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Espacio crítico

La imagen como antesala del ser

por Nicolás Pierola Fuentes

“En los comienzos de la interpretación humana

del ser, había vida por todas partes, y

ser era lo mismo que tener vida.”

Hans Jonas[1]

Una imagen requiere la separación de un todo. Requiere un primer paso conceptual de comprender unidades diferentes de un resto. Una imagen implica reconocimiento de lo externo, porque en eso consiste reconocer a la imagen como tal: un espectro arrojado en el afuera. Reconocer nuestra propia existencia, por su parte, requiere también una separación con la externalidad, mas no podemos llegar a este sustancial reconocimiento sin anticiparse una serie de pasos conceptuales y configuraciones abstractas sobre la realidad, sobre el mundo. Existir requiere una separación y reconocimiento de la idea abstracta del no-existir. El no-existir implica una aprehensión de aquella inmanencia que significa nuestro vivir en el mundo, nuestro movernos en un entorno. Implica una imagen de lo invisible, de lo posible y de lo que por una u otra razón no es o dejó de ser. Implica un reconocimiento de lo vivo y lo muerto. Una separación entre aquellos animales móviles y aquellos ya en permanente inmovilidad. Un cadáver es perceptible por su olor, por su peso – un peso diferente a lo vivo, pues está totalmente entregado a la gravedad –, por su color en paulatina y creciente distinción con los colores de sus pares vivos, por la degradación de su carne. A partir de esa serie de percepciones únicas, poco a poco fuimos reconociendo éstas como patrones de un estado desigual a aquella inmanencia que, a pesar de todo, permanece desde su inmediatez. Tal vez, el color de la vegetación muerta fue el primero en ofrecer evidencias de este cambio tan singular. Pero sus ciclos y retornos nos harían pensar en que el estado del cadáver también podrían comportar un reciclaje, un regreso, una nueva vida. Cuando esto no sucede ante nuestros ojos, surgen los primeros mitos sobre los hábitos de lo vivo y lo muerto. Pero el cuerpo no renace, no como parecieran renacer las hojas de los árboles. Reconocemos en esas hojas un conjunto casi indivisible, pero en nuestra propia especie, un carácter más fácilmente identificable como un otro. Entonces, inventamos la diferencia entre el yo y el , aparecen los conceptos que nos permitirían reconocer individuos, por sobre el conjunto. Y cuando ese individuo fallece, de algún modo u otro, desaparece. Desaparece su cuerpo, se transforma, se hunde en la materia.

“… en las tumbas, que reconocen la muerte a la par que la niegan, se encarna la primerísima reflexión humana.”[2]

Y sin embargo, fuimos testigos de su vivir. Fuimos testigos de su existencia y con ello un reconocimiento de ser testigo de mi propia existencia por contraste de su desaparecimiento. Si desaparece, deja de existir, al menos en esta inmanencia. No puedo experimentar a la persona que fue ese cadáver, tanto como aquélla no puede experimentar el mundo o a mí. Pero su imagen permanece en mí, como recuerdo o como relato, en la memoria. Quizás esta imagen misma se vuelva inexacta con el tiempo y pierda toda la sustancia que alguna vez tuvo, pero la permanencia de esa imagen más allá del cuerpo se transforma en la primera clave para la idea de un más allá. Incluso esa imagen puede permanecer, de algún modo, en la palabra.

Los trazos fugaces marcados en el barro o la arena, dejan por ese momento de ser sólo barro o arena: su presencia se marca como quedara marcada la presencia de ese cuerpo vivo y que ahora es cadáver. Se retiene su huella como si la huella hubiera sido hecha en la memoria y no en el barro. Lo mismo sucede luego con el muro y con sus nuevas tecnologías pictóricas: marcar en el muro de piedra la silueta de mi mano, sobre o junto a las siluetas de otras manos, son evidencia en la imagen, de aquello que permanece más allá de esa inmediatez que llamamos vida. La imagen da rienda suelta a lo imaginario, no sólo retener figuras y siluetas, sino modificarlas desde lo cognitivo, así modificando a su vez la percepción. 

“Cada línea que dibujo reforma la figura en el papel y al mismo tiempo, redibuja la imagen en mi mente (…) la línea dibujada redibuja el modelo, porque modifica mi capacidad de percepción.”[3]

Cada trazo que percibimos en los muros nos proyectan la imagen de algo ya conocido. Son estas primeras representaciones de lo existente una evidencia inevitable de la incipiente autoconciencia del existir. Las figurillas de arcilla son el cuerpo fuera del cuerpo, una corporalidad artificiosa que nos conectó con nuestro propio cuerpo, con la materialidad frágil que nos compone. Un juego mimético que comporta en sí los indicios conceptuales de la propia existencia. Esta franja, este límite, este umbral conceptual nos abre cada cuestionamiento sobre el ser. En este sentido, el primer arte pudo ser también filosofía.


[1] Hans Jonas, El principio vida, Ed. Trotta, Madrid, 2017, p. 21

[2] Ibíd., p. 23

[3] Jim Elkins, citado por John Berger en Sobre el dibujo, Gustavo Gili, Barcelona, 2016, p. 101