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Espacio crítico

¿Me das educación? Te la compro

Viviana Ávila Alfaro

En el paradigma de consumo absolutamente todos los intercambios de bienes y servicios se reducen al poder que un individuo adquiere por tal acción llevada a cabo. El adquisidor y su poder simbólico por sobre el producto o servicio contratado le otorgan el derecho de uso, abuso y explotación de un recurso. Las metáforas que rondan expresiones tales como es mío y hago lo que quiero o para eso me compré [x cosa], refrendan la creencia sobre la soberanía por sobre aquello adquirido, de modo que, ya sea su uso o explotación cobra absoluta legitimidad. Así es como productos culturales se mercantilizan y cosifican cual, si fuesen objetos de uso diario, tales como cepillos de dientes, una mesa o un utensilio de cocina.

De manera evidente, las ideas anteriormente mencionadas adquieren (más) valor cuando nos referimos al intercambio realizado mediante el uso del dinero y no mediante el trueque o regalo, puesto que estos últimos no se encuentran sometidos a las leyes del mercado salvaje y, por lo tanto, a la relación jerárquica de poder existente entre quien adquiere un bien o servicio por sobre aquello que es adquirido, en la mayor parte de los casos (pues un regalo, eventualmente, podría someter a alguien a una relación indeseada, pero no entraremos en ese campo). Entonces, si bien no habría aparentes problemas en sentir absoluta potestad por sobre lo adquirido mediante el dinero que, a la vez, es producto del trabajo y la energía humana puesta en este, debemos considerar que, tanto los bienes como los servicios, provienen de personas que trabajan y se encuentran ubicadas tras las cadenas de producción.

Desde la fabricación de un lápiz hasta una atención en un restorán, existe un trabajo realizado por una persona que ha puesto su vida y energía para recibir (casi siempre) a cambio el dinero que empleará también para la obtención de bienes y servicios, por lo tanto, aquella relación jerárquica de quien paga por sobre lo pagado es absolutamente intercambiable en tanto puede estar en uno u otro lado de la cadena de producción. Es necesario enfatizar que, distinto es disponer de un lápiz a una acción para la que no está diseñado, como, por ejemplo, servir de marcapáginas, (aunque sea producto del trabajo humano) que disponer de una persona y su tiempo libre para que haga horas extras que serán dudosamente remuneradas.

Si trasladamos todos estos preceptos hacia el área de la educación y aplicamos las metáforas de la soberanía y potestad adquirida mediante la compra o pago de un producto, bien o servicio, nos asentamos en el escenario mismo de la Educación de Mercado. Acá hay quien paga [tutor/a de un/a estudiante o el/la estudiante mismo/a] un servicio [educación] que debe ser entregado mediante la energía y trabajo de una persona [profesor/a] a cambio de un producto simbólico [saber, contenido] que conllevará a la obtención de la concreción de una etapa escolar o universitaria [licenciatura, graduación u obtención de un título universitario]. Mediante la acción del dinero, se compra un saber a través de cuerpos por los que transita este producto simbólico, a saber, un/a docente que enseña a estudiante/s. Sin embargo, ¿qué ocurre con lo de la potestad y soberanía por sobre aquello que se paga? ¿cómo operan en el sistema educativo? ¿quién tiene la soberanía por sobre otro/a?

Bien sabemos que la soberanía y derecho por sobre lo que se obtiene con el dinero le corresponde a quien paga y, en el caso de la educación, esa potestad puede pervivir enel/la tutor/a o estudiante, en el/ sostenedor/a del colegio, en quien recibe el poder del dinero en una universidad o en los accionistas de diversas casas de estudios, vale decir, en todos, menos los/las docentes. Acá, quien enseña lo hace a cambio de un pago mensual que, como sabemos, no equivale al trabajo realmente hecho ni mucho menos a la energía entregada a cambio de un saber del cual es especialista. Por otro lado, la entrega de ese saber que se lleva a cabo por tal intercambio es aquello por lo que un/a otro/a está pagando y es acá donde se genera el sometimiento a las leyes de la jerarquía de quien paga por sobre quien enseña, pues, quien recibe este saber especializado puede o no aprenderlo y, en el último caso, exigir a la fuerza, ese aprendizaje que no se está llevando a cabo efectivamente, pues ha pagado por ello y lo merece legítimamente. Dado que el aprendizaje es otra de las infinitas mercancías del mercado, si falla, se puede, eventualmente pedir devolución, cancelación o, en última instancia, reclamación en contra de quien ejerce la docencia y no de quien está más arriba en la cadena del producto enseñanza o saber. 

Así, el aprendizaje se deshumaniza, pues, al otorgárseles las propiedades de mercancía, se exime de los factores y características intrínsecas del proceso, tales como la edificación de las personas, el crecimiento especializado, el aprendizaje holístico, el intercambio cultural entre individuos e, incluso, el crecimiento espiritual de quienes se implican en el proceso. Al estar dirigido hacia la mera consecución del producto final, como el diploma de graduación que acredita haber cursado efectivamente distintas fases, pareciera ser que el proceso es lo menos y el título lo más. Por tanto, el diploma que acredita haber cumplido efectivamente con el proceso, en realidad lo que acredita es un pago a través del que este se obtuvo y no un aprendizaje efectivo y real.

Lo anteriormente desarrollado recae, en términos generales, en las nociones actuales sobre la educación como mercancía y no en otras manifestaciones que podrían eventualmente escapar de esta dinámica. Es de esperarse, entonces, que quienes pagan por tal intercambio, dispongan de la vida (y sus condiciones) de quienes educan, dadas las atribuciones sobre la potestad y soberanía que ejercen con tanto derecho por sobre aquellos cuerpos y mentes. En tanto quien enseña es el/la que permite o no que quien estudia adquiera un conocimiento, recae, por lo tanto, en el primerola responsabilidad del aprendizaje del segundo, inclusive en caso en que este último no esté interesado o implicado, a sabiendas de que el proceso no es unilateral. La mercancía-aprendizaje es evaluada en términos de calidad, eficacia, duración y, por, sobre todo, utilidad, es decir, se engloba bajo la pregunta ¿para qué sirve [asignatura]? y, pues, si es que quien estudia considera inútil tal mercancía-saber, la va a desechar, lo que conlleva al evidente rechazo del/la docente que la imparte y, por lo tanto, la responsabilidad del éxito de otro/a. 

La casa de estudio o el sostenedor de un colegiofuncionan como garantes de la mercancía adquirida por los/as estudiantes. Quien educa es solamente un eslabón de la cadena de producción. Nada más que eso. La mercancía educativa se pone al servicio del cliente para entregar el mejor servicio en manos de personas que han atravesado procesos educativos parecidos, sea de modo más o menos consciente o más o menos deliberado. Estos cuerpos y mentes explotadas y agotadas, pese a que entreguen su máximo capital cultural y simbólico, de todos modos, están en manos de mercaderes de la educación cumpliendo un rol al servicio del capital, lo quieran o no. Incluso con buenas excepciones y satisfactorias encuestas docentes y una larga carrera de formación cuya valía no está en sus manos, sino en otras.