Categorías
Espacio crítico Gilles Deleuze. Afirmar la vida

Crónica de un encuentro

Rafael Mc Namara

Me encontré con Deleuze hacia fines del año 2000. En Argentina ya se vislumbraba el fondo al que habíamos sido arrojados por la década neoliberal y yo cursaba el segundo año de Filosofía. A raíz de una monografía sobre el problema del Otro en Ricoeur, un querido profesor de Ética (el gran Mario Heler) me recomendó el Spinoza de Deleuze. Sospecho que se refería a Spinoza: filosofía práctica (1981), pero el azar (o la confusión) quiso que primero llegara a mis manos Spinoza y el problema de la expresión (1968), y poco después, Rizoma: introducción (1976), en aquella edición rosada de la editorial Diálogo Abierto. Primero fue, entonces, el vértigo de la inmanencia, que se adivinaba detrás de una exposición ontológica cuyo rigor asombraba. No logré entender porqué Heler intuyó que debía hacer esa lectura tan metafísica, pero poco importó: el Spinoza que descubrí allí se parecía poco al que había conocido en las clases de Historia de la filosofía moderna. En la lectura deleuziana soplaban otros vientos, otra vitalidad. Inmediatamente después, Rizoma. Fue como recibir la descarga de un rayo directamente en el cráneo. Los vientos de la especulación spinoziana de repente se transformaron en huracanes. Años después me encontré con la idea de una lectura afectiva de la filosofía, que Deleuze promovía con pasión en sus clases, y recién ahí, como tantas otras veces, el maestro ponía conceptos a sensaciones sin nombre. Hay algo misterioso que nos une a las obras que amamos, algo pre-subjetivo, inconsciente, libidinal. Luego viene el estudio, los resúmenes, las interpretaciones, etc. Pero en el principio es el rayo. Esa primera lectura de Rizoma fue por completo afectiva, me sentí arrastrado por algo que no se parecía a nada de lo que había leído hasta ese momento, y quería más.

La lectura conjunta de esos dos textos me mostró de inmediato las dos caras más extremas de Deleuze. Por un lado, el paciente estudio académico de un gran autor que desembocaba en una robusta y sistemática metafísica. Por el otro, una salvaje creación de conceptos, un collage en permanente movimiento. El prudente sabio del Siglo XVII rockeaba al lado de Patti Smith. Racionalismo y punk. Mística y revolución. Ciencia y psicodelia. Y sobre todo, como fui aprendiendo con los años, caósmosis y constructivismo.

Como dije, no se parecía a nada de lo que había leído hasta ese momento y, agrego ahora, a nada de lo que leí después. El descubrimiento de Deleuze coincidió, más o menos, con las primeras (y también fascinantes) lecturas de Heidegger y Derrida. Durante un tiempo corrieron en paralelo, pero pronto empecé a sentir que lo que buscaba en estos habría de encontrarlo solo en aquel. Cierto día, llevado por el fervor de una lectura colectiva de Ser y tiempo y De la gramatología, balbuceé que no se trata de pensar sólo el nadear de la nada, sino ante todo su mundear. La palabra es horrible, pero ya era el síntoma de un alejamiento de la deconstrucción y una nueva búsqueda. Era cuestión de tiempo. Ya no se trataba solo del desfondamiento del Ser ni de la diseminación del sentido, sino de pensar las condiciones de un engendramiento. La ardua lectura de Diferencia y repetición llegó para aportar conceptos adecuados y un sistema que realizaba aquel anhelo especulativo de manera contundente. En adelante, la ontología no sería un hundimiento en el sin-fondo sin ser al mismo tiempo la emergencia gloriosa de un nuevo mundo de la afirmación. Con Deleuze, la negatividad cede y el campo trascendental se anima. Ya no estamos en la mera disolución, a la que incluso aquellas primeras y apresuradas lecturas rizomáticas parecían arrojarnos. La lógica del rizoma disuelve los binarismos habituales y nos introduce en un pensamiento decididamente turbulento. Pero la turbulencia tiene una lógica, una determinación a veces oculta (pero activa) en el collage vertiginoso y el estilo electrizante que Deleuze y Guattari proponen. De ahí Spinoza: ¡compongan relaciones! ¡busquen la consistencia! Desterritorialicen sus árboles, hagan rizoma, ¡pero no olviden mimar sus estratos!

