Polifonías transversales. Un encuentro con Miguel D. Norambuena

Por Paulina Varas

Miguel Denis Norambuena es un chileno radicado en Ginebra desde 1973 producto de un exilio político por la dictadura militar chilena. Su práctica intelectual, profesional y artística no puede definirse de manera estática ya que se ha dedicado principalmente al área de lo que se denomina comúnmente salud mental, pero desde una perspectiva transversal, ligada a procesos de creación heterogéneos. Su propuesta de cuidados o de sanación, está basada en la experiencia de vida que mantuvo primero con David Cooper, médico siquiatra fundador con Ronald Laing, del término antisiquiatría durante los años setenta en París y con Félix Guattari desde el esquizoanálisis durante los años ochenta. Su propuesta también esta nutrida de lecturas y vínculos con Gilles Deleuze, Fernand Deligny, Carmelo Bene, Paul Virilio, François Jullien, Hartmut Rosa, Isabel Stengers. Así como la experiencia intensiva que mantuvo con comunidades Mapuche a principios de los setenta en el sur de Chile. Pocos años antes de que el Golpe militar pinochetista interviniera y aplastara las nuevas formas de vida solidarias, de pensar y de sentir que se estaban componiendo en ese momento. Su práctica y pensamiento beben de diversas fuentes que se han ido conformando en un potente y radical posicionamiento por la vida, por el cuidado de la diferencia, por el deseo y el goce mismo.

En el año 2017, le visito y comenzamos un diálogo nómade en Ginebra  que mantenemos rigurosamente hasta el día de hoy. Una especie de diálogo abierto, polifónico, y al mismo tiempo intensivo y reflexivo. Hablamos sobre su experiencia mientras yo misma vivo una experiencia subjetiva caminando por la ciudad Suiza que se mantiene limpia y ordenada ajena a los pasos que vamos dando por sus calles. Mientras hablamos, nos detenemos, miramos, hablamos o callamos. Hacemos que crezca un poco de maleza en aquellos espacios – Miguel diría, “Espacios inventados” – por donde situamos y hacemos emerger nuestro entramado dialógico, un devenir posible en medio de nuestros recuerdos, el estar ahí, presente, que va tejiendo un presente abierto y compartido, una polifonía transtemporal  y transversal. Visitamos el centro Dracar en Ginebra, lugar que Miguel ha creado en base a la noción de “clínica del cotidiano ecosófica” y puedo ver allí mismo como se desarrollan estas ideas que ha ido recogiendo y viviendo en estos años. En principio, me mueve el interés en saber de los círculos sicoterapéuticos de David Cooper en París antes de su muerte en 1986. Y luego sobre la visita de Félix Guattari a Chile en 1991 pero sobre todo la experiencia de Miguel en sus elaboraciones actuales. Este encuentro de dos continentes que se sitúa en este tiempo que compartimos, aquel que nos exige pensar a la altura de las problemáticas que nos afectan y que nos atraviesan, nos piden a gritos otras formas de producción de subjetividad como parte de aquella “revolución molecular” de la que hablaba Félix Guattari.

PEV: Miguel, para comprender tu práctica hoy en día, creo que hay que remontarse a cuando tuviste que partir de Chile para salvar tu vida previo al golpe de Estado de Pinochet, ¿puedes contarme un poco de ese momento y del tipo de militancia en que estabas implicado en medio de aquella efervescencia social, institucional y cultural que se vivía con el gobierno de la Unidad Popular? Entiendo que debemos situarnos en la ciudad de Temuco y sus alrededores en  la región de la Araucanía en el sur de Chile donde vivías en ese momento con los grupos del MIR que estaban vinculados con la resistencia Mapuche.

