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Escribir la historia para nosotras: nuevas fuentes y nuevas preguntas

Carolina Ibarra Peña*

Una de las disciplinas que ha aportado a la perpetuación del patriarcado y ha ayudado a la comprensión de las mujeres, paradójicamente, como minoría reproduciendo la desigualdad y las brechas de género hasta hoy, es la Historia. Este campo de conocimiento, se construye desde la selección y el ordenamiento de los hechos del pasado. Según E. H. Carr, uno de los referentes actuales en la comprensión de las formas de hacer historia, se realiza esa organización del pasado por medio de algún principio o norma de objetividad aceptada por el historiador. El historiador (no la historiadora), debería escribir una historia más o menos objetiva cuando pueda elevarse sobre su propia situación en la sociedad y en la historia, aunque no esté del todo libre de la influencia de su medio social y cultural.

De manera tal, que la historiografía, es decir, la historia escrita, siempre va a estar realizada desde lo que ciertos historiadores en ciertas épocas creen que es importante estudiar. En este sentido, valdría la pregunta de para qué sirve la historia y luego comprender cómo se construye.

Por lo general, muchas personas señalan que la historia sirve para “no repetir el pasado”, o para “conocer más el pasado”. Sin embargo, la historia lo que permite en realidad es comprender nuestro presente. La comprensión de ese presente ha cambiado en la medida en que avanza la misma historia, por lo que las respuestas que han buscado los historiadores han sido diversas y la motivación ha sido responder las preguntas que surjan en su medio inmediato. Debido a esto, la Historia, siempre está mediada por el contexto próximo del historiador, por lo que conoce, por su propia historia, por su propia época. Junto a esto, otra de las preocupaciones de la Historia es cómo se escribe, o contestar la pregunta de ¿cómo se construye la historia? Para esto, el historiador seleccionará unos hechos, los organizará y contrastará diversas fuentes del pasado (de manera muy general), para lograr llegar a una respuesta. Su respuesta.

De esta manera, la Historia siempre será subjetiva, aún cuando busque la objetividad. Puesto que la selección de fuentes, tanto como la elección de la preocupación del presente a la que se quiere responder, está influenciada por el medio social y cultural del historiador.

Cuando la historia se ha puesto por escrito, la acción ha sido realizada por hombres. Esta dimensión de construcción en la disciplina adquiere relevancia para comprender las brechas de género en la misma, puesto los problemas que se intentan responder, devienen de una preocupación masculina, con respuestas que emanan de sus propias ideas de construcción de mundo, es decir, unas ideas patriarcales.

La voz pública de las mujeres

No es que las mujeres no queramos escribir historia, no es tampoco que no podamos hacerla, o que carezcamos de herramientas para la interpretación de los acontecimientos, sino que como en todo, las historiadoras hemos tenido que abrirnos paso en una esfera dominada por lo masculino, y donde las preguntas que nos hicimos sobre nuestro presente, pasaron por el filtro patriarcal desestimándose por poco necesarias o poco pertinentes. Este problema también se contesta desde la Historia: la historiadora Mary Beard, explica en “Mujeres y Poder”, que una de las razones por las que nuestra forma de cuestionarnos el presente no ha importado, es porque en la estructura forjada en Occidente, la voz de la mujer, desde el principio mismo de su tradición literaria ha sido callada. El primer ejemplo que encontramos de esto está en la Odisea de Homero donde un hombre le pide a una mujer que se calle,  luego hay otros más en literatura antigua, por ejemplo, en el siglo II d.C, donde se expresa “una mujer debería guardarse modestamente de exponer su voz ante extraños del mismo modo que se guardaría de quitarse la ropa”. Según Beard, esta mudez es un reflejo de la privación de poder de las mujeres en el mundo clásico, expresada en la ausencia de derechos civiles y económicos, pero también de cómo el discurso público y la oratoria eran prácticas y habilidades que definían la masculinidad como género.

En otro ámbito, la misma autora señala que cuando las mujeres defienden una cuestión en público o sus opiniones, son calificadas como “estridentes”, “lloronas” o “gritonas”, de manera que se despoja de autoridad, poder y fuerza a la palabra de la mujer, pasando al ámbito de lo trivial y lo burdo.

Por lo que, social y políticamente a las mujeres se nos ha quitado la voz, validándose nuestros conocimientos y nuestra acción solo cuando se trata de labores de cuidado, mas no sobre política o asuntos públicos. De modo, que quienes han escrito la Historia, desde los primeros documentos que conservamos y que han forjado nuestra tradición occidental, han sido hombres, comenzando por Heródoto -también llamado Padre de la Historia– durante el siglo V a.C. En la tradición cristiana, segundo pilar de formación de la tradición europea y americana, no solo la escritura de los acontecimientos ha quedado en manos de los hombres, sino que en sus páginas, hemos comprendido el ensalzamiento de la mujer que acepta la voluntad, y se apedrea a aquella que se le considera mala mujer.

