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Espacio crítico

Una misma fuerza

por Fernanda Vicuña

“La razón por la que batallas con el amor propio, es porque el patriarcado colonial capitalista te enseñó a tolerar el abuso.”
Dra. Rosales Mesa

La conquista material será a la vez resultado y condición de la expansión espiritual”.
Enrique Pérez Bengoa

Conquistar
Del lat. *conquisitāre, de conquisītum ‘ganado’.

  • tr. Ganar, mediante operación de guerra, un territorio, población, posición, etc.
  • tr. Ganar, conseguir algo, generalmente con esfuerzo, habilidad o venciendo algunas dificultades. Conquistar una posición social elevada.
  • tr. Dicho de una persona: Ganar la voluntad de otra, o traerla a su partido.
  • tr. Lograr el amor de alguien, cautivar su ánimo.

Al revisar esta definición del verbo “conquistar” extraído de la RAE, lo primero que me llama la atención es la benevolencia de renunciar al verbo “ganar” cuando la definición se refiere al amor romántico. Este sensible gesto semántico sugiere que el acto de “vencer” o “someter” se correspondería con una conquista política, laboral o territorial, pero no formaría parte del ejercicio de conquista romántica. Ahora bien, es posible encontrar algunas similitudes simbólicas que operan tanto en conquistas territoriales como en una conquista amorosa, en la medida que éstas se practican de acuerdo al modelo patriarcal y mirada colonial propias de nuestra era.

Hay ciertos momentos, territorios y personajes en la vasta historia de la conquista de Latinoamérica que para sus objetivos de expansión emplearon estrategias de sincretismo. Para esto fue necesario convencer, casi siempre, a las diversas culturas originarias, de que los propósitos e intereses de los conquistadores eran beneficiosos para sus propias comunidades. En casi todos estos escenarios -y no digo todos porque no conozco cada detalle de cada rincón de cada siglo durante este larguísimo saqueo llamado conquista- hubo sometimiento a personas autóctonas del continente, aculturación y extirpación de valores religiosos, políticos y culturales, por ser estos considerados inferiores a los que traían consigo los conquistadores. A partir de esto, es posible señalar que los conquistadores de América emplearon una táctica de seducción -en la medida de lo posible- para con comunidades indígenas. Podemos entonces inducir que la idea de “conquistar” a una persona supone una demostración de encantos o dotes que puedan, tarde o temprano, ser de interés o beneficio para que otra y que esta termine por ceder ante quien conquista.

Hay otras convenciones alrededor de esta simbiosis patriarcal que conceden al rol de lo masculino -quien provee- una constante posición de poder, en que el hombre debe ser atendido, complacido y consentido por la figura de lo femenino -quien cuida-, una vez consumada la conquista. En este modelo preestablecido, existe un acuerdo tácito de obediencia, renuncia y sometimiento de la figura femenina que actúa a su vez como causa y consecuencia de la feminidad sujeta a la maternidad. Pienso, por ejemplo, en la herencia del matrimonio tradicional. La importancia del legado de un hijo hombre, que permitiría perpetuar la existencia de una “familia” por medio de un apellido. El otro apellido, que corresponde a la madre, desaparece inequívocamente. Pensemos en el apellido como un dispositivo de conquista. El padre como conquistador del territorio de la infancia gestada en el cuerpo continente de la madre.

Martin Lienhard (1998) reflexiona sobre los objetivos de los españoles en su período de conquista y los describe como procesos de “reducción”. El autor señala este modus operandi como una manera de “sujetar a obediencia”. Y si bien en ninguna parte del contrato de matrimonio existe un apartado acerca de la obediencia, existen roles para ambas partes en el binomio que se unen por medio de un contrato. Hoy en día aquellos roles se encuentran en un momento de reordenamiento o redistribución, pero aún se conservan dinámicas opresivas hacia la figura de lo femenino en cuanto a la valorización diferenciada de las labores que identificamos como propias de cada género. En un sentido, aquella reestructuración de las figuras de un hogar significa a su vez un replanteamiento del rol y el valor de cada cual: hay mujeres proveedoras y hombres amos de casa. Aun así, existen lógicas neoliberales que alimentan el juego de poder: quien provee (rol de lo masculino) posee mayor dominio y potestad ya que solventa el hogar financieramente, mientras que quien realiza las labores del hogar (rol de lo femenino) no recibe remuneración más que por usufructo de los bienes de la figura de quien provee.

