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Espacio crítico

Comunismo ácido: drogas y conciencia de clase

Por Mark Fisher

Por Mark Fisher

Hablaré sobre capitalismo y conciencia1. Algunos de ustedes, quizás, leyeron mi libro Realismo capitalista, y un problema recurrente con los años ha sido definir qué es el realismo capitalista. Suelo decir que es un concepto, una idea o una creencia, donde el capitalismo es presentado como lo único viable o que es un sistema económico-político realista. Pero esto no es lo más preciso, puesto que las personas, en su día a día, no están pensando en el capitalismo y no importa que sea este el único sistema presentado como válido.

Diremos, por tanto, que la mejor manera de pensar al realismo capitalista sería en lo que llamaremos deflación de la conciencia. El surgimiento del realismo capitalista —propondré de manera cruda y esquemática—, el surgimiento del sentido de las relaciones sociales capitalistas, de sus concepciones y formas de subjetividades, es que se nos presentan como inevitables e imposibles de erradicar. El auge de este sentido está directamente correlacionado con la recepción del concepto de conciencia desde la cultura. Si volvemos hacia los ‘60 y los ‘70, que es el periodo crucial del desarrollo de lo que llamamos “neoliberalismo”, es para plantear que no debemos entenderlo recurriendo a sus propios términos, es decir, donde se publicita a sí mismo mediante el discurso de una libertad individual fundamental, sino, más bien, para pensarlo como una estrategia que directamente apunta hacia aplastar las formas de conciencia que florecían y se extendían en aquellos años.

Hay tres formas de conciencia a las cuales nos referiremos y se interrelacionan en una productividad fascinante, pero que desde el punto de vista del capitalismo son formas extremadamente peligrosas.

La primera es la conciencia de clase. Si hiciéramos viajar en el tiempo a alguien de la mitad de los ‘70 hasta ahora, una de las cosas que más notaría acerca de la escena política sería la desaparición de la clase como una conceptualización fundamental. Esto fue escrito en el modelo sociopolítico dominante en Estados Unidos y en el Reino Unido, la social democracia, imperante también en el resto de Europa, como una forma de concordia entre el trabajo y el capital que asume la existencia de diferentes intereses de clase que deben ser, de alguna manera, reconciliados. El New Deal en Estados Unidos fue similar: lo que ocurrió desde ahí es la eliminación del concepto de clase o, más bien, la eliminación de la conciencia de clase, la cual, por supuesto, no fue la eliminación de las relaciones de clase. Wendy Browns refleja esta fórmula de la siguiente manera: “resentimiento de clase sin conciencia de clase”. Esto también aparece como el nervio más atacante en The Demonization of the Working Class de Owen Jones: tenemos formas de odio de clase, de humillación de clase, de subordinación de clase, pero sin la organización con las que solían ser combatidas y sin la forma de una conciencia de clase que podría exponerlas para luego combatirlas. Estas organizaciones estaban extendidas en los ’70, los sindicatos son los más obvios, pero habían de todo tipo y de todas las formas; como la autoeducación de la clase trabajadora en medio de la mercantilización de la educación y su propagación como Sociedades Anónimas, donde esta últimas pueden ser vistas, en parte, como un intento por modificar y subyugar el potencial de la autoeducación que iba en aumento.

El neoliberalismo, entonces, fue fundamentalmente organizado para aplastar a la conciencia de clase donde quiera que este apareciera. La estrategia de McCarran consistió en una violenta y brutal destrucción de los sindicatos que apelaba, junto a ello, al individualismo; y el resultado fue la desocialización. Aquello lo podemos ver en la retirada de los lugares comunes de reunión en favor de los hogares individuales, los cuales se volvieron más conectados mediante incentivos que, desde la televisión por satélite hasta el desarrollo actual de los smartphones, volvieron más patologizados a los espacios públicos, a su afuera. El declive de la conciencia de clase retiró a sus agentes, destruyó su organización, y, con ello, también a la infraestructura que le permitía existir. Nada de esto es accidental, sino que fue deliberado. David Graeber, en el caso del Reino Unido, acierta cuando dice: “¿dónde estaban los líderes mundiales en la subordinación de la clase?”. Porque los productos financieros son sólo un código para esta subordinación, que es el mayor proyecto producido de exportación del Reino Unido: cómo subyugar a los trabajadores (y, hasta el momento, les ha funcionado de maravillas).