Podríamos continuar encontrando ejemplos, en cronistas de la Edad Media, poetas y tratadistas políticos de lo que hemos nombrado como Edad moderna; cartas y declaraciones, teóricos, y luego científicos, donde solo encontramos un patrimonio, es decir, lo que se hereda por la línea del padre.

¿Reivindicación de género o historia de las vencidas?

En este sentido, cabe preguntarse cómo y por qué no hemos tenido un lugar en la Historia, como tema de registro histórico. El objeto de estudio de la Historia, durante mucho tiempo fue solo la Política y la Economía. Se pensaba que todos los grandes acontecimientos de los hombres en el tiempo y en el espacio devenían del estudio de estos dos grandes temas.

Con la necesidad de la formación de historias nacionales producto de la unificación de territorios y procesos de independencias en América Latina y para reafirmar identidades con arraigo a un territorio, el objeto de estudio de la Historia se vuelca a la investigación de los grandes personajes, grandes héroes y gestas heroicas que le darán sentido a la narración nacional de un país, aunando criterios de identidad, homogeneizando el relato, respondiendo a la pregunta de por qué somos un país, en ese momento. Por lo que las particularidades, tampoco fueron consideradas durante gran parte del tiempo en que se escribió este tipo de relato.

A inicios del siglo XX, se produjo un cuestionamiento a las formas en que se escribía la Historia, que vino acompañada de la revisión de otros campos disciplinares, como la geografía, la economía, por nombrar un par, y el surgimiento de nuevos terrenos de estudio, de manera tal que hace su aparición la historia social, que acabaría fragmentándose desde la historia económica, para dar lugar a otros enfoques como historia del trabajo, historia urbana, historia rural, historia cultural, entre otras.

Esta escisión posibilitó la entrada de nuevos temas de estudio, sin embargo, no es sino hasta 1960 donde comienza a existir una preocupación social por el cuerpo, por las manifestaciones sociales existentes, el feminismo, la revolución sexual, de cualquier manera, por la existencia de un cuestionamiento desde el cuerpo a la naturalización de las estructuras de poder existentes hasta ese momento. Con este cambio de la comprensión de la legitimación del cuerpo, es decir, el cambio de la idea del cuerpo como eje del trabajo, del mundo rural y de la vida cotidiana, cambian también las formas de estudio, y desde las ciencias sociales, emana un nuevo interés por la comprensión del hombre en esta realidad nueva. Según Rodrigo Zapata, la corporeidad como objeto de estudio para las ciencias sociales, como la sociología o la antropología, permea también en espacio del estudio histórico, por lo que se comienzan a desarrollar estudios sobre el propio cuerpo y el significado que le fuera otorgado en distintas épocas, pasando a ser investigado como fenómeno social y cultural, centrándose en elementos simbólicos y saberes que se encuentran arraigados en él.

Esto es importante, puesto que solo a partir de esta década en adelante, tendrán sentido otras investigaciones donde el objeto de estudio migra hacia “las minorías”, es decir, aquellos grupos olvidados por la historiografía, con un levantamiento de categorías de análisis propias de lo que se estudia, contemplando las formas culturales implícitas en gestos, tradiciones, prácticas, usos, creencias e imágenes, como parte del entendimiento de una representación de esa corporalidad. Se incluyeron entonces la historia de los otros, por ejemplo “Visión de los Vencidos” de León-Portilla, donde se cuestiona la historia hegemónica, en este caso, poniendo al centro de la discusión la otredad en función de la recepción americana de la conquista española; o por ejemplo, el trabajo realizado por Carlo Ginzburg, donde se centra la comprensión de la cosmovisión de las clases populares, por medio del estudio de las fuentes disponibles en la época.

De la misma manera, comenzaron a estudiarse a las mujeres dentro de un contexto cultural. Sin embargo, toda la producción historiográfica tuvo como foco la reinterpretación de nuestra acción de mujeres en el mundo, desde un enfoque de la otredad, donde el énfasis de la narración histórica, estuvo sindicado al estudio de las transgresiones de las mujeres a las instituciones civiles y religiosas tradicionales, por lo que abundó el trabajo sobre el comportamiento cultural de las prostitutas, concubinato, o el papel de las grandes mujeres de un periodo, desde la vereda de la otredad.

