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Espacio crítico

Entre la enfermedad y la revolución podemos ver hermosos destellos de cuidado

Johanna Hedva

Este breve ensayo acompaña una pieza llamada Get Well Soon, una tarjeta electrónica masiva compuesta de más de 200.000 mensajes de buenos deseos. Estos vienen de un popular sitio de recaudación de fondos colectivos llamado gofundme.com, autodenominado “líder en la recaudación de fondos médicos en línea”, el cual, debido a la falta de atención médica asequible en los Estados Unidos, es ampliamente confiado para financiar procedimientos médicos vitales. Los mensajes conforman un archivo revelador; expresan cuidado, buenos deseos, empatía y generosidad ante la adversidad personal y la falla sistémica. Este es un archivo de ayuda mutua en respuesta a un despiadado y lucrativo sistema de salud.

Es un archivo que no debería existir.

El lenguaje de la enfermedad es un lenguaje de clichés. Mejórate pronto. Esperando una pronta recuperación. Enviando amor. Cuídate en este difícil tiempo. Los adjetivos son pocos y los mismos verbos son utilizados una y otra vez.

El lenguaje de las revoluciones es también uno lleno de clichés.       No hay poder como el poder del pueblo porque el poder del pueblo no se detendrá. La gente unida jamás será dividida. No, no iremos. No importa lo que están pidiendo, quienes protestan cantan los mismos cantos, sus carteles vociferan los eslóganes de ayer.

Cuando estamos desesperados por un cambio, ya que estamos en ambas, en la enfermedad y en la insurrección, nuestro lenguaje drena la complejidad, se perfecciona hacia lo más simple. Sentimos que no podemos perder el tiempo con adjetivos o símiles o hipotaxis. No, tenemos un mensaje que hacer entender, el cual es crucial e inmediato; no podemos arriesgar perder su significado dentro de muchas palabras. Sin embargo, como la enfermedad y la revolución persisten, el lenguaje hecho en ellas y sobre ellas se profundiza, deja entrar más matices, absorto en la aguda experiencia humana de encontrar los propios límites en el sitio del fin del mundo. ¿Son estos mis propios límites o son ellos los límites del mundo?

Como comparten esta cualidad del lenguaje, la enfermedad y la revolución, ambas, existen en similares tipos de tiempo, del tipo que se siente aplastantemente presente. El tiempo es ahora, y es largo. Sin embargo, la temporalidad en cada uno puede sentirse diferente, al principio.

En la enfermedad, el tiempo se ralentiza tan extremamente que se vuelve estático e insoportablemente pesado. Para la persona enferma, o para quien cuida de una, el tiempo se congela, endureciendose alrededor del cuerpo, cerrando todo dentro de este nuevo centro de gravedad. Todo lo que se puede hacer es esperar. El futuro se aleja cada vez más, y el momento presente —el empapado en enfermedad— se vuelve gigante y cruel. En la enfermedad, el ahora se siente como un castigo.

En la revolución, cuando aún es joven y ferviente, el tiempo espuma en torno al hecho de que es ahora. ¡Ya no haremos más lo que hicimos en el pasado, desde hoy en adelante, seremos! —y no importa lo que venga después, su función es la misma. La promesa del cambio, el entusiasmo por un nuevo mañana, la esperanza por un futuro diferente: estos innovan el ahora, y el ahora se vuelve un alegre desafío al destino.

En algún punto, sin embargo, el revolucionario ahora se desplaza hacia el ahora de la enfermedad, endentado en lo que Arendt llamó “entre pasado y futuro”, interminable, esperando el cambio por venir, esperando, aún, esperado. Contrariamente, tal como muchos enfermos crónicos y gente discapacitada saben, el ahora de la enfermedad pronto se radicaliza, revela su poder subversivo, y produce una política.

Solemos ubicar la enfermedad y la revolución opuestas entre sí en el espectro de la acción: la enfermedad está en el extremo de la inacción, la pasividad y la rendición, mientras que la revolución está en el extremo del movimiento, surgiendo y agitando. Pero tal vez este espectro es más como un ouroboros: una termina alimentando la otra, transformándose en, a causa de, hecha del mismo material que la otra.

