¿Dónde está Deleuze? Los encuentros en la escritura de un cómo y mas no de un porqué

por Gonzalo Luna S.

“El problema no fue nunca la naturaleza de tal o cual grupo exclusivo, sino las relaciones transversales en las que los efectos producidos por tal o cual cosa (homosexualidad, droga, etc.) pueden siempre producirse por otros medios.

Si la droga produce a veces delirios, ¿por qué no podría yo delirar sobre la droga?

Deleuze, Conversaciones.

Los encuentros no siempre son espontáneos, ni mucho menos concertados. Nos encontramos a punta de obligación. A veces repelemos, polarizamos. Ahora, poder leer a Deleuze e inmediatamente, por un acto de mera comprensión, encontrar su potencia, esto no lo podemos afirmar fielmente. Sin embargo, re-encontrarnos con él, recorrer y releer de distintas maneras sus textos, esto sin duda el modo en que encontramos la potencia.

A primera instancia la escritura de Deleuze nos repele, parece inaccesible para algunxs de nosotrxs. Sumado del espectro dogmático que a menudo surgía de su figura, nos distanciábamos aún más. Sin embargo, algo nos retiene ahí, hacia/en él. Y es el mismo Deleuze quien nos da la herramienta para entender por qué aún estamos ahí, cómo seguimos con él.

El libro Conversaciones, compila una serie de escritos a lo largo de casi dos décadas (1972-1990). En una misiva, destinada a Michel Cressole y post-titulada para esta compilación bajo el nombre de “Carta a un crítico severo”, Deleuze responde al gesto malagradecido, chantajista si se quiere, de quien no logra apreciar, precisamente, un encuentro. Y es que, en vez de “componer un territorio”, Cressole se habría afanado en realizar “un extraño y policiaco ideal: ser la mala conciencia de alguien”. La defensa ante una crítica que vitorea el atascamiento de un pensamiento está en la explicación del cómo acerca de la propia escritura, de su propio encuentro. La función represiva de la Historia de la Filosofía que en la generación de Deleuze estaba tan presente, no terminó por asesinarlo a él también. Antes de responder a la pregunta de un ¿por qué?, entonces, está la pregunta acerca de un ¿cómo? Entra en escena cierta pedagogía deleuziana.

Cómo hacer hablar a los eruditos y que, en esa ventrílocua práctica, aparezca lo monstruoso, nos diría Deleuze. Que figure si se quiere, una disidencia –o una resistencia en términos de Foucault–. Mostrar qué hay en los próceres de mundano –y entonces profanarlos–. Hay en Deleuze una alegría de encontrar-se, y en el esfuerzo de releerle, reencontrarse con los ritmos que él marca. Por esto, antes de ser parte de la generación asesinada por la Historia de la Filosofía –con su función represiva mediante, excluyendo a quien no pertenezca al lenguaje erudito–, antes de ese cadáver: La liberación. Líneas de fuga y cierta Historia a contrapelo de la Filosofía. Insistimos en el punto: Profanar la Historia de la Filosofía, para restituirle un uso práctico junto a lxs mundanos y transmundanos.

Cuando la tarea asumida por Deleuze comenzaba a cuajar, emerge otro encuentro: Nietzsche. Pero con Nietzsche se tropieza, y la respuesta a un cómo hacerle hablar se fuga. Y es que Nietzsche “despierta un placer perverso: el placer que cada uno puede experimentar diciendo cosas simples en su propio nombre, hablando de afectos, intensidades, experiencias, experimentaciones”. Curioso y hermoso contraste de la despersonalización que arroja, al comparar la sumisión que genera la Historia de la Filosofía y la despersonalización de amor en la apertura, hacia las multiplicidades.

“(…) no se habla en nombre propio cuando uno se considera un yo, una persona o un sujeto. Al contrario, un individuo adquiere un auténtico nombre propio al término del más grave proceso de despersonalización, cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan enteramente, a las intensidades que le recorren. El nombre como aprehensión instantánea de tal multiplicidad intensiva es lo contrario de la despersonalización producida por la historia de la filosofía, es una despersonalización de amor y no de sumisión.” (14-15)

Desterritorializar la Historia de la filosofía y, quizás más importante aún, desterritorializarse. Deleuze se embarca con Nietzsche, navega y se deja naufragar. Creación de conceptos, experimentar, afectarse: una despersonalización de amor y no de sumisión es lo que el encuentro con Nietzsche deja en Deleuze. Y es lo que, a su vez, este último nos deja. Hemos aprendido de primera mano –sin mediadores– que la escritura es un flujo, y que un libro simplemente funciona o no. Cuestión de intensidad. Tenemos la indecencia de un cierto vagabundeo. Nosotrxs reencontramos en Deleuze una experiencia vital: Una intensidad. No nos sitúa ante la perplejidad del ¿por qué?, nos invita a continuar como un flujo hacia el cómo: “Algo pasa o no pasa”.

“Si planteas la pregunta “¿por qué?” nos encontraremos con todas las categorías del significante, es una pregunta pérfida. Creo que hay una región, en la región de las máquinas que se puede llamar las máquinas de deseo o las máquinas deseantes, hay funcionalismo, es decir la única pregunta es: ¿cómo funciona eso? Cómo y no por qué” (2005: 73)

Esta es quizás una de las magias de la experiencia-Deleuze, la cifra que marca nuestra permanencia hacia/en él. Nos arrojamos al cómo, sin detenernos mucho en el por qué. La invitación a hablar en nombre propio, la invitación a la intensidad que Nietzsche provocó en Deleuze, la hemos heredado. Y es que a pesar de repelernos a primeras, para nosotrxs “que hemos vivido demasiado” quizás el siglo ya sea deleuziano.

Ante esta frase lanzada por Foucault, y que Cressole –diciendo “se echan flores”– utiliza para desestimar el encuentro de los filósofos, está la evidencia. Un artilugio retorico, “una formula cómica destinada a hacer reír a nuestros amigos y rabiar a nuestros enemigos”, dirá Deleuze. Pero esta frase alberga una potencia, la potencia de lo falso, que Deleuze convoca en esta carta y lo ayuda a desmarcarse de los relatos que dan testimonio de una deplorable creencia en la exactitud y en la verdad. El siglo puede ser deleuziano, del mismo modo que la historieta ¿Dónde está Wally? Es de Wally. Imagina, entre la multiplicidad de imágenes, la existencia de una marca que abarque toda la composición sin ser ella la composición: de esta manera Deleuze está esperando a nuestro encuentro. Sin necesidad de leerle, aparece ahí. Está presente, y sólo hay que saber encontrarle. Quizás el ¿Dónde está Wally? deba ser reformulado en un: ¿dónde está Deleuze?

¿Cómo no dejarse afectar, incluso cuando no creemos estar siendo afectadxs?

Hará falta echar un vistazo a las problemáticas que buscamos hoy en día. Y cómo en ellas esta presente una cifra deleuziana. Si no hemos pasado por sus escritos nos será mucho más natural salir a su próximo encuentro; cuestión que no sucederá necesariamente en el próximo encuentro. A veces sucede a modo retrospectivo. Si hemos pasado por los escritos de Deleuze, entonces algo marcará esa cifra regular en los acontecimientos, y aquella vestimenta albiroja de Wally es homologable al clinamen de la pedagogía deleuziana.

Deleuze marca su propio leitmotiv, ¿sabremos corresponderle al Pogo deleuziano?

Bibliografía

Deleuze, G.(2005) Derrames: entre el capitalismo y la esquizofrenia, Buenos Aires: Cactus

—————(2014) Conversaciones, Valencia: Pre-Textos.