La segunda forma de conciencia, que bien puede resultar escandalosa respecto de la anterior, aunque se conjugan de maneras fascinantes, teniendo sus más interesantes desarrollos en los ‘60 y ‘70, es la conciencia psicodélica. Debemos repensar la naturaleza extraña y extranjera del mundo en esos años porque nos remite a las drogas, y específicamente al LCD, pero expandida más allá de quienes están actualmente utilizándola. La experiencia clave acerca de esta relación, de cierta manera, entre experiencia y pensamiento, es que fue ampliamente extendida en esos años y en su posterioridad. Por ello, debemos pensar en la escala de este tiempo movido también por los famosos The Beatles, los cuales, en su modernismo cultural, a medida que crecían en popularidad también empujaban y alentaban cada vez más la experimentación de las personas.

Entonces, estaba esta conciencia psicodélica cuya noción clave es la plasticidad de la realidad que se opone a la permanencia, a lo fijado, a lo inmutable, cosas que mencionamos al inicio, donde la realidad es algo a lo que nos debemos ajustar (esto último es el tono del realismo capitalista, su interior). La fórmula neoliberal del “somos geniales”, “somos libres”, “podemos hacer lo que queramos” –lo que, por supuesto, sabemos que no es así–, tiene otro lado que es el de “si no te gusta, debes adaptarte a ello tal como está”, “si quieres conservar tu trabajo debes trabajar más horas, debes aceptar más responsabilidades, porque, aunque no te guste, así son las cosas” (el patrón que se encarga de resolver esto es una suerte de gerente clave en este estadio del capitalismo). Este sentimiento de resignación, de fatalismo, hoy tan extendido y producido a nivel sistémico, se dirige exactamente a eliminar el concepto de la mutabilidad, es decir, a la plasticidad de la conciencia; y eran estas drogas las que, con sus viajes, condujeron a las personas fuera de una realidad actualmente dominante que se vio expuesta, a sí misma, sólo como una única forma de organización (donde podría haber muchas). Esto no quiere decir que la expansión en el uso de drogas nos guiará inmediatamente a la revolución –lo que, por supuesto, no hizo–, pero esto es parte de un problema: la impaciencia. Durante la contracultura de los ’60, la gente comenzó a salir rápidamente del discurso dominante y asumió que las cosas serían de aquella manera en adelante, que todo se seguiría desde ahí. Pero uno de los valores que más necesitamos en este momento es una especie de calma revolucionaria. Había una suerte de impaciencia en aquel periodo y un sentimiento de que todas las estructuras históricas de estratificación que estaban dominando la vida humana a tal punto, podrían ser disueltas con sólo una generación —y no fue tan rápido como se esperaba. Ahora son más tenaces que en aquel entonces. La apuesta correcta era por la tenacidad de aquellas estructuras y el largo proceso para desmantelarlas.

La tercera forma de conciencia, desarrollada en este periodo y que el neoliberalismo también tuvo que subyugar, principalmente teorizada y puesta en práctica por feministas socialistas en el primer feminismo socialista, es la autoconciencia feminista. En la práctica, su aspecto clave consistía en que las personas pudieran hablar de sus sentimientos para luego relacionarlos con las estructuras. De este modo, cuando las personas se juntaban y compartían, rápidamente notaban que tenían problemas en común y que estos nos eran su culpa. Cosas por las que se les había alentado a culparse, y a sentirse inadecuados, estaban realmente relacionados a las estructuras del patriarcado y del capitalismo, los cuales, interrelacionados, tocaban todas las esferas de la vida. Esto las llevaba más allá del modelo estándar leninista de la actividad revolucionaria, el que estaba completamente relacionado al trabajo manual y a la subordinación dentro de las fábricas, pero que, sabemos, estaba desapareciendo en el Norte Global y sobreviviendo parcialmente con bastante melancolía alrededor de la acción política de izquierda. Pero si tomamos esta óptica, esta perspectiva de la autoconciencia feminista, donde la pregunta por el trabajo se vuelve más general, incluyendo la labor doméstica conjunto a toda labor que conlleva y permite la reproducción de la sociedad por sí misma –y que va más allá de la mercancía–, parte del poder de la autoconciencia feminista es este contagio molecular: cualquier grupo de personas puede juntarse en esta forma de conciencia.

