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Arte y mercancía: las esferas del arte y el mercado del arte

Por Nicolás Piérola

Por Nicolás Piérola

Comencemos por hacernos la siguiente pregunta: ¿Podría seguir existiendo el mercado del arte sin artistas? Aquí una propuesta binaria, si o no, tiene campos de pensamiento diversos y, asimismo, cada una de aquellas respuestas conlleva factores y variables muy interesantes a considerar.

Si el mercado del arte, mediante la desaparición de sus artistas, no pudiera continuar existiendo como tal, hay una serie de condiciones que nos impone la condición artística de éste. Ese mercado del arte, podríamos afirmar, vendría a ser alimentado exclusivamente por obras de arte que a su vez tienen exclusiva génesis en la figura del artista. En este caso, hipotético, podríamos aumentar aún más la apuesta y decir que dada la desaparición del artista, también se esfuman sus legados, su obra previa, todas las obras previas y futuras. Se vacían los museos, las galerías, los muros y hasta los cementerios. El mercado del arte entonces se vería obligado a buscar otro objeto de su valor para comercializar y se perdería, como mucho, un elemento de especulación muy particular como lo son las obras artísticas: una mercancía que prácticamente nunca pierde su valor y que, sin embargo, tiene un permanente potencial de aumentarlo, latente e impredecible – y, asimismo, manipulable. En otras palabras, un objeto del deseo ideal del mercado: su panacea, su utopía. El mercado en un sentido amplio seguiría existiendo, por supuesto, pero concentraría, seguramente, su valor en objetos de un valor relativamente estable como el oro. Las demás mercancías y mercados mantendrían su curso actual, en gran parte indiferentes a esa esfera especial que fuera el mercado del arte. Si el mercado del arte pudiera seguir existiendo aún ante la desaparición del arte, entonces eso significaría que las obras de arte son un producto insignificante dentro de la ecuación que se comercializa en éste, pero no nos adelantemos.

Siguiendo el caso hipotético anterior: ¿qué pasaría si la desaparición del artista no implica la desaparición de las obras de arte, sino sólo su futura producción? En este caso, es posible que el mercado no sufra cambios importantes, pues, de no haber más artistas de aquí a la posteridad, el archivo de obras existente es de tales dimensiones, que permitiría al mercado del arte existir sin grandes modificaciones por años, siglos, tal vez milenios. Las bóvedas seguirían conteniendo obras de arte como garante de valor; las galerías y museos continuarían haciendo uso de colecciones privadas que, a su vez, servirían como suerte de modelo de elusión legal de impuestos a sus propietarios. Incluso, aún se continuaría especulando con obras, apostando a que tal o cual artista aumentará su influencia, su valor, su prestigio, y, con ello, también el de su obra; aunque quizás, la historia del arte tendrá lo suyo para decir al respecto. El arte en general se mantendría como esa panacea, ese objeto ideal del mercado, aunque con una nueva limitación: ya no se podrían producir nuevas obras y artistas como ‘revelaciones’ que irrumpan de golpe en el mundo del arte. Esta idea de producir a una artista, de mover los hilos del mercado para que aumente artificialmente su prestigio y con ello su valor, estaría limitada sólo a artistas rescatados; lo que, de alguna manera, quizás sería beneficioso al mundo del arte: técnicas y descubrimientos antes abandonados; artistas dejadas de lado por la historia, discriminadas por causa de género, raza o casta social – o al menos, aceleraría ese proceso que ya sentimos está en marcha, aunque por otras razones.

