Nos deben una vida (feminista)

Karen Glavic

Octubre de 2019 nos sacó a la calle. Sin pretensiones, y en el tono de este tiempo compartido, registramos, hicimos fotos y video. En medio de ese registro, cerca de casa, en la Plaza Ñuñoa, encontré una de las consignas que más me ha removido en estos meses: «Nos deben una vida». La fotografié y seguí hacia el caceroleo, hacia el encuentro colectivo que se sucedió cada tarde durante varias semanas en las que no estábamos dispuestas y dispuestos a soltar la calle ni a soltarnos entre todos esos cuerpos que comparecían ante otros y ante el entusiasmo de por fin ver cómo cambiaba Chile. Hice lo mismo con muchas imágenes, porque quería atesorar todo momento y también quería dejar para después, para después de pensar juntes, cuando hubiera pasado un poco el torbellino, la angustia y la sensación de que antes de escribir había que poner el cuerpo en la calle.

A la escritura de los primeros días de revuelta la ha caracterizado el fragmento, la crónica, la imagen con una bajada de texto. La verdad es que también ha habido copiosas tesis sobre el periodo, sobre el acontecimiento de la revuelta y sus proyecciones, muchos escritos han sido lapidarios, otros por llegar primero solo pudieron llegar a destiempo. Eso pienso ahora que reviso los materiales que nos dejó el 2019 e intento hilar la trenza de este texto. Tampoco impugno totalmente el ejercicio, creo que la política se trata de equivocarse y atreverse al equívoco; la cuestión que me ocupa es más a qué intereses responde la prisa, quién necesita dar un marco al “fenómeno estudiado” y qué marco es ese.

«Consideramos las torceduras del tiempo que hacen que la revuelta de octubre sea también 8 de marzo y también Mayo feminista, diversos movimientos estudiantiles, No+AFP, tomas de terreno, indignación en los consultorios, resistencia territorial, lucha contra la deuda, reconocimiento de la migración y fin a todas las formas de precarización de la vida»[1], con este mensaje comienza Por una constitución feminista, el libro compilado por Sofía Esther Brito y publicado en enero de 2020. Rescato el párrafo y la primera frase porque sabemos que esta revuelta es también otras revueltas, otros procesos, la lucha en el Wallmapu reactivada en los 90, y también las memorias de la resistencia de esa década que parece perdida, pero que sabemos pulsa aunque tenue. Las lecturas de la revuelta tienden a cerrar filas en el significante “estudiante” como si las jóvenes que saltaron los torniquetes y gritaron “vamos cabras” no tuvieran un cuerpo situado, con memoria y lucha feminista, con pañuelo verde colgado en la mochila.

Los feminismos han corrido el cerco, esa ha sido una de sus tareas a lo largo de la historia, no solo ahora. Han recordado que una democracia debe practicarse en el país y en la casa, que las violencias contra las mujeres no son un problema privado, que los cuidados y los afectos no pueden seguir recayendo en el trabajo feminizado, no pago y no reconocido por las exigencias de reproducción social del capital. Lo mismo vale para los analistas y sus tesis, cualquier mirada sobre la revuelta de octubre y su apertura presente y futura, no puede renunciar a considerar el lugar de los feminismos, aunque eso le quite protagonismo a la pluma que aún se percibe universal por no considerar aquello que le salta a la vista. Hay negacionismos de variado tipo.

Quisiera volver a la idea de que nos deben una vida. ¿Qué vida puede ser esa? ¿qué vida queremos? ¿qué vida deseamos e imaginamos? Me gustaría pensar que la vida que pedimos de vuelta es una vida feminista. También me gustaría, aunque no lo resuelva acá, seguir desmenuzando la palabra deuda, porque “deudocracia” es este régimen de desposesión en el que vivimos, pero una pequeña o inmensa deuda simbólica permite también enlazarnos y amarnos. La invitación es, por tanto, seguir exprimiendo esta frase que fotografié en la calle y que me dejó inquieta desde octubre pasado.

Para Sara Ahmed vivir una vida feminista es reconocer que el feminismo está en todas partes. Que lo buscamos o nos encontró, que feminismo es hablar de nuestra existencia y de aquello que nos hizo existir, que viene de alguien, de un lugar, y que ese lugar no es necesariamente la episteme feminista occidental o las lecturas feministas metropolitanas, pero también desde ahí. El feminismo es un movimiento que no ha acaba, es un paso lento y laborioso[2], que en gran medida se trata de convencer a tu entorno sobre el sexismo, sobre el racismo, sobre la precariedad de la vida y la importancia de los afectos. Ahmed plantea la necesidad de desbordar el límite entre teoría y vida feminista porque a veces relegamos la teoría a los círculos académicos, y estos también pueden pasar por alto lo que salta a la vista, aunque sean llevados adelante por mujeres. Vivir una vida feminista es construir mundos feministas, con trabajo cotidiano y alianzas micro y macropolíticas. Hacerse feminista es seguir siendo estudiante[3], porque las feministas son estudiosas: ponen atención a palabras como felicidad, trabajo, cuerpo, organización, entre otras. Si estas palabras son vividas producen ideas, corren cercos, saltan torniquetes desde determinados cuerpos. Forjan sin temor a romperse y no toman distancia, las ideas se materializan a través de nuestra participación en el mundo, los conceptos para Ahmed sudan.  

La posibilidad de vivir una vida feminista interroga toda promesa porque no es un destino, es un ir haciendo. No se trata de llegar, tampoco de saber llegar de antemano, es tomar la trenza de nuestros conocimientos feministas, de nuestras experiencias y luchas compartidas, y trenzarse allí. Es tomar materiales y ser obstinadas en mostrar que nuestra existencia no es visible para muchos, esto es una tarea diaria y exigente, un compromiso que no termina.

Es cierto: hemos de recuperar la vida (feminista) que nos deben, pero solo porque hemos podido ir viviendo de a poco de otra manera, porque hemos vivido una vida feminista, es que hoy podemos exigir otra vida. No se trata de decir que todo lo ha logrado el feminismo, al contrario. Se trata de ver que las formas en que éste puede envolvernos y permearnos están allí esperando a un encuentro.


[1] Sofía Esther Brito (comp.). Por una constitución feminista, Santiago de Chile, Libros del Pez Espiral, 2020.

[2] Sara Ahmed. Vivir una vida feminista, Barcelona, Edicions Bellaterra, p. 18

[3] Ibíd., p. 26