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Gilles Deleuze. Afirmar la vida

Destruir afirmando, afirmar destruyendo.

Juan Tapia A.

Y es verdad que la lectura es todo un ejercicio respiratorio, un ejercicio rítmico, antes de ser un ejercicio espiritual… Hay allí una cuestión de ritmo, de la distribución de los tiempos fuertes y los tiempos débiles, que hace que la interpretación derive de esa rítmica. Es incluso por eso que el lector participa, a pesar de todo, en la creación del autor.
Gilles Deleuze, El poder. Curso sobre Foucault.

Basta con que el odio esté lo suficientemente vivo para que de él se pueda sacar algo, una gran alegría, no ambivalente, no la alegría de odiar, sino la de destruir lo que mutila la vida.
Gilles Deleuze, Foucault

Si hay una de las exigencias que no habría que desatender en Gilles Deleuze, es la de no reducir ese descubrimiento temprano que hay en su Nietzsche y la filosofía (1962), el de la negatividad de lo positivo [negativité du positif] a la crítica vanguardista. Ésta sería una de las piedras de toque de la filosofía dionisíaca, nos dice Deleuze: advertir y diferenciar una destrucción activa, una agresividad, una alegre destrucción del resentimiento. Se trata de tener en cuenta que una afirmación que no sepa decir no, termina simplemente por asumir lo real tal cual es; para este Deleuze al cual se le queda alojado el monstruoso Nietzsche de las tres transformaciones, se trata de ser capaz de negar afirmando, de pensar la destrucción como potencia afirmativa. La crítica vanguardista tendría que ver, por su parte, con cierta voluntad de novum, de corte limpio con el pasado, con una «afirmación como negación-fundación» (W. Thayer Tecnologías de la crítica 41). Instalada tal como está en la metafísica historicista que presupone –sin siquiera aproximarse a cuestionarla–, la vanguardia reactiva una comprensión del tiempo lineal, cuyos ‘antes’, ‘ahora’ y ‘después’ están por sobre todo no infectados entre sí, no enmarañados entre sí: desatendiendo las sobrevivencias, los espectros, las fuerzas intempestivas.

Ahora bien, hay una pregunta que nos es tan urgente como necesaria, y que nos atormenta de vez en cuando: ¿cómo afirmar la vida en medio del dispositivo-capital? ¿Cómo afirmar la vida allí donde esta es inmanente “al” capital? ¿Cómo llegar a afirmar las potencias de la fuerza de existir, allí donde el capital no solo opera como «principio de mando de la totalidad de las condiciones de las fuerzas humanas de trabajo» (C. Casanova Estética y producción en Karl Marx 59), sino que también como principio de mando de la destrucción? ¿Cómo (des)hacer entremedio de este modo de producción-destrucción?

Nos referimos a que la captura del capital en tanto dispositivo que acumula devastando –cuerpos, pueblos, tierras, reactualizándose, modulándose cada vez según las crisis que lo relanzan; captura del capital –decíamos– que también nos despoja de nuestras potencias, toda vez que opera fijándolas, operativizándolas, fundándolas en suma, volviéndolas ineficaces siempre que no están bajo su mando. ¿Cómo hacer de las fuerzas que nos constituyen y disuelven, de su (re)composición, otra cosa que la triste y obligada cooperación bajo el mando del capital para abastecer aquella danza de las mercancías (esas mesas sensiblemente suprasensibles)? ¿Cómo (re/des)componer las fuerzas tecno-humanas para desabastecer la maquinaria del capital? ¿Cómo hacer un montaje en medio del dispositivo? Estas preguntas son también acerca de la imposibilidad de la alegría en medio de esta hostilización permanente en la que estamos obligados a comparecer mediados por la valorización, la circulación o el consumo mercantil. Imposibilidad que se ve acompañada de la felicidad obligatoria, de la anestesia democrática, del miedo inoculadoa lo extraño e inquietante. La chance, la incierta posibilidad de afimar la vida, no se separa, entonces, ni de la resistencia a la compulsión productivista y conectiva del capital, ni de la deserción de aquella maquinaria, que exige su desactivación, su inoperatividad, su sabotaje, ni de una nueva sensibilidad que aloje la tensión insoluble entre la fuerza de la debilidad y la debilidad de la fuerza, de una nueva suavidad, ni, por tanto, de la lucha en medio del desierto del capital apostando por la afirmación de las fuerzas proliferantes e irreductibles en incesante potenciación. Es allí que las oleadas de inmanencia que desbordan el pliegue del capital –pliegue que se instala por sobre las fuerzas y las potencias para productivizarlas–  anuncian un diluvio que ya no se sufre, sino que se aprovecha: remontaje de las fuerzas, remontaje de los tiempos.