Aquí podemos notar que el punto central de todo lo que he hablado es el poder transformador de la conciencia por sí misma, que no es sólo una conciencia izada, o simplemente los hechos y nuestro reconocimiento de ellos, sino que cuando las personas desarrollan una conciencia de grupo, cuando desarrollan una conciencia de clase, no es simplemente registrar de manera pasiva algo que ya es verdad; sino que pueden llegar a constituirse por sí mismos como un grupo que ya ha cambiado el –así llamado– mundo. Entonces, la conciencia es inmediatamente transformadora, y hay movimientos en donde la conciencia se convierte en la base de otras formas de transformación. Esto, por supuesto, ocurre en niveles distintos, y la autoconciencia feminista no se trata necesariamente sólo de grupos de encuentro. Podemos volver hacia el ejemplo de la cultura popular, la que particularmente salida de la contracultura, fue una forma de autoconciencia feminista.

Y esto es en parte el por qué el capitalismo debe desarrollar la estrategia, que sí hizo, de lo que llamaría ingeniería libidinal y realidad libidinal. La ingeniería libidinal son todas las maquinarias de las relaciones públicas, publicidad, desarrollo de marcas, que el capitalismo desplazó de una manera intensa en los ‘70 y ‘80, en particular, para poner fin a las esferas de una conciencia en aumento [Mark Fisher cita aquí dos ejemplos (comerciales de la National Public Radio y los sándwiches de Upper Crust) que, en términos concretos, exponen que aunque no creamos en la publicidad, caemos de igual modo en las conductas o productos que despliega].

El punto de la autoconciencia feminista es que debemos tener confianza en lo que sentimos. Que podamos sentir lo que ahora sabemos que podemos sentir, que no nos atasquemos en nuestros sentimientos y que podemos confiar en ellos dadas sus causas reales. Una de las mayores deflaciones de conciencia es la producción de la ansiedad. Si estás ansioso, es suficiente para controlarte. El problema central que el capital tuvo, especialmente levantado por la contracultura, fue cómo reclutar a las personas de vuelta al trabajo. El cual tuvo éxito. Este fue el punto de la contracultura: “no iré a trabajar, ¿por qué molestarme si es miserable?”. Lo que temían era que la clase trabajadora se volvieran hippies a larga escala. Este sería un gran daño, y así mismo, el más interesante movimiento de los ‘70 –en lugares como Estados Unidos–, en donde había toda clase de cruces: entre el black power, la influencia de la contracultura y los sindicatos con una nueva forma de socialismo demócrata. Allí, realmente, es el espectro del socialismo democrático, o un comunismo libertario, en donde el neoliberalismo fue organizado para prevenirlo. Su momento central fue el aplastamiento del gobierno de Salvador Allende en Chile. ¿Por qué? Porque ahí estaba todo lo que el capital temía. Porque no era el estereotipo soviético de una burocracia estalinista de arriba abajo, un triste monolito. Chile contaba con un sistema socialista de internet, Cybersyn System, un modelo que buscaba devolver el poder a los trabajadores hacia una democracia en su propio lugar de trabajo. Las olas de este socialismo democrático, que llegaron hacia Estados Unidos y Europa, y donde estuvieran, era lo que debía ser detenido, eliminado, incluso como posibilidad de su existir. Reemplazándolo con un obligatorio individualismo.