MDN: Inmediatamente después del Golpe Militar pinochetista y dada la geopolítica de la idiosincrasia chilena, los militares de la región tenían un cierto reparo hacia el que venía de la capital. Hacia ese “afuerino” que por naturaleza y chilenidad es engreído. Al momento de mi arresto, me beneficié durante los interrogatorios de esa clemencia, ser de la Capital o, en todo caso, tener esa facha: blanco, mas bien alto, bien hablado y bien parado. Los servicios de información de los militares, la DINA, mucho antes del Golpe ya habían infiltrado cuanta organización social, política o institucional existía, gracias a la complicidad de los soplones bien remunerados y de la derecha política local. Mas aún si estas organizaciones tenían la reputación de ser irreverentes al sistema patronal y explotador existente. Siguiendo la mística del cambio social de la época, yo militaba por la causa Mapuche en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), apoyando a los comuneros Mapuche a recuperar sus tierras usurpadas o compradas bajo engaño por los dueños de los grandes latifundios de la región. Robo que de esa época hasta nuestros días perdura, al mismo tiempo que perdura el racismo made in Chile, y la violencia social, institucional y policial del chileno y del Estado, hacia los Mapuche. Mi mística del cambio, y mi compromiso militante nace y se desarrolla a partir de la vergüenza que siento de formar parte de esa comunidad blanca chilena que humilla y maltrata sin reparo alguno, a ese pueblo, el pueblo Mapuche. Esa “fractura” de vivencias en la aprehensión del mundo, sobre todo hacia los pueblos o etnias minoritarias, se vuelve con el tiempo para mi en una manera de ser, una sensibilidad para percibir y estar parado en el mundo desde mi propia herida.

En Temuco no era el único, evidentemente, en vivir esa vergüenza. Antes del Golpe de Estado, durante los mil días de la Unidad Popular del gobierno de Salvador Allende, el país entero estaba viviendo un masivo carnaval de ideas de emancipación subjetiva y popular. Esos mil días de la Unidad Popular  fueron para muchos un salto cualitativo de la dignidad humana. La derecha política chilena cristiana y/o neoliberal, con el apoyo de la CIA de los Estados Unidos, boicotearon desde el primer día las medidas populares del Gobierno de Allende. La mística de cambio social del MIR, creía en que juntos: obreros, pobladores, mapuches  y estudiantes iban a poder arrebatarles el poder y la gobernabilidad fasistisante del país a la derecha. Ocupando las calles, las fabricas, las universidades, los colegios, armando al pueblo. El golpe de Estado Militar del 73, confirmó radicalmente lo contrario. Haciéndonos a todos los opositores al fascismo “criollo” emergente, simples e irreversibles perdedores. Delaciones, arrestos, cárcel, torturas, cesantes, desaparecidos, destierro, exilio. Sabemos hoy día que el gobierno fascista criollo y militar de Pinochet, no solo transformó el paisaje económico si no que además fue una verdadera revolución de mentalidades. Revolución de mentalidades neoliberal que promueve hasta el día de hoy al “consumismo intensivo” como paradigma y finalidad de la vida.

PEV: Cuando llegas a Europa producto del exilio, hay un nuevo escenario al cual te enfrentas, además de todo tu proceso como refugiado político, aparecen los vínculos con David Cooper primero y luego con Félix Guattari, ¿Cómo funcionan esos dos momentos? Hay un ritmo en como se van entrelazando esas formas de cuidado y autocuidado y sobre todo me pregunto ¿Cómo extraer desde allí un eco presente que nos actualice este tipo de proceso de producción subjetiva que sostiene formas de vida cuya política del deseo es urgente?

MDN: Mi llegada a Europa esta fechada, en una historicidad de rupturas, de desgarros. Vecinas a miles de historias cercanas de exiliados. La mía, mi “historia” se sitúa dentro de los dolores, quiebres y culpabilidad del destierro. Culpabilidad de estar vivo, de estar “libre”, de no ser un “desaparecido” para la familia. Lo que los exiliados chilenos trajimos de la Unidad Popular a Europa, se encaja y se entrecruza,  como que se metamorfosea de cierta forma con aquella memoria viva, la que aun sobrevivía del post mayo 68.  En Europa en esa época, aún se mantenían vivos los resquicios de ese proceso  francés o que se habían desarrollado en otras ciudades del mundo, aunque también se veía cómo este movimiento se iba institucionalizando; se iba encerrando e integrando en las lógicas representacionales dominantes. Pasaba de una performance a un conocimiento abierto y creativo, un saber nómade, se pasó poco a poco a una sedentarización institucional redundante. Todos los flujos creativos se iban re-codificando poco a poco, imperceptiblemente,  a fin de entrar en el mundo de las representaciones dominantes y conformistas. Así es como se estabilizan los flujos anómalos. Al mismo tiempo que el deseo, los coeficientes de libertad, el goce por la vida, el “Si “, nietzscheano, se van coartando, limando, esterilizando. Todo el pensamiento nómada, creativo, sufre distintos grados de lobotomizaciones.

