lo inesperado, y esta es, para el escritor oriental, nuestra principal esperanza: que lo inesperado sobrevenga»[5].

De cierta forma, el mesianismo sobre este futuro realmente distinto tiene mucho que ver con nuestro actual momento constituyente. Pues el esfuerzo por concebir un país fundado en bases más dignas, contrarias a las del neoliberalismo impuesto en dictadura, comienza precisamente desde una tarea antes que racional, imaginativa, y, si se quiere, profética y poética, como propone Scavino:

Profetizar significa inventar o crear. Hay un pensamiento riguroso apto para estudiar objetivamente lo que existe. Pero hay otro pensamiento —poético, genético, innovador— capaz de hacer aparecer aquello que no existió nunca. Los profetas de Rodó no son quienes logran adivinar hacia dónde se dirigen las rutas de hoy; son quienes abren las nuevas[6]

Pienso que al igual que la demanda por un futuro distinto que se reclama a viva voz en cada confín de nuestro territorio, la literatura debiese tomar la posta de este mesianismo y escribirse confiando en su capacidad de profetizar las nuevas rutas. Releídas ahora, quizás las interminables manifestaciones en Sumar de Diamela Eltit hayan avizorado fugazmente el temple que vimos en las calles desde el octubre pasado. Tal vez Carlos Droguett, cuando en 1939 publicó Los asesinados del Seguro Obrero, haya presagiado la violencia inhumana que el gobierno de Sebastián Piñera —el «asesino de turno»— desataría contra el pueblo chileno tras haberle declarado la guerra: «Y matar, además y especialmente el ojo, puntualmente cada ojo, pues uno solo es sarcástico, folclórico, agorero, matar, pues, sin asco los dos ojos y todo el ojo, porque el ojo es el hombre, es la parte del ser que contiene más cantidad de hombre»[7].

En tiempos como los que nos interpelan, me parece que la ficción debiese ir en contra de aquel “realismo ingenuo” —en tanto actitud filosófica— donde el mundo y sus historias son algo dado por el sentido común. Pues, como bien señala Cynthia Rimsky, los personajes de una novela se llenan de «humanidad» y «sensibilidad» precisamente cuando son abordados por «un trabajo formal que le cambia el signo a lo real»[8]. En parte, esto implicaría defender cierta «ficción poética» —por llamarla de algún modo— en la novela. No en el sentido de abordarla como si fuera un poema, sino en términos de recuperar para el lenguaje narrativo lo que Friedrich Schelling entendía por poetizar: «Aquella capacidad productiva (…) por la que el arte llega a lo imposible, a saber, a superar una oposición infinita en un producto finito». Pues, para el romántico alemán, «poetizar en su primera potencia, es la intuición originaria, y a la inversa, la intuición productiva que se repite en la potencia suprema es lo que llamamos capacidad de poetizar. En ambas es activa una y la misma capacidad, la única por la que somos capaces de pensar y reunir lo contradictorio, la imaginación»[9].

En fin, me refiero, errática e insuficientemente, a la necesidad de ir más allá de contar una historia, de esperar más que la mera sucesión de acciones entre personajes, sin importar la distancia entre estos y la historia vital de quien escribe. Me refiero, intento hacerlo, a comunicarse en la escritura con un lenguaje que nos excede. A regresar, coma por coma, quiebre a quiebre, hasta esa «síntesis trascendental» donde, a la manera de un sueño, se hacen posibles los conceptos e ideas con que configuramos la realidad. 

Un año después del estallido, tengo la suerte de aún poder escribir y pensar estas líneas aproximadas, la fortuna de ser capaz de leer y preguntarme: ¿cómo nos haremos cargo de esos cuatrocientos ojos desgarrados? Pienso que la ficción podría ayudarnos a imaginar el rumbo hacia una propuesta. Por ello, vuelvo ahora a Plasma de Guadalupe Santa Cruz, a Los deshabitados, esa obra maestradel boliviano Marcelo Quiroga Santa Cruz, a Los perplejos de Cynthia Rimsky, a La resta de Alia Trabucco, a Nancy de Bruno Lloret, a Pedro Páramo de Juan Rulfo. Novelas que a ratos parecieran no ir hacia alguna parte, pero que, mientras tanto, nos detienen en cadencias donde la metáfora cobra una dimensión y densidad que refresca la sintaxis lógica, desordenando el mundo para ayudarnos a pensarlo e imaginarlo desde otra perspectiva, haciendo esperable aquel futuro donde vendrán las ideas para recoger el rumbo y saldar las metáforas pendientes.


[1] Juan Rivano, Perspectivas sobre la metáfora, Santiago: Universitaria, 1986, p. 30.

[2] William Álvarez Ramírez, «Las formas de la imaginación en Kant», Praxis filosófica, no. 40, enero-junio, 2015, p.35.

[3] Citado en Vicente Undurraga, «Sí ficción», Guion Bajo, 28 de mayo de 2020. Disponible en: http://letras.mysite.com/vund300520.html.

[4] Rivano, p. 36.

[5] Dardo Scavino, «El Mesías de Rodó o la figura de una modernidad alternativa», Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, no. 77, primer semestre de 2013, p. 221.

[6] Scavino, p. 222.

[7] Carlos Droguett, Los asesinados del Seguro Obrero, Santiago: Tajamar editores, 2019, p. 58.

[8] Pía Gutiérrez, «Cynthia Rimsky, escritora chilena: la forma como un móvil», El Desconcierto, 25 de abril de 2017. Disponible en: https://www.eldesconcierto.cl/2017/04/25/cynthia-rimsky-escritora-chilena-la-forma-como-un-movil/

[9] Citado en Álvarez, p. 37.