El individualismo del neoliberalismo ha tenido que ser siempre vigilado. Siempre ha estado el peligro de que la conciencia pueda ser alzada otra vez, el peligro de que cuando la gente se junta desarrollarán una conciencia colectiva que tendrá éxito sobre esta miserable y atormentada forma de individualismo —que es una condición supervisada. Creo que nos encontramos ahora en esta encrucijada. Fundamentalmente, esta forma de explotación capitalista, o súper explotación capitalista, ya no es una explotación de la mercancía. Si volvemos al periodo de la explotación de las mercancías, nos encontraremos allí con un cierto grado de nostalgia: porque aquel capitalismo era una forma de explotación dialéctica donde ella, la mercancía, debía involucrar a los trabajadores. Ellos debían producir y ser explotados para producir, donde la mercancía estaba separada de los trabajadores como un extracto de su labor. Ahora, en cambio, tenemos una forma de explotación más directa: ya no de la mercancía sino de la promoción de uno. ¿Por qué podrías ser inducido a trabajar por nada, en particular si estás en el sector cultural? Porque debes promoverte a ti mismo y recibir remuneración promocional. Y esta inyunción de promovernos a todas horas es ahora nuestra segunda naturaleza —y ciertamente naturalizada a través de las redes sociales. Y, nuevamente, es algo en lo que no pensamos. Lo que permite esto es la fantasía de que el capital puede vivir enteramente sin trabajadores: “¡te hace a ti un favor!”. Puesto que es el trabajo el que te permite desarrollar y acumular esta suerte de capital de reputación, entonces, “¡son estas cámaras las que te hacen un favor al darte trabajo! ¡No deberías esperar ser tan bien remunerado!”. Y esta es claramente la lógica en este momento. No obstante, no me parece que pueda ser sostenida durante mucho tiempo porque ha alcanzado actualmente el nivel de una distopía. En algunos años nos daremos cuenta cuán horrible ha sido aquel periodo que acabáramos de pasar, que aún atravesamos.

En términos del alcance del capital, que está dentro de cada área de nuestro tiempo y de nuestra conciencia, ha sido habilitado por los recientes desarrollos tecnológicos. Hasta que tuvimos smartphones, el capital no había podido administrarnos ni inyungirnos las 24 horas de la semana. Esto sólo ha sido posible con estas plataformas tecnológicas, y aunque esta no es la única manera en que los smartphones podrían ser usados, la razón de que el capital prácticamente los regale es porque permite esta forma de súper explotación —donde nunca estás libre del trabajo, del espectro del trabajo, o del espectro de la ansiedad. Por supuesto, esto no significa que todos estemos empleados, sino que la clave es que no lo estemos aunque siempre dispuestos a ello. Entonces, la diferencia entre una persona empleada y otra desempleada tiende a disminuir, porque la manera inútil en que la segunda llena su día a día es más o menos la misma que la primera. Creo que esto tiene que ver con que la cuestión de la conciencia es la cuestión del tiempo.

Ha sido instalado en este país –Inglaterra–, líder mundial en la materia, una especie de pánico ansioso del tiempo, en donde la sensación que domina en su carencia. Estamos, de este modo, constantemente apurados, agitados, y el único instante en el que no lo estamos es cuando sabemos que tenemos que hacer otra cosa. De nuevo, esto es un espasmo digital de los smartphones, más allá, el miedo a perderse algo y el miedo de no perder (el síndrome FOMO) es el lado positivo hedónico de ello, y el lado negativo sería el miedo a olvidar alguna obligación. Pensemos en la imagen estereotípica del tiempo psicodélico de la contracultura: el tiempo era dilatado, y mientras urgencias más lentas eran removidas más lucidez y diferentes tipos de sueños experimentaban. ¿Qué es la ideología sino una forma de soñar el tiempo que vivimos? Y el sueño en que vivimos hoy es el sueño de una ansiedad constante dominado por las urgencias. ¿Cómo son los sueños de la ansiedad? Si hay una cosa que debemos hacer, no podremos pensar en nada excepto en esta cosa y, por supuesto, cuando la terminamos, otra más llega —y debemos olvidar aquella que previamente habíamos realizado. Así, toda nuestra vida transcurre como una serie de emergencias incrustadas entre sí. Y esto es suficiente, es la meta y la estrategia para imponer aquella forma de tiempo en nosotros: el tiempo de un negocio perpetuo desprovisto de funcionalidad alguna. Hay gente cuyo trabajo inventado es hacer que esto nos guste, son los “gerentes de calidad”, y no están allí para entregar calidad alguna.

