La prehistoria del dibujo: Una historia de la mano

Nicolás Piérola

De nuestros antepasados primates hemos heredado una herramienta biológica única: la mano. Un miembro con cuatro largos filamentos de carne y otro un poco más grueso, el pulgar que, semejante a una garra, nos permitió una serie de movimientos, gestos y acciones que jugaron un rol fundamental en nuestra supervivencia. ¿Cómo es que por vía de la selección natural llegamos a esta forma tan particular de la mano? Desde las teorías evolutivas podemos pensar que su origen está en el mar: en las aletas de los animales marinos que luego hallarían un nuevo hábitat fuera del agua, en tierra firme. Son muchas las evidencias que apuntan hacia esta hipótesis, siendo algunas de ellas la prevalencia en mamíferos – tanto terrestres como marinos1 – de ciertas estructuras óseas muy particulares; esto, ratificado por la evolución de otro órgano de suma importancia para nuestra especie: el ojo. Ojo y mano comparten cualidades propias de los animales marinos, lo que sugiere un origen orientado hacia este hábitat2. En los momentos posteriores a la adaptación de estas aletas marinas al lecho terrestre, podemos percibir los primeros rastros fisiológicos de una mano. La separación del pulgar, que permitió a este miembro la capacidad de agarrar, tan vital para los depredadores, se volvió en los primates una herramienta de escape. Como bien relata Elías Canetti en el capítulo dedicado a la mano en Masa y Poder, la fisiología particular de las manos permitió a animales principalmente omnívoros escapar entre las ramas de los árboles de sus depredadores. Esto sumó importancia además a que su base alimentaria se conformara de frutos y otros nutrientes hallados justamente en estos árboles.

En el caso del ojo, en los depredadores, su punto ciego está en lo cercano. Allí es donde ya la presa debiera estar en sus fauces. Su percepción en la distancia es extraordinaria. Tanto la vista como olfato y oído pueden percibir estímulos muy lejanos, esto para buscar de forma más eficaz sus presas. Un primate, como fueran nuestros ancestros, no tiene la fortaleza física de los grandes depredadores, ni tampoco la agilidad de ciervos o venados, que, por su condición de presa predilecta, han desarrollado cualidades que les permitirían huir con premura de posibles amenazas. La posición de los pequeños primates en la cadena alimenticia les obligó a buscar alternativas. El ojo de nuestros antepasados se adaptó a percibir en gran detalle objetos en la cercanía, para reconocer patrones de alimentos en mal estado o posiblemente envenenados, así como también rastros de depredadores. Esta capacidad se ve además complementada por una vista con un rango de distancia que le permita cierta seguridad en sus alrededores. Sin embargo, a diferencia de un venado o un buey, cuyos ojos se sitúan a cada lado de su cabeza, los primates tienen un rostro: ojos ubicados hacia un ‘adelante’. Es decir, un ojo no construido enteramente para depredar, pero tampoco como depredado. Esto conlleva una percepción ‘frontal’

La mano, por su parte, fue más allá de su evolución biológica y tras un evento accidental, llegó hacia la creación de herramientas, objetos extensores de sus propias capacidades. Para Canetti, en “las ramas de los árboles, la mano aprendió una especie de sujetar cuya finalidad ya no era la alimentación inmediata. El camino corto y monótono de la mano a la boca quedó por ello interrumpido. Cuando la rama se quebró en la mano, nació el palo3 y con ello, la primera herramienta. Una herramienta es una presa estéril liberada de su condición de presa y que, a su vez, libera a la propia mano de su condición depredadora. La herramienta sustituye así el lugar de la presa por el de un potencial y artificial depredador en su condición de arma. El palo significó un nuevo distanciamiento, tomar distancia y medirla. Permitió asimismo la creación de lanzas y flechas, pero también en aquellos momentos de ocio, en los tiempos muertos sin amenaza ni necesidad inmediata, de un acto simple, intrascendente, pero que luego se probaría sustancial: remover la tierra, trazar en la arena. Este es el comienzo del dibujo y más tarde, del lenguaje escrito.

