Categorías
Espacio crítico

Latido de un corazón material en una cocina americana.

Por Mauricio Rojas

Recordé un cuento de Raymond Carver a raíz de un comentario de Derrida sobre el animal posthistórico que imaginaba Kojéve en la sociedad estadounidense que está en Los espectros de Marx.  Si ese fuese el momento del fin, en esos espacios de la vida del sueño americano, expuesto ahí, pensaría en una distopia que se acercaría más bien a Dick. Pero, en Carver, el desfile de esos personajes atemorizados que de pronto saltan a la incertidumbre y se derrumban sin caer definitivamente o que en un momento algo ocurre que los abre al espectro de lo indecible, me hace pensar en la instancia de un lugar sin historia. Donde nada arriba porque todo ha pasado, y sin embargo…Vidas cotidianas inmersas en el estilo de vida americano. Hombres cesantes, mujeres esperando que el pasado las redima en la voz de sus hijos, individuos que esperan que el otro los ataje en la caída y a veces en la soledad un extraño se abre paso para sostenerte con un gesto insignificante, o simplemente entran en la dimensión desconocida de una soledad irredenta. 

Rodeados de artefactos construidos por la producción en serie capitalista, los cuentos nos transportan por esa parte que no se asoma en la versión oficial. Esa caída que termina por ser solo la elección individual de un personaje que toma malas decisiones o se alcoholiza, en ningún caso esa chuletas friéndose en un sartén son parte de esa soledad que es propia del perdedor americano. Todo en ello indica un derrumbe que se abre hacia el silencio de un momento en que vemos unos ojos descolocados. La posición de un cuerpo frente a la televisión que ya no puede volver, que no puede asumir su destrucción en curso e incesante y ante eso solo mira la televisión en su sofá, en su casa, hasta que ve sus pies desnudos hasta que la vida late en el tedio. El animal posthistórico, el animal de la producción en serie y de la propiedad abstracta, el animal capitalista desde décadas no celebra a sus despreciados, pero los expone con la compasión de las vidas inconclusas e insignificantes. En el todo abierto de la literatura cada una de ellas es una transformación en curso. Cada una de ellas es el producto de un proceso que toca sus límites en el cesante o en el borde de lo no dicho. Entre el trabajo y el lenguaje. En el tedio algo late y toda la carne es triste.

Hay muchos cuentos que recuerdo. Imágenes que se mezclan unas con otras. Salí de sus cuentos como si alguien hubiese aumentado la luminosidad de las cosas en su superficie. Como si en ellas de inmediato se presentara algo impenetrable y que cada vida por insignificante que pareciera enfrenta un terror inminente e innombrable alojado en las cosas que decoran y sostienen la escena de casa. El miedo y el margen en el centro de living room o en la cocina americana. Entre cajas de mudanza, el miedo viene desde el pasado. Pero también la compasión o la ternura. Una madre que se cambia y habla por teléfono con su hijo y él percibe en ella el miedo que tiene a comenzar de nuevo y repite lo que decía su padre y que él cree que la tranquilizará: Querida procura no tener miedo. Unas palabras que caen y abren la vida a su desnudez con la simpleza característica de los cuentos de Carver. Lo que impera es ese temblor del ser frente a la magnitud de movimientos cotidianos inaprensibles. Encuentros, muertes, rehabilitaciones fallidas, vueltas, reintentos, trabajos mal pagados e insostenibles en la trastienda del lujo que se nos vende en la imagen hollywoodense de la potencia. Ese animal asustado rodeado de cosas, trabajos y caídas, pobreza y cesantía se vuelve hacia el silencio, hacia una suspensión que domina el cuento y sobre la que a veces recae la crítica. Gente que se tapa el rostro en plena pelea familiar como un gesto que define la imposibilidad de sostenerse, como si fuese el cliché de una mala película. Aquí adquiere la relevancia de una fragilidad chocando con los muros de la abundancia del mercado. El silencio bordea los cuentos, deja que los diálogos resuenen en él. Es como si las historias donde no pasa nada estuviesen envueltas por lo indecible. Un lugar donde no ocurre nada porque todo un sistema se asienta en ellas sin moverse más. Porque ha cumplido su promesa en el desajuste de la vida. La ha vaciado y su sentido descansa en aquello que poco a poco se disuelve que ni siquiera viviendo la vida de otros podemos tener,  porque en la casa del vecino solo se asoma la tristeza de aquello que no somos y que queremos ser sin verlo hasta que toda la indumentaria parece llamarnos. Esas voces surgen de una forma de estar. 