Lo anterior, es relevante, puesto que la historia cultural de las mujeres, fue realizada desde la mirada de “las vencidas” o la “historia del otro”, en este caso, levantando categorías de estudio extendidas desde lo contra-hegemónico, pero aún con lo masculino como referencia de este análisis.

Hasta hoy, gran parte de la producción de “historia de las mujeres” tienen una visión hetero-patriarcal que se ha registrado en gran parte por hombres con preguntas sobre el presente de las mujeres que responden al interés masculino. Al igual que en el cine o la literatura, en donde hombres imaginan a las mujeres haciendo o diciendo cosas que ellos creen que nosotras pensamos, en la historiografía, las mujeres han sido descritas por los historiadores como continuadoras de la tradición, transgresoras de la tradición, o bien, equiparables en virtud y calidad moral a los hombres. Siempre desde un enfoque binario.

Hace poco tiempo, Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia 2006, publicó un trabajo sobre el origen del patriarcado mercantil, respondiendo preguntas que solo son relevantes para él para poder comprender el presente de las mujeres en esta sociedad. Luego de trescientas páginas el historiador termina con “es mi turno de callar”. Lo cierto es, que no callan, y siguen ocupando el espacio de publicación de preguntas que realizan desde lo masculino, donde las respuestas que dan no satisfacen a las personas que se identifican con el género femenino para comprenderse en su presente, tampoco a las historiadoras.

Por último, hay algunos intentos realizados por varias mujeres de escribir historia para nosotras, donde se ha desarrollado un género historiográfico que limita en lo literario, con la recopilación de biografías de grandes mujeres que han sido destacadas en diferentes campos disciplinares, en sus oficios o por su activismo; y que han tenido gran aceptación por el formato de divulgación que han alcanzado. Sin embargo, esta forma de comprendernos en el mundo es responder a un presente en que queremos alcanzar igualdad con los hombres, pero no responde a una historia hecha desde nosotras y para nosotras.

Importancia de escribir una historia desde las mujeres y para las mujeres

Una vez leí que sería un agote volver a escribir toda la historia del mundo con una perspectiva de género, y que en realidad no sería importante, ni tendría sentido, porque “la historia ya está escrita y nada cambia”. Si las historiadoras pensáramos que la Historia ya se escribió y es imposible cambiarla, no intentaríamos investigar nada más. Pero ¿cómo escribir una nueva Historia que nos incluya y que responda a nuestras preguntas?

Lo primero que necesitamos es que existan más historiadoras. Gerda Lerner, explica que construir Historia es un ejercicio tan añejo como la invención de la escritura en la antigua Mesopotamia, pero estos historiadores siempre han sido hombres y lo que han registrado es lo que los hombres han hecho, experimentado y considerado que era importante. A este registro le llamaron “Historia” y luego le pusieron de apellido “Universal”. Lo que las mujeres han hecho y experimentado no ha sido escrito, o bien, ha quedado olvidado, por lo mismo no existen interpretaciones del pasado de las mujeres tan extensas como las hay para el pasado de los hombres. Es más, nos han considerado muy al margen de la formación de la civilización, por lo que todo nuestro quehacer no forma parte del corpus que da sentido al presente. Necesitamos entonces que más historiadoras se involucren en la selección de hechos del pasado, los lean, interpreten y podamos buscar respuestas a nuestro presente de mujeres. Necesitamos cambiar las preguntas que se ha hecho la historiografía, porque ya no basta con saber que “no existe registros de nosotras”, hay que buscar esos pocos registros y reinterpretarlos a la luz de nuevas preguntas, no para construir historia “de las vencidas”, o “de las otras”, sino para construir una Historia que permita develar nuestras huellas en el presente.

Lo segundo que necesitamos es lograr un registro histórico que ya no sea solo parcial. Desde que existe el mundo, las mujeres hemos compartido lugar en este territorio; hay registros que dan cuenta de cómo hemos trabajado a la par con hombres, como en las organizaciones primarias las mujeres fuimos en algunas ocasiones las que estaban en la cúspide social, cómo participamos tímidamente en los pocos espacios donde nos era permitida nuestra voz pública a través de las artes y la escritura. Muy ahora, hemos incluso descubierto nuevas fuentes para el estudio de nuestra historia, investigando y profundizando en ella. Por lo que toda esta información da cuenta de nuestra participación histórica, por lo que la reescritura de la Historia Universal sigue siendo un imperativo, pues a lo que así le llamamos es más bien una historia parcial o el pasado de una porción de la humanidad. De esta manera, es un registro de un pasado distorsionado por completo que responde solo al punto de vista de la parte masculina de la humanidad, y si somos aún más inquisidoras, de un fragmento masculino heteronormado con una idea binaria del género.

