Anti-nomadismo: para una crítica al antropoceno

Por Michael Marder

¿Cómo damos sentido al modo en que habitamos el mundo cuando ya lo hemos determinado como un desierto? La presente traducción corresponde a un texto escrito por Michael Marder, en el año 2016, el que busca problematizar el sentido del hábitat propuesto en el concepto de nomadismo —planteado por Gilles Deleuze y Félix Guattari. En ello, localiza e interpela su dimensión efectiva y práctica, es decir, los movimientos erráticos que propicia y faculta: su lugar de enunciación. En consonancia propone, ante la profundización creciente del Antropoceno, un modo ecológico e histórico para entender el cómo de sus contradicciones.

Están en todas partes, atravesando cualquier lugar, transformando cualquier lugar en un punto de paso camino a la nada. Gracias a ellos, el ‘cualquier lugar’ se vuelve indistinguible del ningún lugar, desarraigado e indiferente. Son los nómadas, las figuras gloriosas de la resistencia al capitalismo global, nacionalismo, campanilismo, chovinismo y fascismo, las que son cómplices y subrepticiamente sirven a las ideologías de las que se dicen oposición. Especialmente en el Antropoceno, donde ya no hay más espacio inexplorado por las actividades humanas impresas directamente en los estratos geológicos del planeta, el nomadismo ya no apunta a la exterioridad, sus líneas de fuga están entrando a un callejón sin salida. La ‘desterritorialización nomádica’ aparece finalmente sin ningún florecimiento teórico, como una promesa al aire, respirando con decepción, siempre reterritorializada desde ya en la totalidad permanentemente estriada en la que la tierra se ha convertido.

El problema conceptual con el nomadismo es que, en el trabajo de Gilles Deleuze y Félix Guattari, funciona como vertedero de antinomias irresolutas –movimiento y descanso, anarquía y orden, abstracción numérica y locación concreta– lanzadas todas juntas, en ausencia de cualquier meditación. Carl Schmitt usó el término alquímico complexio oppositorum, ‘un conjunto de opuestos’, para referirse a la estrategia de la Iglesia Católica que abarcó símbolos de masculinidad y feminidad, sentimientos de izquierda casi comunistas (como los del papa Francisco) y autoritarismo de derecha, etc., sin resolver las contradicciones intrínsecas entre ellos (Schmitt 2011:7). Admirable por y para sí mismo, la complexio política fue una astuta táctica imperial de mediación precedente a favor del catolicismo como tercera vía, capaz de unificar todas las oposiciones bajo su paraguas universal. El nomadismo juega un truco parecido sobre nosotros, y lo único que cambia es el nombre del complexio oppositorum, ahora llamado ‘Ser Unívoco’: ‘‘el ser igual está inmediatamente presente en todas las cosas, sin intermediario ni mediación, aun cuando las cosas se mantengan desigualmente en este ser igual” (Deleuze, G., Delpy, M. S., & Beccacece, H. 2002:74). De hecho, las cosas no residen en él; se mueven. ¿Por qué? –Porque “El Ser Unívoco es a la vez distribución nómade y anarquía coronada” (2002: 75); de esta manera, una no contradicción y una contradicción reunidas, milagrosamente, de una manera no contradictoria. Este es el punto cero del pensamiento nómade, la fuente de su energía, la que, comprometida aparentemente a la proliferación de singularidades, resulta totalizante.

 En el Antropoceno, el Ser Unívoco es la tierra como tal y como un todo. No sólo las capas geográficas de la tierra sino el planeta con todos sus elementos, incluyendo la atmósfera, sino ambos, los sustratos para y los productos de la actividad humana. Tan pronto como la diferencia entre tierra y mundo colapsen, el planeta crece sin límites, y la tierra —inhabitable, insufrible, estéril. Destacado por Deleuze y Guattari, el desierto invade la forma de “un espacio liso o nómade”, “pero entre significa que el espacio liso está controlado por esos dos lados que lo limitan, que se oponen a su desarrollo y le asignan, en la medida de lo posible, un papel de comunicación, pero también, por el contrario, que se vuelve contra ellos, minando por un lado el bosque, ganando por otro las tierras cultivadas, afirmando una fuerza no comunicante o de desviación, como un claro que avanza” (Deleuze, G., Guattari, P. F., & Pérez, J. V. 2004: 384). De hecho, el desierto es la mejor representación geográfica del Ser Unívoco, derramándose sobre la tierra, extendiendo la invitación para una articulación inmediata –no contradictoria– de contradicción y no contradicción. En el desierto, los nómadas están en un local absoluto (382) (otra representación del complexio oppositorun), hogar de un mundo vagabundo, un mundo donde la indigencia es la regla en vez de la excepción tanto para humanos como para innumerables formas de vida no-humanas destinadas a la extinción. En sus puntos más altos, la masiva contaminación ambiental, la que, objetivada en residuos químicos, es transcrita como las marcas que definen el Antropoceno, transformando la tierra, el agua y el aire en desiertos que bordean la abstracción. Crea y ayuda a esparcir las páginas en blanco de espacios surreales ideales más conducente a la idea del número que a formas y patrones geométricos.

