La experiencia del Souvenir: Mercancía y ciudad

Vicente Saavedra Fernández

‘’La lejanía impregna como el colorante a quien se marcha, mientras lo llena de un calor suave’’

W. Benjamin

Llama la atención como cada nevera está organizada, la decoración que tienen sus puertas es simplemente llamativa, magnetos, postales, dibujos, etc., repletan el espacio blanco de un electrodoméstico en la cocina. Muchas veces, cuando viajamos, traemos los más extraños recuerdos de vuelta a casa, una foto en un punto turístico o un llavero de la parada de buses, quizás por impulso o por inmediata simpatía compramos artículos que claramente no sirven para nada. Pero ahí están, pegados con el imán característico en la puerta de la nevera, recordando los 2 USD que costó ese plástico de barata confección o papel mal impreso. Ya diga este New York o El Quisco, queda pegado ahí como una prueba fehaciente de que alguna vez pisaste ese lugar que hoy parece lejano. 

Cuando se viaja uno va a un lugar otro, a un sitio ajeno donde somos extraños, y el viaje termina cuando volvemos a casa, en donde la acción de viajar queda suspendida, relegada a un recuerdo. Quizás por esa razón compramos ese Souvenir, para mantener(nos) en la actualidad (d)el viaje; para no perder la experiencia vivida en el abismo del olvido.

Se le llama Souvenir al recuerdo de un viaje, un recuerdo materializado en un objeto, en una mercancía… sea este un magneto, un llavero o una postal; una prueba irrefutable de que estuviste en un lugar específico, un contenedor de toda una experiencia que yace ahí colgando en las llaves o pegado en la puerta de la nevera, aguardando un mínimo de atención posible. Dicho objeto trasunta lo inmenso de la ciudad, toda la experiencia urbana particular de una lejanía en la cercanía de tu hogar. El Souvenir borra la distancia espacial y temporal del pasado y el presente, del hogar y el afuera, de lo propio y lo ajeno, y condensa en un objeto material la experiencia particular de una ciudad que queda disminuida a un objeto tan pequeño que puedes llevarlo en tu bolsillo. De alguna forma no se visita una ciudad durante un viaje, sino que se la compra1, aunque sea un trozo de ella. 

El Souvenir, dice W. Benjamin, “es el complemento de la vivencia. En el Souvenir se sedimenta la creciente alienación del hombre al hacer el inventario de su pasado como pertenencias muertas”2. En suma, no importa cuanto caminaste en una lejana ciudad, solo se le conoce a esta en la compra de la mercancía que la contiene y disminuye, ya sea sus flujos, velocidades, colores y formas a un objeto. El viaje mismo se convierte en mercancía, la ciudad deja de ser un lugar establecido y pasa a ser el escenario de una acción particular, un campo experimental en donde solo cabe la acción de comprar el objeto que la disminuye. La experiencia del viaje queda reducida a un testimonio, a la expresión de una experiencia marchita, el Souvenir es la reliquia que proviene del cadáver, que por eufemismo se llama vivencia3. Por muy infamiliar que sea la vivencia transmutada en un objeto, logra absorber las distancias en un sentido particular de pertenencia. La vivencia, como aquello transcurrido, el cadáver de lo que fue, se indistingue de la mercancía-Souvenir despertando una llamativa alienación donde se empatiza con el alma misma de la mercancía, en tanto esta sea entendida como la capacidad mimética de asemejarse a distintas cosas o tomar variados significados, aunque al mismo tiempo se le condena a la puerta de la nevera.

Notas

  1. W. Benjamin, Calle de dirección única, en Obras. Libro IV / Vol. 1, Madrid, Abada, 2008, p. 85.
  2. W. Benjamin, Parque Central, Santiago, Metales Pesados, 2014, p. 31.
  3. Idem. p. 31