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Espacio crítico

La exigencia comunista

Por Mauricio Rojas Peña

Por Mauricio Rojas Peña

En la libertad individual, en el egoísmo que disgrega la posibilidad del conjunto, se levanta el simulacro de nuestra realidad capitalista. ¿Qué simulamos?, el desvío que queda bajo la capa de la condición naturalizada del hombre como ser individual, cuya libertad es el ejercicio de su egoísmo. Incorporamos el disfraz, imponemos un realismo que pretende ser  la única realidad efectiva y que llamamos neoliberalismo. Éste produce un centro de verdad gravitante y determinada que implica su condición necesaria. Todo lo que se aboque a su emancipación a fisurarlo, a quebrar sus condiciones, es puesto bajo la lupa y cuestionado como una irrealidad doctrinaria que busca imponerse como violencia totalitaria.  Ese discurso es parte de la doctrina neoliberal. Cuando Fisher piensa en el realismo capitalista nos muestra el modo en que éste se impone como única realidad y sin salida, pero siempre en un discurso vigilado. La posibilidad emancipatoria requiere por ello hacer el esfuerzo crítico de mirar el modo en que se compone el despliegue del capital y su capacidad aumentada, en el neoliberalismo, de ocupar todos los aspectos de la vida.

A partir de la anulación de la conciencia de clase como forma de perpetuación conveniente al modo de circulación de capital en el neoliberalismo, aparece la exigencia, la demanda y posibilidad de salir de este sistema o estructura que consume la aparición incluso del desdén y el desencanto depresivo que puede generar y convertirlo en una moda o aspecto de actitud transable en el mercado de las apariencias que permiten realizar las consignas propias de la economía como la libertad de hacer lo que quieras o el poder ser genial, como diría Fischer. No obstante,  a partir de la mirada sobre la conciencia como elemento transformador a partir de la psicodelia, la pregunta que surge a partir de esa experiencia y a partir de todo intento de salida, es: qué es aquello que es común. Cómo es que se abre la comunidad desde la estructura del neoliberalismo cuyo trabajo ha sido hacer que la muerte del comunismo se mantenga en su tumba. Sin embargo, la experiencia del capitalismo, la hace caer y la reabsorbe, como hacer morir lo que no ha sido. En esa demanda del ser en común emergen aspectos que me interesa resaltar, como la sensibilidad que despierta el malestar y la resistencia al sistema imperante. Ese ser en común, conciencia de clase, conciencia psicodélica, conciencia feminista, no deja de hacer aparecer la pregunta por aquello común que emerge en la invocación de la tendencia al comunismo. Estos aspectos recorren necesariamente las experiencias literarias y del arte. Es decir que en primer lugar ese ser común responde a la sensibilidad. Pienso en Kafka, pero también en Celine. Lo que aparece en escrituras tan distintas apuntan a esos aspectos comunes. Pero diversos en esa simultaneidad. No pueden ser reducidos a un elemento específico. Lo que exige como dice Fisher en Comunismo ácido,  es que el proceso no se acaba en una generación definitiva. En esta primera instancia podemos pensar en Kafka y Celine como escrituras que se abren a los aspectos que nos dejan expuestos, la escritura como esa relación con aquello que nos expone. A qué somos expuestos, a nuestra propia fragilidad a nuestro límite. No emerge con esto una verdad preestablecida en la que fijaría nuestro proceso. Sino la quiebra de toda verdad universal. El cuerpo expuesto a la incertidumbre y al movimiento permanente de la mutabilidad sin fin.  Somos tocados por ese movimiento en Kafka; en sus imágenes nos expone al extrañamiento, al que nos somete el capital y al que nos expone como cuerpos subordinados al juicio de su fuerza. En Celine el movimientos de los viajes y sus frases nos abren al pesimismo exaltado en el sistema que se va abriendo en la escritura a su miseria. La escritura escarba o hace surcos como desvíos o fisuras en las que somos tocados por ese elemento de incertidumbre que se revela como posibilidad, cuerpo a la deriva de su necesidad, fuerza vital que lo cruza.