La construcción de un mundo de sentido y la exploración del sin-fondo es el permanente doble movimiento de la filosofía deleuziana. Ya sea en arte, política, ciencia o filosofía, el movimiento es el mismo (aunque modulado de distintas maneras en todos esos campos): dioses que bailan sobre un volcán. De ahí el vértigo de la inmanencia que es la esencia del pensar. Ahora bien, la búsqueda de una génesis ontológica a través de la experiencia del sin-fondo y el sinsentido dista mucho de ser una mera preocupación especulativa. La ontología de Deleuze es necesariamente práctica, como insistimos con mis amigxs de la deleuziana. Aquí también Spinoza es el gran maestro: la Ética es una Ontología, y viceversa. La experimentación en el pensamiento es también una política.

Fue un feliz azar que las pasiones de la especulación deleuziana me golpearan justo en aquellos años. Mientras daba mis torpes primeros pasos en el empirismo trascendental de Deleuze, el pueblo argentino hacía su propia experiencia del sin-fondo. El retorno parecía lejano e incierto. En aquellas jornadas de diciembre de 2001 y durante el verano de 2002, mientras intentaba sostenerme en un abismo tanto macro como micropolítico, los conceptos deleuzianos mostraban caminos posibles: forzaban a pensar, es decir, a crear, a buscar la playa debajo del ardiente asfalto porteño. Para muchxs de mi generación esas lecturas marcaron (y marcan) la época (Foucault tenía razón cuando hablaba del siglo deleuziano). Los libros iban pasando y volviendo, los presidentes iban cayendo, hasta que en el 2003 el país comenzó un arduo e intenso camino de reconstrucción política.

Al mismo tiempo iban germinando algunos conceptos y se tejía una red de lecturas. Primero fue el Cuerpo sin Órganos y el encuentro con Artaud y Burroughs; después, los devenires y las primeras lecturas de Henry Miller y Castaneda; más tarde, el Anti-Edipo, con Freud, Lacan y Althusser como interlocutores; y junto a todo esto, los cruces con el cine, la música y el teatro, todo un afuera de la filosofía al que Deleuze arrastraba con fuerza. La experimentación era al mismo tiempo filosófica, artística y política; simultáneamente molar y molecular, preindividual y colectiva (“el pueblo de mis átomos”).

Ninguna ontología promueve la producción de moradas sobre el abismo como la deleuziana. Solo ella hace del collage un sistema siempre abierto y en devenir. Un constructivismo artístico, que buscar producir diagramas que alojan siempre un poco de caos y desierto, como explica el libro sobre Francis Bacon. Un constructivismo político, que promueve la experimentación y composición entre la axiomática capitalista y la fabulación de un pueblo, como se ve en las obras junto a Guattari y en los estudios sobre cine. Y por supuesto, un constructivismo filosófico, como lo muestran la velocidad del concepto y el plano de inmanencia en ¿Qué es la filosofía? De ahí que este pensamiento habilite lecturas tan diversas, desde la paciente exégesis filosófica hasta la apropiación libre por parte de artistas y exploradores de lo científico, lo cotidiano o lo raro. Deleuze forma parte de esos extraños filósofos que seducen tanto a especialistas como a lectorxs autodidactas.

Este mes de noviembre de 2020 se cumplen 25 años de su muerte, y la ocasión sirve como excusa para celebrar este pensamiento del futuro, pero también ese maestro-amigo que sentimos tan cerca, sobre todo al leer y escuchar sus clases, siempre entre la admiración y la sonrisa cómplice (ese humor quejoso y encantador). Vale para Deleuze lo que él mismo dijo acerca de autores como Kafka y Nietzsche: es necesario reír al leerlo.

Aún no sabemos lo que puede un concepto deleuziano.