Todas las consecuencias de este último caso nos hacen pensar que el valor del artista en el mercado del arte actual es mínimo o casi nulo. Más aún si consideráramos un escenario que implique la desaparición del artista, pero no de las obras. Es la obra la mercancía, el talismán del mercado. El lugar del artista está dispuesto en el aura de su obra, en el relato, en la narrativa que permite aumentar su valor; pero la obra no tiene tanta capacidad de ganar valor por sí misma, es el mercado mismo quien le provee un valor monetario. Son pocas y escasas las historias de obras anónimas que ganan una enorme reputación, pero una sola ya presupone que el valor de la obra es dado mediante el mercado y no tanto, por influencia del artista. Aún así, la reputación de la obra está adherida en una buena parte a la reputación del artista. Pero a su vez, para el mercado, la función del artista no es sino promover el valor de la obra, más aún que producirla. La creación no es protagonista. La innovación tampoco. El rol del artista tiende más bien hacia fines publicitarios. El único protagonista es el valor de mercado, que tiene por principio y fin promover ciertas cualidades, ciertas narrativas, del artista y de la obra, que le den un atractivo suficiente para moverse en el mercado. Y aquello que resulta atractivo al mercado no necesariamente resulta atractivo a la gente que sirve de público, ni aquélla que sirve de génesis creativa. Ejemplos de esto último sobran[1]. Hay descontentos generalizados y dispersos sobre algún u otro grupo de obras, que al parecer terminan por empañar en su totalidad al Arte. Se crean conceptos para definir aquello que no se considera arte según tal o cuál definición. Pero en definiciones cerradas no cabe en consideración la capacidad inconmensurable del potencial creativo humano.

La anterior reflexión nos lleva a pensar en que arte y mercado del arte son esferas curiosamente tan cercanas como lejanas. Es innegable que por el mercado pasan obras de relevancia histórica, no sólo para aquellas personas que se definen como artistas, sino también para el público en general. Pero también es innegable que no todo el arte valioso para artistas y espectadores pasa necesariamente por ese mercado. La propuesta es la siguiente: un diagrama de Venn, donde un círculo englobe al Arte, en su apertura máxima, y otro que englobe al mercado del arte, en su apetito inabarcable. Ambos, más que en proximidad, superpuestos, aunque no del todo. Una pequeña franja se escapa en el Arte al mercado y viceversa. Porque por muy amplia que sea la definición de Arte, debemos tratar con honestidad al mercado: hay obras que sin valor artístico aparente, explícito ni implícito, juegan un rol en el mercado: el de la especulación. Y es que incluso hay una característica propia de la mercancía que, por principio, pareciera nunca tocar en su caso a la obra del arte: la fungibilidad. Tendemos a pensar en el arte como algo irremplazable, irrepetible – aunque sí reproducible – e inagotable: nada más opuesto a una mercancía corriente, que tiene por principio su corta duración, su obsolescencia – sin contar con que está creado para ser reemplazado y repuesto con relativa facilidad. Tal vez algunas obras en el mercado del arte puedan llegar a tener un valor semejante con otras, pero fuera de esta esfera, jamás se percibirán dos obras como equivalentes o iguales.

A veces toca ser tarea del artista incluso denunciar toda esta situación: Maurizio Cattelan, en su obra Comediante, apostaba a que el mercado consumiría una mera banana pegada con cinta adhesiva sobre un muro, en el contexto de una feria importante de arte. Y así lo fue – y no por una suma pequeña[2]. Esto nos lleva a pensar, finalmente, que lo valioso para el mercado no es el objeto artístico en este caso, sino el certificado de autenticidad de la obra – testimonio de que la obra existió, una vez que la banana entrara en proceso de descomposición. Por esto es por lo que el mercado del arte puede sobrevivir sin las obras: porque es un mercado de certificados, especula ideas y no obras, narrativas y no artistas. Una misma obra incluso puede cambiar de manos, de dueños, de propiedad en múltiples países, sin la necesidad de moverse del mismo almacén que la puede acoger por décadas. Así, podemos intuir que el mercado del arte no es sino la esfera de la codicia y la creatividad, por su parte, no siempre entra en ese juego.


[1] Desde las polémicas de las primeras obras abstractas, e incluso antes, con el grupo impresionista, la crítica y el mercado han definido aspectos como ‘valiosos’ en contra incluso de lo que la historia misma les indica: ven innovaciones como transgresiones, originalidad como narcisismo, experimentación como juegos infantiles, etc. Al contrario, hay obras que para la crítica e incluso para la historia, son determinantes y sin embargo, el público general tiende a menospreciar – el valor que se da comúnmente a la figuración, puede ser determinante en este caso.

[2] Dos ediciones fueron vendidas por unos $120,000 dólares en el Art Basel de Miami en 2019