En la ciudad de Temuco -donde yo vivía la mitad de la semana con las comunidades Mapuche- yo había encontrado un ejemplar del libro editado por David Cooper “La dialéctica de la liberación” (Siglo XXI, 1972). Libro que leí en un momento muy significativo y difícil para mi. Me encontraba en plena separación con mi compañera de la época, Frida Laschan, quien posteriormente fue asesinada en la tortura en Buenos Aires.

En Ginebra alguien me dijo que David vivía en la periferia de Paris y que  dirigía y animaba  grupos de “escucha” sin ninguna formalidad. Entonces busque una guía de teléfonos y llegué a su nombre. Le llamé y me cito inmediatamente en su casa. Estuve asistiendo por 2 o 3 años a la casa de David a trabajar con grupos de escucha, donde la figura de él era potente, suprasensible!. En este mismo tiempo en que asistía a la casa de David es que un día, en plena sesión grupal, él contesta el teléfono y nos sugiere de acompañarlo a una reunión donde lo había invitado Guattari. Ellos ya tenían una vieja relación de complicidad. Una relación “disensual”, de  mucho respeto por la postura de cada cual respecto a las sicoterapias y a la política. Después del mitin, por casualidad me siento en una mesa al lado de Félix, quien me dice luego de escuchar mi historia “ven a verme a mi casa”.

PEV: Es muy potente como se articulan esas dos experiencias que tuviste, por un lado ser parte de estos grupos que alrededor de David iban acogiendo a quienes lo necesitaban pero que también iban conectando con algunos sectores parisinos donde la implicancia política y artística (en clave del paradigma estético propuesto por Guattari) también estaba enlazada con los movimientos subjetivos. Me pregunto como comenzaste a trabajar con Félix, supongo que claramente eran dos maneras diferentes de acceder a procesos de sanación, pero que tal vez estaban conectados con una forma de acceder a la vulnerabilidad, una amabilidad compartida en ese intersticio donde confluyen ambas formas de cuidado.

MDN: Todo esto está inscrito en flujos de máquinas abstractas, noción propuesta por Deleuze y Guattari, que no tienen forma ni contenido, tampoco estructura ni lenguaje. Pero que pueden estar ahí como virtualidades, como puros procesos a-significantes, pre-semióticos. Estas virtualidades se actualizan – o no – previo a encuentros, conexiones sinápticas peculiares. Creando así “Espacios inventados” de creación, de posibles, de innovación subjetiva y social. David y Félix supieron crear entre ellos un espacio disensual: un rizoma peculiar y co-creativo a sus posturas divergentes. Poder llegar a esa conjunción disensual es todo un arte!

En las primeras sesiones con Félix entendía bastante poco el lenguaje que él utilizaba,  a pesar de que ya hablaba francés. Se trataba de un lenguaje lleno de neologismos, que apelaba a conceptos que no comprendía. Muchas veces llegaba a buscarlos en el diccionario. Durante un año continué viendo a David en su casa participando a su grupo “des-siquiatrizado”: unas veinte personas sentadas en el suelo, contando, llorando, riéndose, conceptualizando vivencias. Al mismo tiempo que veía en su casa a Félix Guattari, recostado en el diván, siguiendo en apariencia un modo mas bien clásico psicoanalítico, asistía a los grupos de David Cooper que siempre estaba en compañía de su compañera e incansable colaboradora la socióloga y sicóloga Marina Zecca. Después de un tiempo le digo a David que seguiré con Félix. Si no miento, hasta creo que fue Marina que me lo sugirió. Los horarios de mi estadía en Paris no coincidían. La transversalidad entre ellos no era solo un concepto. Una abstracción. Era antes que nada una vivencia. Por lo tanto ir solamente a las sesiones con Félix, no era problema.  Esa transversalidad vivida la vi también claramente en el vínculo de la amistad y del trabajo que tenía Félix con Gilles Deleuze. En mi caso la condición de desterrado, de “derrotado”, de “perdedor”, que es la condición a mi manera de ver del exilado, o el refugiado, me invalidaba para caminar libremente con los dos pies en el nuevo – viejo!-  mundo. Ese fue un punto de enlace que siempre acompañó nuestras sesiones. En nuestras conversaciones aparecía el esquizoanálisis cuando el rigor de los términos se situaba, pero en otras ocasiones eran también sesiones de conversación libre. Nuestro vínculo fue el de una profunda “amistad solidaria”. Una amistad comprometida frente al mundo adverso y el deseo de forjar nuevos andamiajes para reinventar el “estar aquí”, lejos de los equilibrios capitalísticos opresivos, castradores del deseo y redundantes. Lo que implica el aprendizaje de todo un nuevo tejido de alianzas. Cada 15 días aproximadamente iba a insertarme  y a vivir en ese medio, su casa o la clínica de La Borde, dos o tres días.