Una tercera forma de escribir una Historia para nosotras, es generar nuevas categorías de análisis para la escritura de ella. Joan Scott hace algunos años introdujo el concepto de “género” al estudio histórico como un marco para rechazar el determinismo biológico implícito en los términos como “sexo” o “diferencia sexual”. Así también, se podía resaltar los aspectos relacionales de las definiciones normativas de la feminidad. Un tercer aspecto que relevó fue la comprensión de hombres y mujeres como términos relacionales donde la comprensión de uno no se alcanza sin la del otro. Este punto es esencial para la inclusión de este concepto, puesto que la historiadora lo define como categoría de análisis como clase social o raza, por lo que el estudio de esta historia apelaría al estudio de oprimidas, al análisis  y la naturaleza de la opresión y a la comprensión de la desigualdad del poder en que están organizadas, al menos en estos tres ejes. Esta forma de comprender el estudio ha sido popular, puesto que nos ha permitido desarrollar estudios de caso, estudios de la desigualdad y comprender nuestro presente de mujeres, con fuentes ya estudiadas, para lograr una reinterpretación de ellas, o bien, realizar búsqueda de nuevas fuentes para el estudio de nuestro pasado.

Por último, ser críticas con nuestra forma de escribir, puesto que en ellas están las trazas de la sociedad patriarcal en la que crecimos. Ninguna de nosotras está fuera del patriarcado, sabemos que es cultural y que es la estructura mediante la cual se ha organizado el poder, la economía, los estados, la cultura, la sociedad; fuimos educadas en entornos estructurados por el patriarcado y hasta nuestra formación como historiadoras, ha estado mediada por la lectura y la comprensión de las formas de hacer historia que los hombres han validado, de modo que en nuestro lenguaje muchas veces delatamos esa manera en que fuimos educadas. Ser historiadora feminista, es también la tarea de ordenar y reinterpretar el pasado de la humanidad para explicar este nuevo presente en el que vivimos, es resarcirnos de viejas estructuras binarias, es cuidar las maneras en que reescribimos esta historia. No se trata ya de continuar buscando gestas heroicas, ni equiparando los logros de las mujeres a los logros masculinos. Ya no basta con escribir recopilaciones de mujeres logrando ser la primera en algo, sino que nuestro trabajo hoy, es indagar en estas fuentes y buscar categorías de análisis propias, donde podamos reconocer los roles que hemos ocupado como mujeres.

Necesitamos más historiadoras feministas, para escribir una historia donde estén representados todos los colores de quienes habitan un cuerpo femenino o se identifican con esta expresión. Tenemos que temerle a las historias universales. Chimamanda Ngozi explica que es imposible hablar de un relato único sin mencionar al poder: la forma en que se cuenta una historia, cuándo se cuenta, cuántas se cuentan y cómo se cuentan depende del poder. Necesitamos más historiadoras feministas que cuestionen el poder, y que mediante la reinterpretación del pasado nos ayuden a comprender nuestro presente no solo desde la opresión, sino también desde lo que en esa vereda como mujeres (históricamente oprimidas) hemos logrado hacer: leer, escribir, trabajar, gritar por nuestros derechos, ser madres, artistas, y escribir una historia para cada una de nosotras.

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*Profesora de Historia, Geografía y Ciencias Sociales PUCV, Magíster en Historia PUCV, Doctoranda por la Universidad de Valladolid, España. Miembro del Ciclo de Lectura Feminista y de Autoras Chilenas Feministas- Auch!. Directora de Fábrica Textil Editorial. Docente PUCV.

Bibliografía

Beard, Mary. Mujeres y Poder. Editorial Crítica. España. 2018.

BURKE, Peter (ed). Formas de hacer historia. Alianza Editorial. España. 2009

Burke, Peter. ¿Qué es la Historia Cultural? Editorial Paidós. España. 2012.

Carr, Edward H. ¿Qué es la Historia?. Ariel. España. 1983.

Chartier, R. El mundo como representación. Editorial Gedisa. España. 2005.

Lerner, Gerda. La creación del patriarcado. Katakrak Liburuak. México. 2018.

Ngozi, Chimamanda. El peligro de la historia única. Penguin Random House. España, 2018.

Scott, Joan. El género: una categoría útil para el análisis histórico. En: Lamas Marta (Comp). El género: la construcción cultural de la diferencia sexual. PUEG. México. 1996.

Zapata, Rodrigo. La dimensión social y cultural del cuerpo. Boletín de Antropología: 2006