Si en Deleuze nos encontremos una y otra vez con cierta primacía de las líneas de fuga, ello nos pone al tanto de que el dispositivo del capital responde a una urgencia, a una situación, a una contingencia en la que se hacía necesario encerrar el afuera. De las resistencias, de las deserciones, de las luchas en medio de lo inhóspito tenemos noticia desde antes de que el dispositivo capitalístico se instalara como módulo singular sobre el planeta, sobre la tierra, para fetichizarla como globo, y se trata de proseguir aquella corriente subterránea. De aquellas fuerzas intempestivas que erosionan y estallan, de aquel caos genial, de ese desorden creador, de esa alegría de la destrucción es que se reinician las tentativas tendientes a la creación, a la afirmación de lo vivificante. Son quizá aquellas fuerzas intempestivas –en su anacrónico montaje–  las que dan lugar a las inéditas creaciones al borde de lo vivible, que son cada vez los ejemplos predilectos de Deleuze: Artaud, Kleist, Nietzsche, Hölderlin. O como lo señala Lapoujade, se trata justamente de que «los movimientos aberrantes amenzan la vida tanto como liberan sus potencias» (Deleuze. Los movimientos aberrantes 24).

Destruir lo que mutila la vida está lejos de reinstalar, de refundar, de cierta voluntad de olvido que quisiera enterrar lo sido y comenzar de nuevo, esta vez ‘de buena manera’. Si esta destrucción se ejercita como chance incierta, es porque nada garantiza. Nada asegura. Ha sido la compulsión a evitar la conmoción, la desestabilización, compulsión de aplanar y disponer un camino seguro, la que nos ha llevado a este paisaje. Si la experimentación se ve atenuada por la proclama de una cierta prudencia en Mil Mesetas(1980), es justamente por el modo en que producción y destrucción, guerra y acumulación se entrelazan y co-determinan en el incesante movimiento del capital. Cada vez la experimentación, en el sentido de un riesgo y una salida fuera de sí, conlleva más peligros. Justamente por eso ya en 1990 las palabras de Deleuze eran las siguientes: «No hay lugar para el temor ni la esperanza, sólo cabe buscar nuevas armas» (Conversaciones 151), señalando que ante cada nueva modulación del dispositivo no queda más que crear nuevas fugas, reincorporar las fuerzas intempestivas que proclaman el porvenir. Así como también en diálogo con Claire Parnet señala lo siguiente: «No es fácil ser un hombre libre: huir de la peste, organizar encuentros, aumentar la capacidad de actuación, afectarse de alegría, multiplicar los afectos que expresan o desarrollan un máximo de afirmación. Convertir el cuerpo en una fuerza que no se reduzca al organismo, convertir el pensamiento en una fuerza que no se reduzca a la conciencia […] Enseñar al alma a vivir su vida, no a salvarla» (Diálogos 72), abrir de manera problemática nuestra relación con la vida, con la realidad, apertura que funciona a la par con aquella destrucción alegre, aquella gran alegría cercana a la gran salud. Ser capaces de acción, ser capaces de afirmar, ser capaces de componernos, recomponernos y descomponernos en el filo bello y terrible de lo anómalo y aberrante. En esta síncopa de la afirmación es que todo ello significa también ser capaces de destrucción.

Referencias

Casanova, Carlos. Estética y producción en Karl Marx. 1.a ed., Metales Pesados, 2016.

Deleuze, Gilles. Conversaciones (1972-1990). Traducido por José Luis Pardo, 1.a ed., Edición electrónica Escuela de Filosofía Universidad ARCIS, s.f.

Deleuze, Gilles. Nietzsche et la philosophie. 1.a ed., Presses Universitaires de France, 1962.

Deleuze, Gilles, y Claire Parnet. Diálogos. Traducido por José Vásquez Peréz, 1.a ed., Pre-Textos, 1997.

Lapoujade, David. Deleuze. Los movimientos aberrantes. Traducido por Pablo Ires, 1.a ed., Cactus, 2016.

Thayer, Willy. Teconologías de la crítica. Entre Walter Benjamin y Gilles Deleuze. 1.a ed., Metales Pesados, 2010.