Félix era un sicoanalista hereje y anómalo. Su paradigma estético en permanente vagabundeo conceptual, alérgico a toda transferencia opresiva, lo obligaba a uno a buscar – work in progress–  en cada momento su propia centralidad su propia singularidad, potencia, línea de fuga. Los términos y los lugares, los territorios eran resbaladizos. Puedo decirte que había una urgencia por crear “adyacencias”, fabricar Espacios inventados, crear desde ese « proceso de sanación» peculiar guattariano, nuevos andamiajes subjetivos; crear una alteridad positiva, para no verse aspirado por el paradigma melancólico y depresivo del exiliado. Crear una coalescencia política y vivencial, existencial, donde puedan procesarse nuevos deseos de la vida. Y por ende, inventar nuevas micro-políticas. Todo esto eso situándose “al medio” como diría Deleuze, y desde el corazón de la bestia capitalistica opresiva.

Con los años, me surgió la idea de saldar la deuda de estar gozando en Europa de ese material de sanación. Fue así que acompañé primero a David Cooper en Ginebra para que entregue un proyecto de libro que el había fabricado con Marina Zecca (CNRS), a la OMS, texto del cual no supe nada más. Después con Félix traduje algunos de los textos que él mismo me entregó  y luego vino el viaje a Chile con Félix, donde mi trabajo fue hacerme imperceptible con él en Santiago. Esto me permitía re-centrarme en mi propia vivencia, mi propia historia desgarrada y sufriente.

PEV:  Por un lado está la edición del libro “Cartografías del deseo” editada en 1989 por Francisco Zegers en Santiago y que principalmente tu tradujistes, luego su visita en 1991 donde realizó una serie de conferencias y encuentros en las ciudades de Santiago, Valparaíso y Villa Alemana; y por último la edición del libro en 1998 de “El devenir de la subjetividad” (Dolmen) editada por Cristóbal Santa Cruz con tu colaboración y que se transforma en un potente documento de aquellos recorridos y senderos en Chile, reflexiones situadas que muestran formas de acceder a ese legado crítico como cartografía sensible. Retomando esas experiencias y volviéndolas sobre tu propia existencia en Ginebra, quería pedirte que pudieras plantear las bases con las que creaste en los años ochenta el Racard y en 2015 el Dracar, esos dos espacios de cuidado y vida.

El Centro Racard fue creado en el año 1981. Fue el fruto de un trabajo de memoria de estudiantes de la escuela de trabajo social de Ginebra, IES. Hoy día, Haute Ecole de Travail Social, HETS. Una primera experiencia, duro dos años. La problemática de los residentes desbordó la capacidad de gestión de estos jóvenes profesionales, que creyeron que bastaba su motivación y entrega para darle causa a un “cotidiano institucional” a personas que viven  y sufren graves disfuncionamientos de la personalidad. El centro cerró sus puertas. Pero la demanda de ese tipo de “espacios de vida” motivo a la Municipalidad de Ginebra de abrir un concurso publico y fue así que fui designado coordinador de esa segunda experiencia. Gracias a los relatos de un colega que venía de la primera experiencia, poco a poco fui creando, con un primer equipo sicosocial (sicólogos clínicos y trabajadores sociales),  los primeros andamiajes de lo que con los años llamé la “clínica del cotidiano”. El centro Racard, nace fruto de la institucionalización de todo un movimiento “contestatario”. Fueros por esos años que surgen en Europa y en Ginebra, una serie de asociaciones alternativas o privadas con apoyo financiero de los  municipios o del Estado. Asociaciones alternativas, que militan en contra del paradigma autoritario estatal y sistémico vigente, y que proponen nuevas formas de asistencia sicológica, siquiátrica, carcelaria, educacional, universitaria, económica y ecológica. Los fines de los setenta y los años ochenta fueron donde se experimentaron y crearon las bases de lo que fue el pensamiento y la practica ecológica, anti-militarista, anti-fascista, anti-conformista, anti-consumista, la autonomía política.