Remover la tierra permitió descubrir la arcilla, permitió descubrir la imagen artificial. Una escalada de invenciones continuaron al nacimiento del palo: primero la diferenciación conceptual del trozo de árbol del árbol mismo, la separación de la parte con el todo – es decir, una distancia no sólo física, sino también conceptual –; luego, el fuego, el arco; romper la piedra y hallar la flecha, la lanza4. Nos permitió ver a los objetos en el mundo ya no con pura hostilidad, sino con utilidad: cada objeto, cada elemento, se vería como una oportunidad de herramienta. En vez de adaptar nuestra biología al mundo, crear artificios de adaptación. Ver la piedra solitaria y diseñar el martillo; en la arcilla la alfarería y las estatuillas; en las rocas y troncos la arquitectura; en barro o carbón el dibujo; en las fibras de hojas y ramas, canastas y textiles; en las sombras de los muros la silueta, el relato, el texto. Y con el lenguaje escrito toda la rueda de la Historia como la conocemos se puso en marcha.

La mano y el ojo conciliaron un oficio de artificialidad. El ojo reconocía el potencial de cada objeto en el mundo, la mano urdía métodos para darle una nueva vida, un potencial y una utilidad artificial que esa cosa desconocía. La realidad de la mano dejó de ser depredadora, el agarrar, para dar paso a una posibilidad más pasiva y por lo mismo, más ambigua y alternativa: el tomar. Hay una acción solidaria en la mano que a las sociedades humanas ya no les hace depender de la violencia, sino de la colaboración: tender la mano y tomar la mano de un otro. Esta pasividad fue fundamental para la generación de comunidades masivas, ya no tribus compactas y pequeñas – y, en consecuencia, admitiendo un pensamiento más heterogéneo –, para el nacimiento del comercio en el intercambio de bienes, para el cuidado mutuo y con ello, para el surgimiento de un nuevo de paradigma de supervivencia: la supervivencia en comunidad. De este modo surgen las grandes hazañas creativas, como lo son las artes y la ingeniería. Surge la separación de las sociedades humanas con el resto de los animales y con ello, la pregunta sobre nuestra peculiar forma de ser, sobre nuestra naturaleza.

La nueva interacción con un número casi infinito de posibles herramientas podría haber sido el motor inicial de nuestra creatividad. Lo que ahora nos faltaba era la comunicación de estos descubrimientos, su legado. El hueso como herramienta, como arma, como instrumento musical; conlleva en sí un símbolo de finitud. La muerte se vuelve una presencia oscura e inseparable, inherente a la condición de lo vivo. Esto nos llevó a buscar comunicabilidad con lo aún inexistente, con aquellas generaciones inalcanzables, en definitiva, con el porvenir. La boca se sumó a este cambio de paradigma a su vez, evidente desde las marcas más antiguas que hemos rescatado: los esténciles de manos. La mano de una mujer apoyada en el muro de la caverna. La boca hinchada de líquido, teñido por algún vegetal o sedimento mineral. La consecuente explosión que marca su palma sobre el muro, atestiguando su propia existencia: un estar aquí. El carbón y la grasa animal le sucedieron. Marcas sobre los muros, huellas representativas del mundo observado; con la sofisticación de un ojo que rescata sólo aquello más pregnante de sus figuras. Cada vez más eficiencia en el uso de los recursos: menos material en cada línea implican más figuras, más dibujos, más relatos contados desde el muro. Una piedra que marca sobre la piedra, sus rasgaduras hieren la piel y, por tanto, este nuevo método al carbón es mucho menos violento en su extensión artificiosa de la mano. La manifestación de algo nuevo que permanece más que las figuras marcadas en la tierra. El barro descubre un nuevo uso, palpable, en la estatuilla. Luego viene la cocción experimental de cualquier objeto en el fuego. La arcilla quema de forma diferente y también halla en ésta una sofisticación. 