Y podemos ver ahí toda la retórica del neoliberalismo sobre la eficiencia. ¡Por supuesto que hace todo más eficiente! ¡Por supuesto que la gente sobreexplotada no está para alguna meta económica! Creo que David Graber acierta cuando dice que el neoliberalismo no es una estrategia económica sino una estrategia política, la cual siempre pone por encima toda meta política sobre las económicas. La meta política de subordinar a los trabajadores, de eliminar otro uso del tiempo –esta impresión de un tiempo abierto–, es la meta número uno porque el espectro del tiempo es encantatorio. El motor de la derecha capitalista, el por qué se organizan tanto contra los beneficios de las personas, es porque las personas odian sus trabajos. Así que deben generan toda una aversión hacia y para la gente que no está trabajando. Entonces, constantemente imposibilitan la posibilidad de una vida más allá de este angustioso y miserable sueño ansioso de un trabajo penoso, y les ha funcionado bastante bien. En la Gran Bretaña del Siglo XXI nos estamos acercando a la eliminación de una otra posibilidad, incluso mejor que otras sociedades. Esas son las malas noticias.

Las buenas noticias son que todo esto está viniéndose abajo, y podemos ver tales síntomas alrededor de nosotros. Para bien o para mal, todas las certezas están desvaneciéndose. Su centro ha desaparecido. Se pronuncian desde el pánico, porque ellos saben, en cierto nivel, que el terreno central que habían posicionado como eterno, basado en su orientación ambiciosa, está ahora colapsando y nunca más volverá. Pero, en otra respuesta, esto ha dirigido el surgimiento de cierta derecha, específicamente de su horrorífica espectralidad alrededor de una “crisis de migrantes” (que es uno de los peores elementos en la historia europea), el espectro de su retorno. Pero, equivalentemente, podemos ver lo que ha ocurrido en Grecia, en España, en Escocia, e incluso en Inglaterra con Jeremy Corbyn, que es un quiebre respecto de esto. Se trata exactamente de la resocialización en las condiciones de una radical desocialización. Lo que ocurre al rededor del efecto Corbyn es simplemente gente que disfruta estar fuera de sus casas en grupo con otras personas, es una forma simple de la autoconciencia feminista, donde nuestras vidas han sido arruinadas y en donde el capitalismo y el neoliberalismo dicen: “¡es tu culpa!”, pero sabemos que no es así. Viene del modo positivo diseminado no primariamente por los políticos, sino por los medios de entretenimiento: “puedes ser lo que quieras ser”, aunque más allá, “si eres pobre, o no empleado, es porque no has trabajado lo suficiente”. Y este es también el mensaje dominante de demasiadas formas de terapia en las cuales el capitalismo también endosa: “si te sientes depresivo es porque no has trabajado lo suficiente”. Y nos repiten una historia positiva otra vez. Pero podemos ver una conciencia colectiva en las personas, en estas regiones del mundo, y una nueva forma de las estructuras. Y esto ha sido nuevo en mi vida: la izquierda ha aprendido ciertas cosas, sobre todo desde el 2008, en un contexto donde la derecha pareciera no percatarse de nada más; aun sabiendo que usualmente estaba a la delantera. Han pasado siete u ocho años desde la crisis financiera y tienen nada. Pero nuevas formaciones políticas, nuevas formas de pensamiento, nuevas formas de organización, están emergiendo en la izquierda. Syriza pudo haber sido aplastado, y pudo no haber tenido éxito completamente, Corbyn también podría ser derrotado, pero creo que podemos tener confianza que aquellas dos cosas están relacionadas y que hay una nueva ola, es decir, que no habría Corbyn sin Syriza, y que si el primero perece, algo nuevo emergerá luego. Hay una nueva ola que podremos comenzar a transitar hacia el post-capitalismo.

Traducido por Juan Andrés Celis


Notas

Traducimos, a continuación, una conferencia pronunciada por Mark Fisher en Londres, el 23 de febrero del 2016, en el marco de una actividad del CCI collective bajo el nombre de “All of this is temporary”. Se puede acceder a ella en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=deZgzw0YHQI&ab_channel=ccicollective Una versión francesa de la misma, con algunas omisiones y distribuciones distintas de la información, apareció en la revista Période, el 2017, con el título: “Acid communism: drogues et conscience de clase”. Puede ser leída en el siguiente enlace: http://revueperiode.net/acid-communism-drogues-et-conscience-de-classe/