El Racard, podríamos decir que, en todo caso los primeros diez años de elaboración de lo que llamé la “animación sicosocial”[2] – paradigma asistencial elaborado específicamente para personas que no adhieren a los tratamientos y posturas asistenciales ordinarias –  fue protegido por ese vasto contexto social de efervescencia y de mística por el cambio social e institucional. Como a la vez, apoyado y sostenido por el trabajo que yo había emprendido con Félix Guattari, ya sea personal o en sus seminarios. En donde en cada de uno de mis viaje a Paris visitaba y participaba en encuentros con David Cooper, Marina Zecca, Gilles Deleuze, Fernand Deligny o en la Clínica de la Borde. Esos años me permitieron forjar esos conceptos y esa practica, digamos, “adyacentes” o “coalescentes” a lo existente, teniéndoles como « analizadores » vivos y permanentes. Lo que cuando lo miro a posteriori, no deja de ser un privilegio si no un lujo!

La Animación sicosocial, como la “Clínica del cotidiano”, si bien despierta mucho interés académico, por ejemplo tanto en el centro Racard, como en el centro Dracar se reciben todos los años estudiantes en prácticas, y además ambos son admirados por parte de otros centros de salud social, yo creo que otra cosa es la de asumir esta propuesta como profesional. Ta que vivir esta propuesta en carne y hueso cotidianamente, reclama un esfuerzo muy cercano de la disciplina y del rigor reflexivo que requiere todo trabajo escénico o teatral. Dado que los residentes del centro Racard, son usuarios o pacientes crónicos  y/o temporales del Hospital psiquiátrico de Ginebra como de los centros de la siquiatría ambulatoria local (unidades extra hospitalaria, diurnas),  de una u otra manera el Racard esta integrado en la “red” asistencial y sicosocial existente de la ciudad. Esta integración esta dada fundamentalmente por el hecho que fuera del Racard, y más tarde el centro Dracar, no existe en Ginebra otro “espacio de vida”  pensado para personas que no adhieren a los tratamientos, seguimientos o propuestas de rehabilitación sicosocial corrientes.

El año 2015 dejé la dirección del centro Racard. Ese mismo año, meses antes de partir, recibí de parte de la Municipalidad la noticia que esperaba desde hacen unos años atrás. Hasta me había olvidado de ese pedido. Una Villa con terreno para alojar 8 residentes igualmente reticentes a las propuestas asistenciales corrientes. De esa manera fundé el Centro Dracar. Esta vez se trataba de una casa con terreno para jardinear, construir un gallinero y una huerta. Los profesionales, cuatro sicólogos/as clínicos a diferencia del centro Racard, no duermen en el centro. Aquí se trata de medios tiempos que se turnan con visitas irregulares en las mañanas, a mediodía y en las tardes hasta las 21 hrs. En el Dracar, el trabajo de la “clínica del cotidiano”, es distintamente difícil al del centro Racard ya que al no vivir ahí, son los residentes los que le dan “cuerpo” al cotidiano vivir. Haciéndose distintamente laboriosa la construcción del “personaje clínico o institucional “ operante. Ya que la problemática de la eficiencia pragmática de la autoridad clínica  a-representativa,  fuera de clichés ordinarios, se construye así como se deshace, o se normaliza, se estigmatiza, al día a día en la relación misma que se desarrolla con los residentes. Es una batalla, un “gallito” y un “péndulo de reloj” (Leibniz). Cosa que cuestiona, a veces dolorosamente, a los profesionales. Todo este proceso de domiciliación y de desinstitucionalización, como de desestigmatización del loco y de la locura,  no es otra cosa que la creación de lo que llamé “Espacios inventados” que con el tiempo y la experiencia vivida al lado de profesionales como de estudiantes, me doy cuenta que es mas difícil de lo que creía de poder apropiarse y reinventárselo para si.

