Categorías
18/interrupciones sensibles Espacio crítico

Para acabar con el juicio de Estado. (Apuntes para una lectura hacia la KLLE)

Nicolás Slachevsky

1.

Fines de noviembre del 2019: “LA POESÍA ESTÁ EN LA KLLE”. A un mes de producido el “estallido”, un mes de su desencadenamiento en los subterráneos del metro de Santiago y su irradiación por las calles del país, la consigna escrita en letras blancas y K negra sobre lienzo rojo, exhibida en el frontis de la Biblioteca Nacional, ponía de manifiesto una especie de paradoja. La institución libresca más importante del país, el lugar donde todo lo que se ha escrito y publicado en Chile es guardado y archivado, parecía súbitamente reconocer que algo de su propio interior la había abandonado, y que ahora la poesía no era tanto lo que estaba consignado en la ilustre sección homónima de su catálogo, sino otra cosa que la desbordaba por completo: aquello que tenía lugar inmediatamente afuera de sus puertas, a comenzar desde las mismas escaleras del edificio. 

Al mismo tiempo, la consigna tenía la audacia de decir otra cosa. Que ahora no sólo la calle era el verdadero territorio de la poesía, sino también la palabra o al menos esa palabra: la poesía está en la calle KLLE. Más que una transgresión tipográfica, el gesto exhibía una fisura abierta en las condiciones del habla; un quiebre entre lo que se guarda escrito entre los muros de una institución nacional y aquello que circulaba como forma de textualidad en las calles. La palabra ya no se bastaba con ser declarativa, sino que en su propia superficie exhibía la marca de su efectividad: la potencia de una verdad que comenzaba por un lugar de enunciación y su forma situada de nombrar. 

2.

Una de las cosas que empezó a quedar al descubierto con la irrupción de la revuelta en Chile, fue el agotamiento de las narrativas promovidas por el Estado. Signo quizás del debilitamiento del aparato constitucional en tanto ficción reguladora de la gubernamentalidad post-dictatorial, la evidencia parecía señalar que algo comenzaba a hacer secesión en el terreno del lenguaje. Así, mientras la ficción paranoica de la intromisión extranjera (o invasión alienígena), el relato psicótico del presidente insinuando haber participado de las manifestaciones en su contra, las invocaciones neuróticas de la clase política a la paz social o el tratamiento histérico de los desmanes en la narración periodística, no dejaban de delatar la condición cada vez más enfermiza que rodeaba la situación de habla del Estado (que incapaz de subsumir el espacio social en una gramática de gobierno, se veía reducido a la única función de reprimir y silenciar); una escritura profusa presente en las calles comenzaba a dar cuenta de una verdadera “guerra de las imágenes” [1], donde lo que se ponía en disputa ya no era sólo el espacio de visibilización simbólica, sino el propio valor de verdad de los discursos operados desde el Estado. Por el espacio de unos meses, la calle como un texto diseminado y discontinuo parecía decir: la verdad es aquello que sucede por fuera del Estado

3.

La poesía está en la klle. ¿Qué significa entonces si el nombre de esa “verdad” o contraverdad presente desde la calle es el de Poesía? La palabra no es casual, y quizás menos en un país como Chile donde la idea de poesía, tempranamente inculcada por la enseñanza escolar, nunca ha dejado de suponer una relación ideal con el Estado mediada por el prestigio de los grandes nombres (mal que mal, Chile es un “país de poetas” y no específicamente de la poesía). Extraída de la institución de la biblioteca y proyectada hacia la calle, sin embargo, el nombre de la poesía parecía designar otra cosa que la especialidad de los poetas. Si practica textual, una antes inscrita en el cuerpo de la letra que en el prestigio de un oficio: la de “calle” escrita con k, la de palabra anónima, la de página kllejera. Pero quizás también junto a ella, otra cosa, un nombre para aquello mismo que estaba teniendo lugar en la calle: lo que está en la calle es la poesía.

4.

Un viejo dicho, no del todo extraño a cierta tradición de la izquierda militante, afirma que una verdad puede siempre ser reducida a un enunciado práctico y que “el resto es poesía”. La poesía como tal suele ocupar un lugar auxiliar, decorativo o testimonial cuando no derechamente extraño en los espacios de la acción política. Justamente como resto, sin embargo, la poesía (al menos en su idea) parece entrañar siempre un recurso contra su acusación de nulidad[2], imponiéndose al pensamiento de la acción política como el espacio de las virtualidades impensadas o irrealizadas contenidas en su acontecer. Así, por ejemplo, si declarando ponerse al servicio de la revolución Breton[3] podía afirmar estar dispuesto a ir hasta la construcción de “una poesía, si es necesario, sin poemas”, insinuando ya la posibilidad de que la poesía terminara liberándose de la forma atávica del verso e incluso de la palabra para acceder a un tipo de realización revolucionaria; los situacionistas estimaban que la poesía ya había escapado completamente al imperio del poema y que ahora su destino histórico era únicamente alcanzable a través de la aventura revolucionaria, de tal modo que solo la revolución podría realizar la promesa de la poesía y viceversa –la revolución como realización del programa de la poesía: “crear a la vez los acontecimientos y su lenguaje, inseparablemente”[4]. 