Por otro lado pienso en Blanchot y su acercamiento al comunismo, y también en Benjamin y la organización del pesimismo, la puesta en marcha de la técnica. En el primer caso el cruce es múltiple. Es decir, en cada escritura hay una colectividad de fuerzas. Allí se cruza Nietzsche con Marx, con Benjamin, y en los desvíos blanchotianos hay resonancias hegelianas que van siempre  al retorno de lo inacabado. Pero si pensamos en primera instancia qué es lo común en ese movimiento, podemos decir que hay varias capas y en esa condición lo común es lo inacabado que retorna, retorna en las dimensiones que lo exigen. El nihilismo nietzscheano al que hace referencia Blanchot a partir del análisis o comentario sobre un escrito de Dionys Mascolo, y que denomina Un acercamiento al comunismo,  se refiere a la afirmación irrefutable de que no hay universalidad de la verdad, del valor y por ello del ser, en ese sentido no hay modo de establecer el rumbo de cumplimiento que se pondría en curso a partir de ese camino. No obstante, hay un elemento que en primera instancia es común porque nos cruza, es constituyente, porque podemos tener esa seguridad de que no hay nada, ni valor, ni verdad, ni fundamento, pero la necesidad persiste sigue exigiendo ser satisfecha, esto no responde a esa estructura metafísica, y nos asedia. Ese es uno de los principales elementos que son comunes a todos. Dónde emerge esto, en el cuerpo del indigente, del hombre cosa, del hombre instrumento, de ese que aún no es hombre, sino una nada, una necesidad. En ese sentido la necesidad es una fuerza y esa fuerza cómo se relaciona con la mutabilidad, con la conciencia que se transforma, cómo emerge en los grupos en la cultura como ser en común. Ahí la sensibilidad nos arrastra a un aspecto que no podemos contener con la voluntad. Lo que se cae es la fabulación liberal del sujeto libre. Emerge el hombre convertido en cosa. Extrañado y expuesto al trabajo. El trabajo, actividad transformadora y que nos transforma emerge entonces el requerimiento de una conciencia que en la indeterminación transformadora asuma ese desplazamiento y se exponga a otro aspecto que emerge en la escritura, en la imagen, en el cuerpo. Lo que aparece es entonces la exigencia de lo inacabado como comunismo, es decir, la plasticidad del movimiento que no ha comenzado y su conciencia requieren ese desplazamiento que logra ver en su propia condición de cosa, la posibilidad del comunismo y de  transformación. Pero lo que emerge, en esas fuerzas colectivas es la conciencia de que el hombre es el producto de un proceso de producción. Pero además, en ese apertura la potencia de creación, en tanto puede producirse, pero siempre en el retorno de lo inacabado. Como plantea Fisher una conciencia tal, no podría resolverse en una generación, y pensado desde aquí en ninguna, es decir, que lo primero es entrar en un proceso en el que nunca terminamos de entrar y que se presenta como transformador en sí mismo. Ese proceso de obra en desasimiento sería la exigencia comunista, búsqueda de justicia.

Volviendo a la pregunta qué es aquello que es común, lo inacabado que se presenta en la indigencia, en la carencia, en la necesidad que demanda y persiste fuera de todo juicio. Y que sin embargo, entra en el curso de  transformación que la misma conciencia requiere cuando es tocada por ese proceso, por esa distancia, y en la que se inquieta porque desde la materia la asedia, sin importar lo que crea o no crea. Lo que demanda en ese ser en común es la vida, como un movimiento múltiple e inacabado, como la emergencia de la indeterminación inminente. Y el proceso de producción asediado por el límite de nuestro abismo, donde todos nos trocamos como un otro cuya condición es la materialidad de una vida posible y el movimiento de su construcción y término.

El neoliberalismo deja bajo la alfombra de su «muy fundada base» en la naturaleza individual del hombre el egoísmo necesario para sostener la acumulación abstracta y la instrumentalidad como útil que requiere de esa condición para cumplir con la moral interna del capital. En ese sentido, Marx dice en Crédito y Banca, ser solvente es ser bueno y ser bueno es ser confiable. El valor se sostiene en la circulación y en la negación esclavizante que se supera hacia una acumulación sin precedentes y cuya estructura responde a la fantasma que la envuelve y en la se sostiene para disimular el desvío posible, se contiene con la eficiencia seductora y la violencia económica necesaria que apunta a esa condición común; la incertidumbre y la vida amenazada en su límite por la proporción de seguridad precaria y falsa que el sistema promete. El dispositivo financiero explota hasta el cansancio la precarización de la vida en todos sus aspectos, esto nos implica en la exigencia comunista.