Sobre el problema del desierto, aunque sus juicios de valor difieren, se encuentra una resonancia misteriosa entre Deleuze y Guattari, por un lado, y Martín Heidegger, por el otro. Los primeros escriben:

El nómada aparece ahí, en la tierra, cada vez que se forma un espacio liso que mina y tiende a crecer en todas direcciones. El nómada habita esos lugares, se mantiene en esos lugares, y él mismo los hace crecer en el sentido en el que se constata que el nómada crea el desierto en la misma medida en que es creado por él. (Deleuze, G., Guattari, P. F., & Pérez, J. V. 2004: 382)

Heidegger establece:

La historia nos enseña que los nómadas no solo se han hecho nómadas por la desolación de los desiertos y estepas, sino que, frecuentemente, abandonan los desiertos, esos que una vez fueron tierra fértil y cultivada (Heidegger 2018:55)

Los nómadas que dejan atrás de sí terrenos baldíos, haciendo crecer desiertos, no son este o aquel grupo de población marginal, siguiendo una ruta de escape del estilo de vida sedentario; somos todos nosotros en el peor de los sentidos, en nuestra irresponsabilidad medioambiental. Ellos (nosotros) permanecen creyentes a la noción histórica-ontológica del humano, el ανθρωπός del Antropoceno, que vive en la tierra como si ya fuera un desierto (el ‘desierto verde’ de la selva Amazónica, como la llamó la dictadura brasileña a mediados del siglo pasado, o el desierto azul del océano) y, como una suerte de profecía autocumplida, facilitando la desertificación actual del planeta. Este humano, confiándose de ese sentir que ni él ni ella tienen un lugar determinado entre el resto de los seres, atravesando la cara de la tierra como un huracán, liberado de cualquier tipo de modelo, estructura o forma de ser. Él o ella obedecen la ley del “nómada absoluto de un móvil que ocupa un espacio liso, para devenir el carácter relativo de un movido que va de un punto a otro en un espacio estriado (…) Y siempre que se produce una acción contra el Estado, indisciplina, sublevación, guerrilla o revolución como acto, diríase que una máquina de guerra resucita, que un nuevo potencial nomádico surge, con reconstitución de un espacio liso o de una manera de estar en el espacio como si fuera liso” (Deleuze, G., Guattari, P. F., & Pérez, J. V. 2004: 386). Cada lugar, sino la localización del lugar es una estación de paso a través del cual cada uno pasa por sus peregrinaciones y, al pasar, lo vaciamos, abandonamos y evacuamos, de una manera u otra, un lugar abusado. La sucesión de puntos de paso es más que infinita, sin embargo, hay un momento donde el todo es presentado en conformidad al Ser Unívoco, ónticamente reflejado en la realidad (en lugar de una mera posibilidad) de un desierto total. En las últimas etapas de este proceso, el ántropos del siglo XXI comienza a soñar con un nomadismo intergaláctico que, moviéndose de planeta agotado en planeta agotado podría constituir un espacio liso nómade de proporciones cósmicas. En un concepto, un desierto intergaláctico.