El contenido de tal idea de la poesía, sin embargo, nunca puede darse por garantizado, y la afirmación de una potencia autónoma propia de la función poética parece que no estuviera exenta de peligros. Así, haciendo una revisión de las poéticas modernas de la revolución, Sean Bonney afirma que la realidad aplastante de la publicidad como poesía del capital debería quitarnos de cualquier ilusión respecto del proyecto de una poesía que pudiese actuar inmediatamente como “antimateria de la sociedad de consumo”, pues mientras sólo un verso como “ponte contra la pared hijo de puta, esto es un asalto”, del poeta Amiri Baraka, parecería poder restaurar en ciertas condiciones la potencia mágica y subversiva de la función poética (la negación del lenguaje del Estado): “sólo un idiota podría no ver que el contenido de verdad de los hechizos de la poesía publicitaria son las frases pronunciadas por los jueces […]. La realidad de la celda en la cárcel y la bala del policía han vuelto la belleza poética algo banal.”[5]

Ante la evidencia que supuso para esta percepción la brutalidad de la represión policial desencadenada desde octubre, ¿cómo seguir pensando el lugar de la poesía que está en la klle?

5.

 “Y sin embargo, prosigue Bonney, una lectura no conformista puede forzar una descarga de electrostática, un breve destello dónde todo lo que permanece inestable dentro del poema, todo lo que no puede ser reducido al simple fetichismo, es lo único que subsiste.”[6]

6.

Hablando sobre la tragedia, Ricardo Piglia asegura que el fundamento del género no habría estado tanto en la “escena trágica”, la desgracia del héroe que buscando la acción termina cayendo vencido ante la fuerza de un destino ineluctable, sino en la relación al enigma que anima la acción del personaje. La situación propia de la tragedia, dice Piglia, sería a partir de ahí la de “entender un texto bajo peligro de muerte. Una lectura en estado de gracia, pero también una lectura en estado de excepción. Nada es neutro en ese desciframiento.”[7] 

Si ya no es posible concebir una poiesis soberana que pudiera garantizar la integridad de la aventura poética ante el lenguaje de la muerte y el silencio que con la “bala del policía” busca imponer el Estado y sus múltiples verdugos; si el estado de excepción realmente se ha convertido en la regla y el peligro acecha sobre todos los pasos que se aventuran a volver a salir a la calle, interrumpiendo con su estilo judicial y su violencia de paco el texto anárquico de los cuerpos que se encuentran; la idea de ese desciframiento que no es neutro, de una lectura pasional e inestable que a la excepcionalidad de su situación busca imponer el estado gracia de su lectura situada, dibuja quizás la línea de divergencia sobre la que el acontecimiento, detenido como las imágenes dialécticas de Benjamin en el instante de ese lienzo colgado en la fachada de la biblioteca, puede seguir proyectando la autonomía de su movimiento por fuera de toda verdad de Estado. De espaldas a la biblioteca pero también desde una biblioteca, entre el horizonte abierto de las posibilidades de la calle y el de la palabra anómala que no ha terminado de deletrear su nombre, la reclamación de la poesía sigue llamando a la imaginación de octubre la promesa de la KLLE.

________________

[1] Cancino, Jorge, “Silenciar en la calle, apropiarse de la estética: la guerra de las imágenes en Chile”, Carcaj, 20 de abril del 2020. Enlace: http://carcaj.cl/silenciar-en-la-calle-apropiarse-de-la-estetica-la-guerra-de-las-imagenes-en-chile/

[2] Desde la trinchera del romanticismo, Dorothea Schlegel ya lo señalaba cuando escribía: “Puesto que es decididamente contrario al orden burgués y está absolutamente prohibido introducir la poesía romántica en la vida, más vale hacer que nuestra propia vida pase a través de la poesía romántica; ninguna policía ni ninguna institución de educación puede oponerse a ello”. Citado en: Lacoue-Labarthe, Philippe y Nancy, Jean-Luc, El absoluto literario, Buenos aires, Eterna Cadencia, p. 24.

[3] Breton, Andre, Les Pas perdus, Paris, Gallimard, p. 198. (La traducción es nuestra).

[4] Debord, Guy, “All the king’s men(La traducción es nuestra). Enlace: http://debordiana.chez.com/francais/is8.htm

[5] Bonney, Sean, “Notas para una poética militante”, Carcaj, 10 de agosto del 2020 (Traducción Daniela Jacob). Enlace: http://carcaj.cl/notas-para-una-poetica-militante/

[6] Ibid.

[7] Piglia, Ricardo, Literatura y Ficción, Barcelona, Anagrama, p. 184.