Agua y pigmentos: flujos y derrames de la protesta

Vania Montgomery

Es increíble la belleza de un río que agoniza
y que llega al mar
(Cecilia Vicuña en Todos los ríos dan a la mar, 2016).

Las aguas que afluyen, continua o discontinuamente, superficial o subterráneamente, a una misma cuenca u hoya hidrográfica, son parte integrante de una misma corriente
(Art. 3º, Código de Aguas)

Un 11 de septiembre, aún bajo la dictadura de Pinochet, el cañonazo de las 12 hrs. disparado desde el Cerro Santa Lucía daba la señal para la acción: la bailarina Vicky Larraín, luego de una exitosa estadía en el extranjero, caminaba por la esquina del Teatro Municipal, sosteniendo un globo azul y acarreando un montón de paquetes que premeditadamente dejaba caer al suelo, mientras cruzaba la calle San Antonio. Una vez que este “accidente” suscitaba la ayuda de lxs transeúntes, aparecía un auto del que descendían varios pasajeros, que ataban una cadena para cortar el flujo vehicular. En los tres minutos siguientes, pintores cambiaban los afiches de la ópera por pancartas que aludían a la situación política de la dictadura, poetas colgaban bolsas y carteles sobre el monumento a Patricio Mekis –ex alcalde de Santiago designado por Pinochet, cuya efigie continúa ahí emplazada– y un último participante atravesaba la plaza frente al Teatro, portando una mochila floreada que contenía bolsas con tierra roja. Acto seguido, sus manos las agarraban rápidamente desde la mochila, formando una nube de polvo rojo suspendida en el aire, que luego de unos segundos pigmentaba el agua encapsulada en la pileta. A continuación, todxs lxs implicadxs desaparecían, ya que la acción no debía sobrepasar los tres minutos de duración. El grupo organizado se llamaba Coordinador Cultural y el hombre de la tierra roja era Pedro Lemebel[1].

El 11 de marzo de 1981, cuando Pinochet se adjudicaba el cargo de Presidente de la República, un grupo de artistas se congregaba en el puente ubicado en la calle Pedro de Valdivia, derramando decenas de sacos de anilina roja sobre el Río Mapocho y evocando el flujo de la sangre vertida desde el cuerpo de lxs muertxs, que años antes ya habían sido arrojados al caudal más importante de Santiago. Era una acción convocada por la Unión Nacional por la Cultura (UNAC), de donde participaban varios artistas, talleres y colectivos de la época[2].

Ambas intervenciones descritas fueron planificadas y ejecutadas bajo la Constitución Política diseñada por la junta militar y los secuaces de la dictadura, la misma carta magna que hoy aún nos rige y que permite el goce, lucro y propiedad privada sobre las aguas, independiente del suelo por donde estas circulan. Así, incluso luego de que el año 2010 las Naciones Unidas proclamaran el acceso al agua potable como un derecho humano, sus corrientes continúan circulando por cañerías privadas en Chile, entendidas como un bien de consumo transable: “El que goza de un derecho de aprovechamiento [de las aguas] puede hacer, a su costa, las obras indispensables para ejercitarlo” (Art. 9º, Código de Aguas).

            Tal como lxs artistas de los años ochenta disolvieron partículas que pigmentaron los torrentes líquidos, el cuerpo de lxs manifestantes del estallido social iniciado en octubre de 2019 se enunció a través de la ocupación de esas mismas aguas superficiales, donde han tenido lugar varias acciones performáticas hasta el momento: la intervención de la pileta ubicada en el Parque Bustamante por el colectivo Maryagara y la performista Grietta, pigmentando el agua de rojo a medida que los cuerpos atravesaban la fuente, bajo la simulación de alaridos de dolor; la intervención del colectivo Gata Engrifá en la fuente del Parque Almagro, donde las figuras se adentran y transitan por la circunferencia del estanque, despidiendo manchas rojas y circulando hasta llegar a la salida central de las canillas de agua[3]; y por último, las distintas operaciones de tinte rojo aplicadas de manera colectiva a los caudales de agua de la ciudad, a lo que luego se sumaron otras extensiones, como por ejemplo, la intervención de la Brigada Laura Rodig en la fuente ubicada en la calle Nueva York, cuando la mañana del 2 de marzo del 2020, como inicio del súper lunes feminista, sus aguas amanecieron pigmentadas de color violeta (tonalidad identificatoria que utiliza el movimiento feminista en sus insignias de lucha), en lo que fueron acciones coordinadas por distintos lugares de Santiago, bajo el objetivo de renombrar los monumentos con títulos de mujeres y disidencias que inspiran estas luchas. De hecho, una de estas acciones se ejecutó sobre el monumento dedicado al ex alcalde Mekis, el mismo que años antes intervino el grupo del Coordinador Cultural. También podemos recordar la acción liderada por Londres 38 el año 2016, cuando en el aniversario del Día del Detenido Desaparecido, tiñeron de rojo las aguas que brotan frente a La Moneda, en la Plaza de la Ciudadanía, como protesta contra la impunidad y el silencio que aún perdura sobre el cuerpo de lxs ausentes, interpelando directamente al poder ejecutivo.

            Observar un flujo rojo siempre remite a la sangre, y por ende, a la herida, el derrame y la agonía de un cuerpo. Como herramienta, la pigmentación ha sido ampliamente utilizada a la hora de enunciar el estado de exasperación ante la violencia e impunidad generalizada contra la población civil, perpetrada desde distintos niveles de dominio: el narcotráfico, los crímenes del Estado y las grandes esferas de poder económico y también los casos de violencia patriarcal y femicidios. En suma, problemáticas que subsisten en el territorio latinoamericano.