La conversación en la cocina del cuento, De qué hablamos cuando hablamos de amor, es un dialogo que se decanta hacia el latido. Pero también hacia el momento en que ese latido parece quedar suspendido luego de cada palabra. Es decir, que en los cuentos de Carver, de esa firma, de lo que implica esa firma, nos encontramos con aquello que en la escritura, en el lenguaje, se sustrae a todo decir y que está inserto en lo cotidiano. Es como si su sonido, el modo en que se relata y ahí su literatura, no denuncia un sistema, sino que en él algo que no está se asoma en cada gesto de los personajes que se derrumban, en una imagen desnuda de la fragilidad, en una dentadura postiza, en unas palabras que se dicen con mucha honestidad pero parecen salvarnos, en una imagen de pies desnudos, en unos ojos idos luego de un golpe en una piscina. Algo inaccesible se abre en ellos, pero no para entrar sino para encontrarnos con ese borde que nos devuelve al modo insignificante, pero enigmático de la realidad. 

La literatura, hasta en su modo más real, ve algo que no puede ser absorbido o consumido. Una distancia, una voz, o las voces que conversan detrás de algo que no importa, pero importa demasiado, de una escena que no acaba en nada. Lo que llaman en Carver los finales abiertos o demasiado abiertos. Desde ahí lo que veo no es un problema, sino a la literatura que se encuentra con aquello que mueve a la escritura, a las escenas que se despliegan sin heroísmos, sin aventuras, como conciencias contingentes inmersas en la exigencia de sobrevivir, donde la escritura sobrevive al estilo de vida americano. Y lo que aún queda es la vida, maltrecha, despedazada, derrumbándose. Lo que sobrevive en la escritura de una cotidianidad que lo envuelve todo en su quehacer. Pero donde nada pasa porque parece que lo que debía acontecer ya pasó y lo envuelve todo. Un derrumbe que a su vez deja a sus personajes en el vacío y abriéndose al silencio impenetrable de las cosas. Desesperados. Pienso en las cosas puestas en un antejardín en venta, y la persona ocupando ese espacio en el que no está sino expuesto y en proceso de caída. Los personajes en cesantía parecen quedar exiliados en otro tiempo, en un tiempo que no cesa de pasar sin que pase nada, desocupados salen de la obra del capital y la intensidad de una afección melancólica parece ocupar los gestos de los cuerpos cruzados por una tensión que los distancia de la unidad de sentido y los implica en la exterioridad de la palabra que los sustrae. Un gesto vacío. Una mirada sin obra. 

En el cuento, De qué hablamos cuando hablamos de amor, lo que ocurre es muy poco o nada respecto a una acción dramática o a un nudo de tensión, pero los envuelve la pregunta, sus gestos, los sonidos que hacen la dimensión del espacio en el que conversan como si sin palabras no se pudiese dar. Uno de ellos es un cardiólogo. Solo experiencias de un sentimiento, de algo que pasa y se olvida y vuelve a aparecer y luego el silencio, ninguna respuesta, solo un latido. Un corazón material en una cocina americana. El fin de la historia late en la ausencia que los restos evocan, en las voces, en sus gestos como aquello que no ha llegado. Como una fuerza que se bifurca hacia otro espacio. Ahí donde el silencio se filtra entre los latidos.