Muchos piensan que la revolución, cuando venga, debería verse como se vio antes: una protesta en las calles, algunos buenos saqueos y disturbios, un golpe, un motín. El mundo ha estado anticipando la furia que se ha ido construyendo, en todos y en todo, sobre todos y todo, y anhelamos que finalmente hierva y estalle.

Ahora sería un buen tiempo para repensar cómo puede ser una revolución. Quizás no parezca una marcha de cuerpos enfadados y capacitados por las calles. Quizás se parece más al mundo deteniéndose porque todos los cuerpos en él están exhaustos —porque el cuidar debe ser priorizado antes de que sea demasiado tarde.

Aquellos de nosotros para quienes la enfermedad es una realidad cotidiana, tenemos un gran conocimiento acerca de su potencial revolucionario. Sabemos que una revolución puede verse como un cuerpo horizontal en una cama, incapaz de ir a trabajar. Sabemos que puede verse como cientos de miles de cuerpos en cama, organizando una huelga de rentas, separando el valor de la vida de la productividad capitalista. Sabemos que la revolución puede verse como la labor de una sola enfermera, manteniendo a los pacientes vivos en su sala, o la labor de un solo amigo que te ayuda a comprar comestibles. Sabemos que puede verse como el trabajo del cuidado expandido exponencialmente, todos nosotros llegando a todos quienes conocemos, todos quienes conocemos llegando a los suyos. Sabemos que una revolución puede verse como una comunidad que aporta $5 por persona para el tratamiento médico de alguien —nos preguntamos cuándo aquella comunidad notará cuán revolucionario es el acto del cuidado común.

El mundo ha cambiado hacia algo irreconocible en estas últimas semanas. El interminable ahora de la enfermedad está sobre nosotros, y el mundo del capacitismo ha sido levantado a la fuerza para conocerlo. El capacitismo del mundo siempre ha sido un tema, sólo que ahora se ha acercado a quienes normalmente no lo sienten.

Lo que estamos viendo ocurrir con el COVID-19 es lo que ocurre cuando el cuidado insiste en sí mismo, cuando el cuidado de otros se vuelve mandatorio, cuando toma espacio y dinero y trabajo y energía. ¿Ven que tan difícil resulta? El mundo no está construido para entregar cuidado gratuito y en abundancia. Lo intenta ahora, pero miren qué tan ajeno es este concepto, qué tan difícil es hacer que ocurra. Tomará todo de nosotros —tomará todo de nosotros operando sobre el principio que si sólo algunos de nosotros están bien, ninguno de nosotros lo está. Y esto es exactamente el por qué es revolucionario. Porque el cuidado exige que vivamos como si todos estuviésemos interconectados —que sí estamos— invalidando el mito de la autonomía individual. En el cuidado, conocemos nuestros límites porque son el lugar donde nos encontramos. Mi límite es donde me encuentras, el tuyo es donde te encuentro, y, en este lugar de encuentros, estamos conectados, hechos de la misma materia, transformándonos en uno por el otro.

El cuidado a menudo se siente como si tuviera que ser brindado por otra persona, y esto también puede ser visto como se siente una revolución. Esperamos por el cambio que nos será dado por quienes están en el control, esperamos que quienes están en el poder entren en razón. Muchos activistas saben que como el poder puede ser tomado, también puede ser tomado de vuelta. Como el cuidado puede ser dado, también podemos tomarlo. Siempre he encontrado consuelo en el hecho que las palabras caregiver y caretaker significan lo mismo (cuidadora/or). Cuidamos (We take care), cuidamos (we give care), y puede ser contagioso, puede expandirse. Nos enseña que el límite del mundo es siempre un lugar a ser explorado, empujado, transformado. Encuéntrame, en el fin, donde hay dar y recibir, y sigámonos hacia el principio.

Traducido por Juan Andrés Celis.