Aquello que hoy en día conocemos como «trabajo doméstico» es un concepto que nace en el siglo XIV para denominar aquel trabajo que la mujer realiza al interior del hogar, en un período en que se impuso la idea de que la mujer no debía trabajar fuera de su casa. (Federici, 2004: 143). No obstante, cualquier trabajo realizado en condición de labor doméstica, fuese para su familia, como para otra persona, correspondió siempre a trabajos que eran apenas remunerados, lo que imposibilitaba la emancipación económica de la mujer. Esta tradición de mantener aquello que entendemos por lo femenino bajo el alero de la inferioridad, siguiendo las ideas de Lienhard, puede establecerse como consecuencia, no sólo de la devaluación del trabajo femenino que arrastramos como sociedad desde la Edad Media, sino que también de la aculturación acontecida en nuestro continente durante la invasión española. La real descolonización y deconstrucción de los paradigmas del patriarcado, no están sujetos al enroque de estos roles, sino que más bien al verdadero reconocimiento y consideración de esta otra labor – correspondiente a lo femenino- no como un inferior, sino como la base y estructura de lo que nos constituye como sociedad sujeta, a su vez, a estructuras económicas como eje predominante.

Este mismo ejercicio de derribar los pilares de lo patriarcal del pensamiento hegemónico debe ser un proceso de descolonización del pensamiento. Entendamos, por ende, que la idea de que lo femenino, y lo indígena, como esferas inferiores de nuestra sociedad son herencias hermanas de la visión de los conquistadores. Rolena Adorno habla sobre la mirada caballeresca militar que había en el discurso colonial hispanoamericano del siglo XVI, respecto de la figura del sujeto colonizado. Desde la visión de los colonizadores, las características que denotan deficiencia cultural en el sujeto indígena eran precisamente aquellas que podían asociarse a lo femenino. La cobardía, irracionalidad, emocionalidad, son términos empleados por Juan Ginés de Sepúlveda, sacerdote, historiador y jurista español, para establecer similitud entre indígenas y mujeres, y así justificar su propósito de someter y gobernar a les natives americanes.

El expansivo proceso de conquista de América, el extractivismo y saqueo se efectúan de manera acumulativa. Por un lado, estaba la codicia de capital que convenía la conquista para los sujetos colonizadores. Por otra parte, la ambición de expansión territorial, la cual se desprende desde los encargos de la Corona hasta la aspiración al reconocimiento y la fama -y por qué no, hombría- de los conquistadores. Por último, ha de mencionarse la misión de evangelización, que sin lugar a dudas fue un poderoso motor de expansión a lo largo de los siglos. Ciertamente, la misión evangelizadora del indígena va de la mano de una ideología “civilizatoria”, que implicaría una redención del sujeto colonizado, no sólo ante la figura del Dios católico, sino más bien ante la Corona. Así, el conquistador exigía la obediencia incondicional del indígena en miras del beneficio propio que le traería dicha subordinación en la medida en que ésta se traduciría en mano de obra y, por consiguiente, acumulación de capital.

Si hablamos de conquista, hablamos de desaparición de la otredad en disposición de la dominación, y esta dominación como resultado y condición de una expansión. La expansión involucra una transformación, divisoria, opresiva, esclavizante, reductora que se manifiesta en lo físico, social, espacial, relacional, sexual, cultural, lingüístico, religioso y económico de lo dominado. Es por este motivo, que cualquier transformación que se piense desde el feminismo para nuestra sociedad (principalmente en Latinoamérica) debe corresponderse con una mirada descolonizadora. Que no nos distraiga la diversidad de lo oprimido, porque en el fondo, toda forma de opresión es una misma fuerza.

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Referencias

Bengoa Pérez Enrique, “La visión “del otro” en la “conquista” de Chile”, Universidad de Mälmo

Adorno Rolena, “El sujeto colonial y la construcción cultural de la alteridad”, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Año 14, No. 28, Historia, Sujeto Social y Discurso Poetico en la Colonia (1988), pp. 55-68

Lienhard, M. (1998): “El cautiverio colonial del discurso indígena: Los Testimonios” en J. Pinto (ed), 1998

Federici, Silvia, (2004) “El Calibán y la bruja”, (ed) Traficantes de sueños, (2010)

Barrera Sánchez, Oscar, “El Cuerpo en Marx, Bordieu, Foucault”, Iberóforum. Revista de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana, vol. VI, núm. 11, enero-junio, 2011, pp. 121-13

Dussel, Enrique, “Descubrimiento o invasión de América”, Revista internacional de Teología No. 220, (1988)