Si el derrame físico del desierto calza un extraño imperialismo del nómada, es producto a la sustancia y al sujeto expresándose mutua e inmediatamente en el Ser Unívoco del que participan. Mientras la noción romántica del nomadismo de Deleuze y Guattari alienta una existencia fluida, sin trabas, carente de propiedades/bienes, su sujeto-efecto actual es militar, obsesionado con la conquista (no de cosas en el espacio, sino del espacio en sí, donde los nómadas se distribuirán). No es casualidad que las menciones a la ‘máquina de guerra’ sean desenfrenadas en Mil Mesetas: el nómada combate lo estático, lo sedentario, pero también lo delimitado, lo circunscrito, lo moderado o moderador, el deseo catexizado, adaptado al tamaño de su objeto. Una cita de la carta de Nietzsche a Jacob Burckhardt, de 1889 –“yo soy todos los nombres de la historia. Hay una especie de nomadismo, de desplazamiento perpetuo de las intensidades designadas por los nombres propios, que penetran unas en otras a la vez que son experimentadas por un cuerpo pleno” (Deleuze, G., & Guattari, F. 2005: 311) del sujeto que “se extiende sobre el contorno del círculo cuyo centro abandonó el yo” (Guattari, F., & Deleuze, G. 2004: 29). Lo que Deleuze y Guattari ignoran es que el centro ausente derrota un presente, uno claramente identificable; que, en una totalidad, el centro es igualmente expresado en cada parte, adornado en la circunferencia (el centro nunca es el centro, o, al menos, no es únicamente un centro) que, careciendo de una dirección permanente, X está en todos lados porque está en ningún lado; y que un sujeto-desierto, en su derrame alrededor de la circunferencia de la totalidad, acarrea una fuerza más destructiva que la de un sujeto lleno, sujeto a una vivienda fija. ¿No es acaso, además, el problema del Antropoceno, donde el ántropos es presentado in absentia, mientras que el perdido –e insatisfactoriamente llorado– centro, cuyo impacto, por todo esto, no deja de ser devastador?

Los delegados del Ser Unívoco, los nómadas, se preocupan de y por nada. Puesto en negativo, no tienen ni el tiempo, ni el espacio, ni seres a su cuidado; en positivo, ellos, efectivamente se preocupan de nada, la nada misma, imaginada como un espacio indeterminado, en un tiempo ahistórico que les pertenece. (“El trayecto nómada hace lo contrario, distribuye los hombres (o los animales) en un espacio abierto, indefinido, no comunicante” (…) “Es cierto que los nómadas no tienen historia, sólo tienen una geografía” (Deleuze, G., Guattari, P. F., & Pérez, J. V. 2004: 385, 396)) Su actitud es, de esta manera, profundamente antiecológica, no en el sentido vago de una ecología fetichizada en la interconexión de todo y todos, sino en sentido literal del logos del oikos, la articulación de una vivienda, con sus connotaciones de una continuidad sedentaria, virando al lado de la dispersión y desarticulación, lo que los convierte, a la vez, antilógico y anti-óikico. Así, en el enfrentamiento entre la ecología y la economía, Deleuze (incluso antes de su colaboración con Guattari) se alinea con la economía menos el oikos, esto es, con el nomos, la ley de distribución válida para grupos itinerantes.

Todo lo otro es una distribución que debemos llamar nomádica, un nomos nómade, sin propiedad, cercado ni medida. En este caso, ya no hay reparto de un distribuido, sino más bien repartición de quienes se distribuyen en un espacio abierto ilimitado o por lo menos sin límites precisos (Deleuze, G., Delpy, M. S., & Beccacece, H. 2002: 73).

La etimología de nómade viene del verbo, del cual nomos también se deriva, a saber, nemein, ‘dividir’, ‘distribuir’ o ‘asignar’ —típicamente, usado en tierras de pastoreo. En vez de pastorear en un campo cercado, apropiado, los animales que acompañan a los nómades vagan libremente, de una fuente de agua a otra, de un oasis a otro. Si son numerosos, los grupos nómadas de humanos, rebaños o manadas de animales agotan los recursos del lugar por el cual pasaron, solo para infligir la misma devastación en otro lugar a través de su itinerancia errante. Se distribuyen de manera oportunista, moviéndose hacia donde la comida sea abundante, y no se preocupan, junto a otros grupos, de los prospectos del mismo lugar, el cual podría haber sido asignado a ellos de acuerdo con una ley de distribución diferente. Los mecanismos del nomadismo son los que operan en las máquinas deseantes del Anti-Edipo: los nómadas comen, cagan, devoran lo que sea que tengan al frente, dejan desechos, y se marchan. Carente de medición y perspectiva histórica, sin la posibilidad de evaluar el daño infligido al medio ambiente, su oportunismo se pone la máscara de una violencia inocente, la negligencia de la vida, del id, o del deseo de cualquier cosa que podría orillar la libre expresión (el término de Freud para esos límites era el principio de realidad)