El dibujo en su origen está marcado por experiencias y experimentos, por descubrimientos materiales y cognitivos, por ideas y por sofisticación del pensamiento, por la sustracción de aquello que sobra al comunicado: un origen en lo abstracto. El perfil de una leona, el lomo de un bisonte, los cuernos de un bóvido, la curva del arco, la delgada línea de una flecha; la repetición de estos signos y la copia de los gestos utilizados en los vasos de arcilla, dieron origen a otros signos, mucho más simples y accesibles en la superficie, mucho más complejos en su profundidad. 

Cuando separamos el palo del árbol y asimismo, separamos la parte del todo, también dimos paso a la separación de la mano del resto del cuerpo. La mano así comienza por desarrollarse como aparato pre-simbólico. El objeto aparece por vez primera. Quizás sea en vano interpretar el arte rupestre dada esta razón, pues estas obras al ser anteriores a cualquier intento consienten por dar significado, anteceden al signo y se encuentran, por lo tanto, en el umbral de lo pre-simbólico y pre-sintáctico: son el nacimiento de estas ideas, su fértil brote, el desarrollo, su primer experimento y experiencia. Ocuparse de interpretar su uso es tarea inútil. Se encuentran en un punto donde se está descubriendo que no todo es mera utilidad – y así como el palo del árbol, separando aquello que tiene un propósito exacto, de lo que no –, descubriendo que no todo sirve al propósito máximo que era sobrevivir. Cualquier razón fuera de la supervivencia del gen, de su gente, le era desconocida, pues este era su instinto. Crear más allá de la reproducción biológica, probaría ser un descubrimiento fascinante, original y lejos de cualquier utilidad hasta entonces conocida. Si quisiéramos ser más ambiciosos con esta lectura, podríamos incluso decir que aquí estaría la semilla de aquel concepto que llamamos alma o espíritu: un alimento que no llena el hambre biológica, sino una necesidad inédita hasta entonces.

Aquí reconocemos el poder simbólico de las manos, de sus formas, de sus múltiples transformaciones, de sus gestos inmanentes y semi-permanentes. “Uno se podría imaginar que los objetos, en nuestro sentido de la palabra, objetos a los que corresponde un valor porque los hemos hecho nosotros mismos, existían primero como signos de las manos5. Y el dibujo viene sino a fortalecer este vínculo con los descubrimientos y creaciones artificiosas de antaño. Al replicar la forma de un arco, se inventa un nuevo lenguaje, abstracto, un signo que luego servirá de resorte para la invención del lenguaje escrito.Primero trenzaron los dedos en la mano, luego fueron los textiles. Asimismo, la mano fue recipiente antes que todo vaso o jarra. La mano imita la forma de la hoja que retiene en su centro un poco de líquido. Hay una representación primera en aquella imitación de las formas de la naturaleza. Hay también un paso conceptual de aquellos elementos obtenidos desde la naturaleza, como el palo, con las diversas transformaciones del material mismo: la figurilla de barro pasa a ser mucho más que sólo barro seco. Todo esto, desde un simple y lúdico trazar en la tierra. Extrajimos lo barro del barro en esa acción y con ello, ideamos la imagen, la antesala de la existencia.

Notas

  1.  En el caso de los mamíferos marinos, en los cetáceos, encontramos evidencia de esto en lo que llaman ‘atavismos’, la presencia de pequeños restos óseos que siguen la estructura de los pies y que aún conservan, aunque ocultos en la zona cercana a la cola. Para mayor información, pueden revisar The emergence of Whales de J.G.M. Thewissen (Ed.).
  2. El humor acuoso y otras pequeñas estructuras solían corregir las deformaciones provocadas por el oleaje marino. Otro caso similar es el del oído que, según sugieren diversos estudios, puede captar las vibraciones de ondas sonoras incluso de manera superior al aire, bajo el agua.
  3.  Elías Canetti. Masa y poder, Alianza, Madrid, 2017, p. 303.
  4. “La flecha era un cruce de ave y dedo. Para poder penetrar más profundamente, se alargó; para volar mejor tenía que adelgazarse. (…) El palo aguzado, sin embargo, llegó a ser lanza: un brazo que se remata en un único dedo.” Ibíd., p. 313.
  5.  Ibíd., p.310