Algo así como si esta dimensión pragmática, adyacente y a-paralela a los dispositivos asistenciales ordinarios fuese como el trabajo dramatúrgico escénico. Un trabajo que reclama una fuerte y generosa verdad de si!  Hoy día el centro Dracar, como el centro Racard, continúan esa tentativa, usando la expresión de Fernand Deligny, siguiendo su proprio causal. Tanto el uno como el otro centro, se reinventan y le dan forma a su manera a esa Clínica del cotidiano que solo se sostiene en la praxis y en el presente.

PVE: En mi visita al Dracar vi como situabas este lugar como parte de una trayectoria de relaciones con otras experiencias de análisis institucional, sobre todo en un diagrama que permanecía en la sala de reuniones que situaba las labores de cada quien. Me gustaría preguntarte por la Grilla que hay en el Dracar, que recuerda un poco la Grilla de la clínica La Borde donde trabajaba Guattari, ¿que vínculos haces entre estos dos espacios?

Gilles Deleuze siempre dijo que todas estas posturas y devenires, menores, minoritarios, moleculares, nómadas y adyacentes, gozan de una salud frágil y precaria. Y esto dado a que permanentemente están solicitadas, sea desde su interior como exterior, por una multiplicidad de vectores de normalización. Todos estos son más o menos fascistas, castradores del deseo, del imaginario, de la innovación y de la creación. Aquí poco importa que se sea de la derecha política o de la izquierda, alternativo o ecologista. Estos vectores de normalización y de remodelización subjetiva  micro-fascista y/o conformista, atraviesan todas estas identidades y el deseo. La breve historia de la grilla guattariana en la clínica de La Borde[3], es uno de los tantos ejemplos de como al interior mismo de una agenciamiento institucional, clínico adyacente, este se descompone desde su mismo interior. La grilla guattariana no era otra cosa que permitir a que todo el personal de la clínica – enfermeros, operadores sociales, cocineros, médicos, sicólogos- puedan pasar, circular de una actividad a otra, en función de su interés. La Grilla era un instrumento de visibilidad de la inserción y rotación de cada cual en tal o cual actividad, y sin prejuicio del puesto o de la jerarquía  institucional que ocupara. Fue justamente al tocar el estatus profesional e institucional de algunos profesionales – la jerarquía en todo caso – que la resistencia al cambio comenzó a operar y a pudrir desde su interior la iniciativa. Algunos por ejemplo no entendían ni querían que siendo contratados como sicólogos o médicos tengan que ir a trabajar como jardineros, cuando de lo que se trataba era justamente de poder reposicionarse subjetivamente en otro contexto o agenciamiento territorial para darle una mayor pluralidad de campos de resonancia y de composición de relaciones humanas a los pacientes.

En el Dracar, Lola Nadel, animadora sicosocial y logopedista, intentó de reinventar para la Clínica del cotidiano una grilla a partir del paradigma guattariano. La grilla dracardiana no llego mas allá del gráfico mural que ella fabricó. Pienso que con los tiempos que corren hoy día en el trabajo institucional, el neo-conformismo pandendemico, la paranoia ambiental  que lo caracteriza, subsume todo deseo de cambio y de creatividad subjetiva. Ya que esta puede ser vista como un dispositivo de « control » y de desvalorización estatutaria, en vez de ser vista como una cartografía sinérgica operante de la inserción subjetiva e institucional de cada cual y de vector de «cinética sanadora”, en que esta movilidad del trabajo puede operar con los pacientes o los residentes. Esto no significa que en el Dracar, no haya movilidad de cada profesional en tal o cual actividad, ésta existe y se desarrolla pero sin una grilla que sirva de analizadora-nomádica-cartográfico, ni de la evolución, ni del beneficio sanador del agenciamiento ecosófico: residente-actividad-profesional o de cada cual con las  actividades propuestas a los residentes.


[1] Esta conversación es parte de un texto en proceso a publicarse por editorial Pólvora.

[2] Hébergement d’urgence et animation psychosociale, le Racard ou renouer avec la vie, Ed L’Harmattan, Paris, 1997 . En:  l’animation psychosociale à la clinique du quotidien, Le centre Racard, critique et clinique, Ed. L’Harmattan, Paris, 2010.

[3] http://www.revue-chimeres.fr/drupal_chimeres/files/34chi01.pdf