El nomos nómade beneficia al Antropoceno, la expansión abierta de una totalidad cerrada de la tierra, marcada por los subproductos de la actividad humana, tanto así que esta marca revierte un territorio no cartografiado, demasiado estéril e inhóspito para ser habitado por la vida. El Antropoceno es el resultado de una fantasía perversa que ata la tierra a una manipulación total y explotación sin límites, mientras el principio de realidad ecológico pasa inadvertido. Esto pasa cuando el deseo fluye sin trabas o incatexizado, cuando, en su indeterminación y no comunicabilidad, circula esquizofrénicamente sobre la superficie del planeta, que no se ve distinta a sí misma. Su cuerpo sin órganos es casi un cadáver, una tierra que ya no es desconocida sino completamente formada por los caprichos de un deseo autista. Migrando en el cadáver planetario sin órganos, vagamos sobre nosotros mismos, sobre nuestros cuerpos colectivamente contaminados, entremezclados con el resto (y los restos) de mundos orgánicos e inorgánicos. Aunque, en apariencia, las líneas de fuga nómades se proyectan a la exterioridad, el nomos nómade no tiene exterior, en parte porque no tiene interior, y en parte porque, como el capitalismo, no es consciente de los límites físicos para crecer.

 La materialidad de este deseo destructivo coincide (inmediatamente, en tanto que mantiene la estructura del complexio oppositorum) con la idealidad de los números, la construcción numérica de la realidad. Deleuze y Guattari son bastante honestos respecto a la dimensión aritmética del nomos que apoyan:

El nomos es en primer lugar numérico, aritmético. Cuando al geometrismo griego se opone un aritmetismo indio-árabe, se ve perfectamente que éste implica un nomos que se opone al logos: no porque los nómadas “hagan” la aritmética o el álgebra, sino porque la aritmética o el álgebra surgen en un mundo predominantemente nómada. (Deleuze, G., Guattari, P. F., & Pérez, J. V. 2004: 387).

Nuevamente:

El problema no es, pues, el de lo bueno y el de lo malo, sino el de la es-pecificidad. La especificidad de la organización numérica procede del modo de existencia nómada y de la función-máquina de guerra (Deleuze, G., Guattari, P. F., & Pérez, J. V. 2004: 390)

Nuestro mundo, donde todo es calculable y organizable tiene su raíz en la economía nómade privada de un oikos. Cuando ningún valor, medida o beneficio es inmanente a un lugar primordial o a algún contexto singular del ser, una estructura numérica es sobrepuesta indiferentemente sobre qué (o quién) es evaluada. Los nómades optan por el nomos en vez del logos, la dictadura de los números en vez de la articulación ontológica fundada en la experiencia vívida del habitar. Nosotros, los nómadas que somos, contamos con elementos del mundo recurriendo a un procedimiento burocrático generalizado que desarraiga lo contado del fondo de su existencia y los entrama a una grilla uniforme y numerada. Teniendo en cuenta la extinción masiva de varias especies, la que ya estamos atravesando, aquel conteo ya empezó y los bancos de ADN están siendo creados con la esperanza de, algún día, reconstituir las especies perdidas basadas en sus planos genéticos, las que definitivamente reemplazaron a las Ideas Platónicas. Otro signo de intervalo hacia una idealidad pura, esta manera de lidiar con la crisis medioambiental es enteramente consistente con el nomos nómade que subordina la ‘tierra’, como también lo que sea y quien sea que sostiene y soporta, a meros números.

Deleuze y Guattari, o sus seguidores, ciertamente objetarían que la burocracia es un modo de administración propia de un gobierno despótico y anatema a la máquina de guerra nómade, reclamado por el aparato del estado (Deleuze, G., Guattari, P. F., & Pérez, J. V. 2004: 420). Aun así, el complexio con su fuerza bruta de coincidencia directa no libra a esta oposición:

El nómada, con su máquina de guerra, se opone al déspota con su máquina administrativa; la unidad nomádica extrínseca se opone a la unidad despótica intrínseca. Y, a pesar de todo, son fenómenos tan correlativos y compenetrados que el problema del déspota será como integrar, cómo interiorizar la máquina de guerra nómada, y el del nómada cómo inventar una administración del imperio conquistado. (Deleuze, G., & Guattari, F. (2005: 313)

Una revolución permanente es tan imposible como la preservación perpetua del statu quo, y, así, los extremos nómadas y déspotas se tocan en el preocupante punto medio del capitalismo auto revolucionario, la administración militar y la burocracia beligerante. El número engaña, realiza un truco y –¡voila!– el nómada se convierte en un inversionista de banco prófugo, apostando a muy corto plazo, pasando más tiempo en aviones y aeropuertos que en tierra firme, la tierra del superado y desactualizado logos.