Algunos ejemplos: el año 2011, una de las fuentes del centro histórico de Guadalajara –sede de los Juegos Panamericanos de ese año– amaneció conteniendo agua roja, como protesta a las olas de violencia generalizada que azotaban al país. El 2015, fue el turno de las piletas del Distrito Federal, a raíz de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. El 2017, las partículas de anilina fueron vertidas sobre las fuentes de la ciudad de Medellín, bajo el intento de volver palpable la sangre derramada por las víctimas del crimen organizado y los femicidios en Colombia. Así sucesivamente, en una serie de acciones que seguramente escapan a este trazado, el efecto analógico entre agua y sangre deviene en una potente imagen de protesta pública y de hecho, una de sus particularidades radica en que una vez teñido, el color no se transparenta de manera automática, por más que lo deseen las fuerzas policiales. El tinte del agua, entonces, en pleno uso de sus atributos químicos, no se puede subyugar una vez que ha sido pigmentado y la única salida visual para quienes miran consiste en esperar el paso de la corriente[4].

En Chile, una de las consignas que se leyeron durante las protestas de octubre reclamaban por la usurpación privada del agua potable, bajo frases como “Devuelvan el agua”, que hacen eco de su actual estado de administración y provecho particular. De esta manera, las inmersiones corporales y tinturas de la misma suponen la toma simbólica –en su máxima ironía– de un derecho humano privatizado. Si durante la dictadura el carácter efímero de las protestas permitía vaciar partículas de colorante rojo desde los perímetros del río y las fuentes, actualmente la ocupación de estos caudales expande los límites de sus contornos y abre la posibilidad de sumergirse, voluntariamente, bajo la superficie de la orilla, evidenciando un cuerpo social sublevado, que camina, nada, tiñe y salpica gotas rojas, y que no se hunde como silueta inerte en las capas subterráneas.  

Durante la dictadura chilena cientos de personas fueron tiradas al mar, amarradas con objetos sólidos y pesados, para asegurar que no emergieran desde el fondo. No obstante lo anterior, ya sea por el descuido de los asesinos a cargo de la misión o por los principios de flotabilidad que gobiernan el estado líquido, en 1976 el cuerpo de Marta Ugarte Román salió a la superficie, convirtiéndose en la primera víctima confirmada de la dictadura[5]. Hoy, a un año del inicio del estallido social en Chile y a cuarenta y cuatro del hallazgo de los restos de Ugarte, el cuerpo de un adolescente es vuelto a lanzar a las aguas, a plena luz del día, lente de las cámaras y mirada del ojo público. De manera inmediata, los fragmentos del pasado toman lugar y las imágenes de los cuerpos arrojados por la dictadura vuelven a nuestra memoria.

El agua, entonces, posee un tipo de remembranza particular, que conecta cada cuerpo que une a su corriente con el conjunto anterior que ya arrastra, evidenciando las grietas húmedas de nuestra historia. Su memoria continúa acualizándose y sumando más capas de tortura y dolor en su recorrido, desde la cordillera al mar, cada vez que recoge un nuevo integrante en la ruta. El agua es un depósito de imágenes discontinuas que, afortunadamente, nadie puede sostener y desvanecer entre los dedos. Pese a los intentos de encapsulamiento, regulación privada y dominación, el agua –por definición– continúa siendo el componente más abundante en la superficie de la Tierra. Asimismo, funciona como una barrera natural, que remueve los cuerpos de quienes se pretende hacer desaparecer e impide que sus cadáveres ardan y se esfumen en cenizas. El agua, en cada torrente, concentra el recuerdo caudaloso de una historia pasada en común, que conecta sus coyunturas bajo un mismo flujo y resiste de manera simbólica a la domesticación. Las aguas son parte integrante de una misma corriente y por extensión, la memoria palpita cada vez que observa un nuevo derrame a través de la superficie.


[1] Para más información sobre esta acción, véase la crónica de Pedro Lemebel “El Coordinador Cultural” recogida en su libro Háblame de Amores (2012), así como también las conversaciones sostenidas entre el autor, Carmen Berenguer y Federico Galende en Filtraciones II (2009).

[2] Para un contexto y relato más amplio sobre esta y otras acciones de arte sobre el espacio público, véase el ensayo “Arte y acción política: intervenciones urbanas en los periodos de dictadura y democracia en Chile” (2016) escrito por Alejandro de la Fuente y Diego Maureira.

[3] Para conocer más información y visualizar el registro audiovisual de estas performances, véase la plataforma Registro Contracultural.

[4] Quizás por estos mismos atributos, en un ejercicio inverso, durante las manifestaciones iniciadas en Hong Kong en marzo de 2019, las fuerzas policiales implementaron un sistema de vigilancia y seguimiento en el que los carros lanza agua emitían flujos entintados con pintura azul, bajo el objetivo de “manchar” a lxs manifestantes y luego detenerlxs, sin que estxs pudieran desmarcarse de su participación en la protesta.

[5] Si bien en un principio, ante la aparición del cuerpo, su muerte se intentó hacer pasar por un crimen pasional, el examen forense de sus piezas dentales probó que se trataba de la entonces detenida desaparecida Marta Ugarte, profesora miembro del Partido Comunista. Para más información véase el texto “Marta Ugarte: entre dos tumbas y memorias. Reflexiones sobre el cuerpo y la muerte en los detenidos desaparecidos chilenos” (2018) de Sergio Estada Arellano.

* Imagen: “Derrame”, Colectivo Gata Engrifá, 21 de noviembre 2019. Cortesía de las autoras y Registro Contracultural.