Concerniente al enfrentamiento del nómada y el déspota, la pregunta es, ¿Contra quién o –qué– la máquina de guerra declara la guerra? En los 60s y 70s, la respuesta era ya ambigua: el enemigo era el Estado y su forma estatal. Como Schmitt antes de ellos (revisar Schmitt 1966), Deleuze y Guattari estaban enamorados de la imagen del militante combativo, el guerrillero que, contra todo pronóstico, llevó la guerrilla al ejército promedio. Hoy en día, con la soberanía estatal significativamente erosionada, especialmente en asuntos económicos, los enemigos reales son los cuerpos (sin órganos) de las corporaciones transnacionales, nómades ellas mismas, altamente móviles, listas para llevar su capital a paraísos fiscales o para subcontratar en otro lado del mundo. No hay diferencia palpable entre el nómade y el déspota; la única diferencia significativa, aunque cada vez más desesperanzadora y condenada, la oposición a un mundo desplazado emana de lo enraizado, el apego a un lugar, al arte de habitarlo.[1]

 Y ahí es donde Deleuze y Guattari hacen el uso más descarado del complexio oppositorum, convirtiendo al nómada en un militante del sedentarismo. Los nómadas, según ellos, vagan en un lugar (i.e., en el mismo lugar), y, de esta manera:

Podemos decir de estos nómadas, como lo sugiere Toynbee: no se mueven. Son nómadas a fuerza de no moverse, de no migrar, de mantenerse en un espacio liso que se niegan a abandonar, y que sólo abandonan para conquistar y morir. Viaje in situ, ese es el nombre de todas las intensidades, incluso si se desarrollan también en extensión. (Deleuze, G., Guattari, P. F., & Pérez, J. V. 2004: 486)

La victoria del idealismo está asegurada de manera intensiva, más que extensiva, por el nomadismo que despliega el pensamiento (‘Pensar es viajar’), que dibuja líneas de fuga indistinguibles de una suerte de escapismo onírico. Fuera de todas sus características, ni el viaje intensivo puede evadir el principio de realidad ecológico; presupone que el lugar, del cual el nómade no se mueve, sigue en su lugar, pero esa es una certeza que el Antropoceno no puede asegurar. Para lidiar con el auge de un mundo desbordado, inhabitable, lo último que necesitamos es más nomadismo, sea extensivo o intensivo. Lo que se necesita es su opuesto, escapar de la respuesta nómade, incontenible en su complexio oppositorum; la responsabilidad y preocupación por los lugares. O, de todos modos, lo que sea que quede de ellos.

Traducido por Martín Díaz Lagos

Bibliografía

-Deleuze, G., Delpy, M. S., & Beccacece, H. (2002). Diferencia y Repetición. Buenos Aires: Amorrortu

– Deleuze, G., & Guattari, F. (2005). La isla desierta y otros textos. Valencia, Pre-Textos.

– Deleuze, G., Guattari, P. F., & Pérez, J. V. (2004). Mil mesetas. Pre-textos.

– Guattari, F., & Deleuze, G. (2004). El Anti-Edipo: capitalismo y esquizofrenia. Paidós Ibérica.

– Heidegger, M. (2018). Naturaleza, historia, estado. Trotta.

– Schmitt, C. (2011). Catolicismo romano y forma politica: romischer katholizismus und politische form.

Schmitt, C., de Otero, A. S., de Lizaga, J. L. L., & Volpi, F. (1966). Teoría del partisano: acotación al concepto de lo político. Instituto de Estudios Políticos.


[1] Además, es absurdo declarar la guerra al cambio climático o al Antropoceno, viendo que estos fenómenos no son asuntos propios de un discurso militar -con sus prácticas- ni lugares del poder, sino de la acumulación y los efectos de la dominación humana despersonalizada sobre la naturaleza.